17 de septiembre de 2007
17.09.2007

Las ciudadelas obreras de Santa Cruz, una realidad a punto de desaparecer

El Plan General sentencia la erradicación de la mayoría de estos núcleos

17.09.2007 | 01:00
Característica ciudadela en proceso de rehabilitación en el barrio de El Toscal.

Apenas pueden ser ya una decena las ciudadelas que sobreviven en Santa Cruz. La mayor parte de ellas, además, sentenciadas por el Plan General de Ordenación (PGO). Así termina una parte histórica, aunque a veces ciertamente dolorosa e incluso un tanto miserable, de la ciudad. En estos lugares malvivían obreros en condiciones bastante lamentables compensadas por la buena vecindad.

Algunas ciudadelas como las situadas en la calle Porlier o en la avenida de Las Asuncionistas dan la impresión más bien de encontrarse ya totalmente abandonadas. Pero muy al contrario todavía allí residen familias en mejor o peor situación.
Las ciudadelas eran un grupo de pequeñas casas, a veces incluso tan sólo habitaciones de unos 30 a 40 metros cuadrados en el mejor de los casos que eran alquiladas a familias enteras de obreros. Las cocinas y los baños eran comunitarios hasta hace bien poco.
En la actualidad las que mejor suerte han corrido son las situadas en El Toscal que incluso en algunos casos han sido objeto de rehabilitación como si de corralas madrileñas se tratara. En el resto de la ciudad los planes urbanísticos tienen ya su futuro sentenciado y no precisamente para bien.
Arquitectónicamente también han despertado el interés de los estudiosos a quienes llama la atención su tipología singular. Se trata de conjuntos con muy poca fachada pero gran profundidad que era milimétricamente aprovechada.

Vida social
Para hacernos una idea de su proliferación decir que hasta 1908 se contabilizaban en toda la ciudad alrededor de 26 ciudadelas, la mayoría de las cuales ya en el Plan General de 1951 se daban por desaparecidas. Pero nunca se llegó a censar el número exacto de estos núcleos.
En el centro siempre se puede encontrar un patio a cielo abierto que era donde se concentraba la vida vecinal con todas sus habituales dosis de rencillas, encuentros, desencuentros, solidaridades y enfrentamientos.
Por ejemplo, Carmen Rosa Marrero Vargas aún vive en la ciudadela del pasaje de Las Asuncionistas, después de que fuesen sus abuelos, de oficio panaderos, los primeros que compraron esta casa. "Yo tengo muy buenos recuerdos. Aquí había mucha juventud y todos nos respetábamos y queríamos mucho".
Ahora simplemente se limita a esperar a que el Ayuntamiento se decida a derribar esta núcleo para ampliar la calle y construir una serie de edificios. En la época de su niñez este grupo de casas eran habitaciones que se alquilaban a precios que hoy nos parecen irrisorios pero que antes eran tan sólo económicos. Hoy por hoy las casas están más arregladas y tienen baños y cocinas propias, "aunque esto está ya muy viejo", dice Marrero. De hecho el Delta derribó uno de los inmuebles. Los restos tuvieron que retirarlos entre ellos mismos como pudieron.
No es extraño que actualmente las ciudadelas sigan estando ocupadas por vecinos, casi siempre de origen humilde, a pesar de que sus condiciones de habitabilidad no son las idóneas. Para hacernos una idea podemos decir que muchos pagan apenas 50 de las antiguas pesetas al mes en alquiler por unos habitáculos que rondan entre los 30 ó 40 metros cuadrados.
En ciertas ciudadelas algunos de los ocupantes para ganar espacio han añadido elementos tales como cobertizos hechos de madera y planchas de cinc o de uralita donde, en las más de las ocasiones, disponen la cocina prescindiendo del uso del la común. Todo ello repercute, en la zona común o pasillo que cada vez se va constriñendo más. Una de las diferencias de estas edificaciones son tener servicios comunes o disponer de prestaciones individuales, lo que da lugar a que exista o no un patio común.

Una forma de vivir que ha sido objeto de estudio

El profesor de Geografía Humana de la Universidad de La Laguna, Ramón Pérez González, editó en el año 1982 un pequeño libro dedicado a las ciudadelas que con el tiempo se ha convertido en un documento básico para conocer esta realidad urbanística y social.
En el mismo se define a la ciudadela como "una vivienda colectiva, desarrollada por lo general en planta baja, constituida por un cierto número de habitaciones independientes entre sí, de dimensiones siempre reducidas, dispuestas a ambos lados de un callejón ciego de anchura y longitud variables". No se trata de una tipología concreta ni en cuanto a estilo ni a localización y se puede hallar por toda la Europa de la primera revolución industrial.
En el caso de Tenerife el fenómeno surge entre los siglos XIX y XX y servían para acoger a los trabajadores del puerto, del tabaco o las obras públicas. En los primeros años del siglo XX, las también conocidas como casas de vecindad se pueden encontrar de forma profusa en los barrios de Duggi, Los Llanos, El Cabo y El Toscal.
Con el tiempo su proliferación hizo que los vecinos más pudientes empezaran a solicitar que no se dieran licencias en sus cercanías al considerar las ciudadelas, "focos de todas las enfermedades infecciosas" y además provocar la desvalorización de los terrenos cercanos. Tras la primera Guerra Mundial comienzan a proliferar las viviendas sociales o "baratas", precisamente por la poca calidad de los materiales usados y sin ningún tipo de valor arquitectónico.

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