26 de enero de 2014
26.01.2014
La Laguna

El recuerdo de Guanarteme

Los detalles sobre la vida de este aristócrata indígena, considerado el último rey de Gran Canaria, se desconocen

26.01.2014 | 05:22
El recuerdo de Guanarteme

La Historia, y con ella la Arqueología en lo que tiene de disciplina histórica, empieza su andadura como saber científico allá por la segunda mitad del siglo XIX. Este proceso de construcción disciplinar, paralelo a una paulatina división social del trabajo académico que dará lugar a los primeros profesionales de ambas ciencias sociales, coincide con el nacimiento, o la afirmación, de los Estados-nación. Se desarrollará así una Historia académica y explícitamente pedagógica que tiene como fin desvelar y difundir el ser de las naciones y los pueblos. Rastrear y enseñar, en suma, un pasado capaz de alimentar la autoestima, la identidad y la memoria social.

Un siglo más tarde, la crisis de los grandes relatos históricos y el giro memorialístico que ha conocido la Historia han situado a la disciplina en una estimulante perspectiva crítica. Los historiadores y las historiadoras son cada vez más conscientes de lo que sólo es una aparente paradoja: lo que llamamos pasado existe únicamente en el presente, a cuyos valores e intereses obedecen invariablemente sus interpretaciones.

De manera significativa, una de las consecuencias más visibles de esta toma de conciencia ha consistido en convertir los procesos de construcción identitaria, y de rememoración y conmemoración social, en uno de los principales, y más fecundos, objetos de estudio de la nueva historiografía. Proliferan así los intentos de decidir qué hay de mistificación, y qué de cierto, en todos esos héroes, hazañas y lugares para la memoria que han poblado tradicionalmente las narraciones históricas.

Viene todo esto a cuento del renovado interés que, tal y como recoge la prensa local (por ejemplo, la opinión de tenerife de 31 de diciembre de 2013), conoce desde hace algunos meses la ya antigua polémica sobre la cuestión de la eventual repatriación a Gáldar de los restos mortales de don Fernando Guanarteme. Pero, ¿qué sabemos a ciencia cierta de este indígena canario? ¿Dónde y cómo murió y en qué lugar reposa su cadáver? ¿Por qué, caso de conservarse y poder ser identificados, sus despojos han de permanecer en Tenerife o ser, por el contrario, exhumados y trasladados a Gran Canaria?

No es mi intención responder aquí en detalle a todos y cada uno de estos interrogantes. Estaría completamente fuera de lugar. Pero sí intentaré aportar algún dato en torno a la controversia que suscita este personaje histórico. Entre otras cosas porque se trata de una figura ante la que es difícil permanecer indiferentes pues encarna, como pocas en la historiografía canaria, el sesgo reduccionista que resulta de nuestro permanente intento de dotar al pasado de un sentido para siempre perdido. De habitarlo con razones y emociones ausentes que nos empeñamos en representar, una y otra vez, a partir de la proyección ahistórica, por anacrónica, de nuestras propias ideas y valores, y por ello mismo, preñada de mitos y manipulaciones. Y mitificar y manipular supone, a mi parecer, hacer de don Fernando Guanarteme un fino, aunque bárbaro, estadista del Renacimiento o un execrable traidor a su patria€

Pese a lo que pudiera pensarse, no conocemos muchos detalles acerca de la vida de este aristócrata indígena que ha pasado a la Historia como el último rey de Gran Canaria, su isla natal. Ni tan siquiera el nombre de resonancias canario-amaziges con que a menudo se le designa, Tenesor Semidán, parece digno de demasiado crédito. Y es que hay que recordar que este supuesto antropónimo prehispánico no se registra antes de la segunda mitad del siglo XVII, cuando empiezan a proliferar en la historiografía local toda una serie de presuntas genealogías de la realeza canaria muy del gusto de la época. Por su parte, la documentación contemporánea más fiable, entre la que destaca la información sobre sus servicios a la Corona de Castilla impulsada en 1526 por una de sus hijas, Margarita Fernández Guanarteme, se refiere invariablemente a él con el nombre con que le conocerán los conquistadores y repobladores castellanos: don Fernando Guanarteme o de Agáldar.

Contrariamente a lo que se aduce con insistencia y conmemora incluso un idealizado busto levantado en esta ciudad aragonesa, sí que parece seguro, en cambio, que este guanarteme no fue el que estuvo en Calatayud en 1481. Su primer viaje a la Península sólo tiene lugar en 1482 tras su entrega voluntaria a los castellanos gracias, con toda probabilidad, a los buenos oficios de Alonso Fernández de Lugo. La singular y leal relación que unirá, a partir de este momento, a don Fernando con el futuro Adelantado de Canarias explica, en mi opinión, lo esencial de los derroteros por los que transcurrirá la vida de aquel hasta su muerte. De hecho, tengo para mí que la naturaleza y trascendencia de este vínculo pone de relieve, junto al papel desempeñado por otros "mediadores" indígenas, como las "nobles" naturales casadas con conquistadores y repobladores castellanos, la necesidad de superar la insuficiencia interpretativa que representa la falsa alternativa que suele enfrentar, en la explicación de los procesos de colonización, a vencedores y vencidos, a colaboracionistas y patriotas. Y es que una comprensión cabal de las relaciones tejidas entre naturales y colonos en la naciente sociedad hispano-canaria sólo es posible, a mi juicio, desde una auténtica arqueología de las emociones y los afectos todavía pendiente.

Al lado de Fernández de Lugo, y de algunas decenas de sus "parientes", vemos, en efecto, a don Fernando Guanarteme participar en el sojuzgamiento de sus propios coterráneos y embarcarse, años más tarde, en la conquista de La Palma y Tenerife. En esta última isla encuentra la muerte como consecuencia de los trabajos que padeció y cuando se aprestaba a realizar el que sería su cuarto viaje a la Corte. Así lo atestiguan algunos de los fiables testimonios recogidos en la referida probanza iniciada a instancias de su hija Margarita.
No se han conservado el testamento ni los libros sacramentales que nos permitan decidir con toda robustez cuáles fueron las últimas voluntades de don Fernando de Agáldar, ni establecer la fecha de su muerte y el lugar preciso donde su cadáver fue cristianamente sepultado. Sólo podemos conjeturar que falleció al poco de terminar la conquista de Tenerife; con toda probabilidad antes de mediados de 1497 pues, a partir de ese año, carecemos de cualquier referencia segura a él. Todos los documentos datados con posterioridad a esta fecha relativos a Fernando (o Hernando) de Guanarteme, entre los que se encuentran distintas datas de repartimiento de tierras efectuadas por el Adelantado, corresponden a uno o varios naturales de Gran Canaria homónimos, sin duda emparentados con él. Pero, en ningún caso, pueden atribuirse al propio don Fernando.

Es precisamente el hecho de que don Fernando Guanarteme muriera en los últimos meses de 1496, o en los primeros de 1497, el dato que permite poner en cuestión, con cierta solidez, que sus restos recibieran inicial sepultura en la ermita de San Cristóbal de La Laguna. Y es que, diga lo que diga una tradición que se remonta al menos hasta finales del siglo XVII pero carente, por lo que sé hasta hoy, de cualquier aval documental, don Fernando no pudo ser inhumado allí nada más fallecer pues la construcción de este edificio data, con toda probabilidad, de principios del siglo XVI. Lo más verosímil es que su cuerpo fuera enterrado en la primitiva iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, fundada, una vez acabada la conquista de la Isla o puede que algo antes, por las tropas expedicionarias de Fernández de Lugo muy cerca del emplazamiento del actual templo parroquial de esta ciudad. La progresiva urbanización de este sector de la villa de arriba, que traerá aparejada la construcción a partir de 1511 de una parroquia de nueva planta que conservará la misma advocación, provocará la demolición de esta primera iglesia. Es lógico pensar que se procedió entonces a la apertura de las tumbas y los osarios que, como era habitual en la época, estarían acondicionados bajo su pavimento y en su entorno más inmediato acometiendo, acto seguido, la reubicación de los despojos mortales recuperados. Puede que fuera en ese momento cuando los restos de don Fernando de Agáldar hallaron, tal vez junto a los huesos procedentes de otras sepulturas, postrer acomodo en la relativamente cercana ermita de San Cristóbal.

Ocurre que, objeto de sucesivas reformas desde su erección, esta ermita será prácticamente reedificada a finales del XVIII. Nuevos trabajos realizados a mediados de la centuria siguiente para reacondicionar el trazado del viario en torno a la actual plaza de la Milagrosa, la amputan definitivamente de buena parte de la zona correspondiente a los pies de la construcción. Tras estos avatares, de la primitiva fábrica del oratorio de San Cristóbal sólo subsisten, en medio de un abandono interrumpido por su uso ocasional como depósito de cadáveres, un arco apuntado y el artesonado de lo que fue la capilla mayor. A la vista de este estado de cosas, la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife decide acometer, a comienzos de los años veinte del siglo pasado, la rehabilitación de la ermita en el marco de una campaña de reivindicación de la figura de don Fernando Guanarteme muy en consonancia con el regeneracionismo de la época, y sus intentos para alimentar una épica histórica capaz de hacer recuperar la autoestima a un país moral y materialmente asolado por las crisis que se suceden desde 1898. Es ahora cuando se remata la actual fachada y se instala en ella la placa que recuerda que allí se encuentran sus restos mortales. Y también cuando se acondiciona el cenotafio que, constituido por una lápida sepulcral de mármol blanco con una inscripción con su nombre, puede hoy contemplarse frente al altar.

Con estos antecedentes, no es de extrañar que la delegación del Ayuntamiento de Gáldar que, presidida por su entonces alcalde Antonio Rosas Suris, procedió en 1967 a retirar la lápida conmemorativa dedicada a don Fernando y a escarbar bajo ella, no encontrara en la ermita de San Cristóbal hueso humano alguno. Sé de la profunda decepción que experimentó ante este fracaso mi añorado maestro, Celso Martín de Guzmán, protagonista directo de esta rebusca y mi fuente para esta noticia luego glosada, con ironía y humor, en una memorable canción de Los Sabandeños. Pero hay que reconocer que lo contrario hubiera sido realmente insólito.

¿Quiere esto decir que hay que descartar totalmente la posibilidad de localizar algún día los restos mortales de don Fernando de Agáldar? No, claro que no. Lo único que testimonian estos datos es la complejidad y dimensión de un empeño que, por otro lado, nada garantiza que pueda verse coronado por el éxito.

Porque si los despojos de don Fernando llegaron alguna vez a la ermita de San Cristóbal, y lograron resistir los embates del tiempo y de la incuria, la única posibilidad de dar con ellos consiste, para empezar, en realizar una completa excavación arqueológica del lugar, levantando y vaciando la totalidad de los pavimentos tanto del oratorio, como de parte de la plazuela situada a sus pies. La tarea puede parecer desproporcionada, pero estoy seguro que no sería totalmente inútil. Pues posibilitaría, cuando menos, disponer de una información valiosa sobre la arqueología de este monumento y la primitiva villa de La Laguna, tan ayuna de este tipo de intervenciones.

Además, como el azar y la sorpresa siempre forman parte integrante de la arqueología, no se puede descartar totalmente que estas excavaciones sacaran a la luz un enterramiento secundario que una inscripción funeraria o algún elemento de ajuar, permitieran identificar sin ningún margen para la duda con el de don Fernando. Pero, por desgracia, este escenario parece poco probable. Así que, acto seguido y caso de localizar huesos humanos, habría que acometer su análisis y clasificación a fin de seleccionar los correspondientes a varones adultos que, por razones bioantropológicas y de contexto arqueológico, pudieran constituirse en buenos candidatos para formar parte de su osamenta. Sólo entonces podría pensarse en tomar muestras para proceder a los correspondientes análisis genéticos, acompañándolos, en su caso, de otros destinados a obtener dataciones absolutas con las que asegurar la antigüedad de los restos.

Supongamos que, para nuestra fortuna, logramos al fin disponer de ADN no contaminado y bien conservado (todo un desafío con tanto trajín) procedente de uno o varios esqueletos de hombres indudablemente fallecidos, frisando la cincuentena, entre finales del siglo XV y principios del XVI (hay que contar siempre con la imprecisión de los métodos de datación usuales en arqueología). Llegaría entonces el delicado momento de seleccionar la muestra de los supuestos descendientes vivos de don Fernando Guanarteme con los que comparar los perfiles genéticos fósiles obtenidos de cara a certificar la existencia de un parentesco incuestionable entre ellos y a asegurar, por tanto, la identificación. Ya sé que no faltan los candidatos que se reclaman directos y orgullosos descendientes de este prestigioso linaje guanartémico. Pero también conozco, como historiador, lo usuales que han sido, a lo largo de los tiempos, las mistificaciones y manipulaciones genealógicas. Y basta con asomarse un poco a la realidad de todos los días para constatar las sorpresas, y los auténticos dramas familiares, que a veces depara, en términos de filiación, la intemporal y nada infrecuente falta de coincidencia entre normas matrimoniales y prácticas sexuales con resultado reproductivo.

Imaginemos, por un momento, que milagrosamente superadas todas estas dificultades diéramos, al fin, con los restos mortales de don Fernando de Agáldar. ¿Qué habría que hacer con ellos? Confieso que aquí no tengo una opinión suficientemente formada. Desde luego, al no existir ningún testamento que especifique voluntad o manda alguna en cuanto al lugar elegido por él para su reposo definitivo, pienso que todas las posibilidades para decidir su ubicación final quedan abiertas a la negociación y al acuerdo. Se me ocurre, eso sí, que, como aconseja la costumbre y exige a veces la ley, sería bueno escuchar antes de nada a aquellos parientes suyos avalados por la genética. Al fin y al cabo, y con una veintena de generaciones por medio, estamos hablando de los huesos de su abuelo. Luego ya intervendrán las instituciones, y las pasiones de uno y otro signo, para, como siempre, ventilar sus intereses del presente hablando y decidiendo sobre el pasado.

Y puestos a que las instituciones construyan presente sobre las huellas del pasado, se me antoja que harían bien el Ayuntamiento de Gáldar y el Cabildo de Gran Canaria en pararse a pensar qué sentido tiene buscar allí donde esté lo que quede del bueno de don Fernando para traerlo a una tierra que, si exceptuamos el barrio de la Cueva Pintada entre cuyas casas sin duda paseó, difícilmente reconocería como suya. Porque han de reparar en que, con alguna responsabilidad por su parte, asistimos día a día a la impune desfiguración de Amagro, la montaña sagrada donde se materializaban los dioses y los espíritus de la naturaleza a los que, aun cristiano, seguramente don Fernando Guanarteme nunca dejó de encomendarse. O se prepara, en nombre de legítimas necesidades de reactivación económica de la comarca (proyecto de CC de Las Longueras) o de dotación de infraestructuras educativas (proyecto del nuevo IES), el último y definitivo atentado contra la Vega Mayor de Gáldar. Ese parcelario agrícola único donde mora la memoria material de un tiempo sedimentado en un espacio cuyo sustrato está constituido, precisamente, por lo poco que ya queda de los paisajes del lugar indígena y de la primitiva villa colonial que él habitó.

Y haríamos bien todos nosotros en exigir que afanes comparables a los que ahora se dedican a recuperar el recuerdo individual de un ilustre indígena canario se consagren también a incorporar a nuestra memoria social, a través de procesos de construcción patrimonial suficientemente participativos y respetuosos con otras formas de ver y de estar en el mundo, los olvidos de tantos y tantos aborígenes anónimos. De entrada, los de aquellos cuyos despojos mortales todavía permanecen ocultos en la memoria de la tierra que eligieron para ser recordados por los suyos y donde, si pudieran elegir, estoy seguro que decidirían continuar antes de donar sus esqueletos a una sociedad que, incluso muertos, se empeña en seguir colonizando sus cuerpos ya descarnados a través de una práctica científica etnocéntrica y vanidosa. Pero también los de todos aquellos cuyos huesos soportan nuestras miradas, siempre un punto morbosas, alojados en las vitrinas de nuestros museos, o pueblan decenas y decenas de cajas de cartón arrumbadas en sus almacenes.
Porque nunca está de más insistir en que la memoria es una facultad individual y social cuya función es a un tiempo recordar y olvidar. Y en que, al fin y al cabo, podemos vivir, y morir, sin recuerdos, pero no sin olvidos€

Profesor universitario y codirector de la Cueva Pintada.

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