03 de febrero de 2013
03.02.2013
Santa Cruz

La escala isleña de Magallanes

Las galeras de la primera vuelta al mundo se aprovisionaron en el Puerto chicharrero

03.02.2013 | 02:15
Bermúdez (1º por la derecha), el viernes con el resto de alcaldes de la Red Mundial de Ciudades Magallánicas.

A finales de septiembre de 1519, las calles de Santa Cruz de Tenerife se engalanaron y fueron escenario de la celebración de procesiones, luminarias e incluso una corrida de toros. La fiesta por la proclamación del rey Carlos I como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico se prolongó durante varios días, en los que toda la Isla se volcó para apoyar al monarca. En medio de aquella algarabía pasó prácticamente desapercibida la llegada de cinco galeras provenientes de Sanlúcar de Barrameda y capitaneadas por Fernando de Magallanes. Después de una estancia de cinco días en Santa Cruz, el portugués volvió a partir para iniciar uno de los viajes más recordados de la Historia: la primera vuelta al mundo. El viaje no había hecho más que comenzar.
Con motivo de los preparativos del V Centenario de esta primera vuelta al mundo, alcaldes de los puntos por donde pasaron aquellos osados navegantes han fundado la Red Mundial de Ciudades Magallánicas, con el objetivo de convertirla en un instrumento de trabajo que sirva para promocionar y realizar acciones conjuntas, encaminadas al estudio, difusión y puesta en valor de este hecho universal, patrimonio común de todos los pueblos que la protagonizaron. Como primer puerto en el que se abasteció la tripulación, Santa Cruz de Tenerife forma parte de esta red, junto con ciudades como Sevilla, Sanlúcar de Barrameda, Río de Janeiro, Montevideo, Buenos Aires, Brunei, Ciudad del Cabo, Lisboa y Oporto, entre otras.
A pesar de ser uno de los viajes más importantes de la Historia, por la cantidad de datos que aportó sobre la geografía y forma de la Tierra, en la actualidad no se cuenta con muchos documentos que relaten lo que aconteció durante los casi cuatro años de travesía, más allá de los textos escritos por el cronista de la expedición, el fraile Antonio Pigafetta.
A esto ha de unirse el secretismo que el propio Magallanes mantuvo sobre las verdaderas razones de su viaje. Pese a que la tripulación pensaba que se trataba de una expedición normal, de las que tanto se repetían en esos años, cercanos al descubrimiento del Nuevo Mundo, lo que Magallanes pretendía, en realidad, era encontrar un paso a lo largo del continente americano que le permitiera acceder desde el Océano Atlántico hasta lo que hubiera más allá.
Tras el descubrimiento de América por parte de Cristóbal Colón, en 1492, fueron muchos los aventureros con ganas de conocer nuevas tierras y encontrar rutas alternativas que cruzaran el Océano Atlántico, en busca de nuevos territorios. Éste fue el caso del portugués Fernando de Magallanes, que en agosto de 1519 partió del Puerto de Sevilla con la intención de abrir una nueva ruta hacia Oriente y así llegar a las islas de las especias sin necesidad de ir con sus barcos hacia el Este, bordeando toda la costa occidental de África, tal y como se hacía hasta la fecha.
Se trataba, pues, de un viaje extremadamente complicado pero, sin embargo, ante el fracaso que obtuvo al exponer sus propósitos al rey de Portugal, Magallanes no se desanimó y decidió acudir a Carlos I de España. A pesar de que en esos años aún no existían las tan necesarias cartas de navegación, y por lo tanto un viaje de este tipo se presentaba harto difícil, el joven rey español aceptó financiar la empresa.
Así, en 1519, Magallanes zarpaba con cinco barcos y, a lo largo de su viaje, pasó por Río de Janeiro, Montevideo, Buenos Aires, Brunei o Ciudad del Cabo, entre otros. Sin embargo, la primera parada la hizo en un puerto mucho más cercano donde poder coger provisiones: el de Santa Cruz de Tenerife.
Colonización
Desde finales del siglo XV, el Puerto de Santa Cruz se había convertido en un puente para la colonización de América. La capital se convertía, así, en lugar de paso obligado para descubridores, conquistadores y colonizadores que buscaban, entre otras, el camino de las Indias, siguiendo la ruta de los Alisios.
De este modo, sirvió de estación a los barcos que venían a comprar bastimentos, abastecerse de agua, vino, frutas, leña y sal. Además, estas flotas completaban sus expediciones con el reclutamiento de intrépidos isleños.
Aunque a lo largo del siglo XVI llegaron al puerto de Santa Cruz de Tenerife decenas de armadas, una de las que más importantes, es la apareció el 26 de septiembre de 1519, cuando la flotilla compuesta por cinco navíos de la Corona Española hace escala en la Isla.
Aquel día de septiembre llegaba Fernando de Magallanes al mando de la Trinidad, una nave con 55 tripulantes, seguida de la San Antonio, la Victoria, la Santiago y la Concepción, con Juan Sebastián Elcano como segundo de abordo y quien terminó comandando la misión después de la muerte del portugués en 1521, antes de finalizar el viaje.
La llegada a la Isla sirvió para aprovisionarse y para completar la tripulación de la empresa, con un total de 265 miembros. Según Luis Cola, cronista oficial de Santa Cruz de Tenerife, no se conoce el número exacto de canarios que subieron a bordo, aunque no serían más de tres, que, además, no irían por la conquista, sino como colonos, para ocupar las tierras que pudieran descubrir.
Pedro El Maestre fue uno de los que embarcó en Tenerife. Aunque era portugués, llevaba años viviendo de incógnito en la Isla. Magallanes se interesó pronto por este hombre y fue a visitarlo para proponerle que viajara con él, ya que sabía que había participado en las expediciones portuguesas al Pacífico y conocía a la perfección las aguas de este océano, por lo que le resultaría muy útil en su empresa. Sin embargo, Pedro no deseaba formar parte de este viaje, rodeado de un halo de misterio, por lo que terminó siendo embarcado a la fuerza por la tripulación de Magallanes.
Como cuenta el cronista de Santa Cruz, poco se sabe de Maestre Pedro a lo largo del viaje, aunque sí se sabe que se le recuerda como "el Pedro de Tenerife que llegó tarde", puesto que en la última escala del viaje fue apresado por portugueses, lo que provocó que, después de que el monarca español consiguiera liberarlo, fuera, aunque con retraso, uno de los 18 tripulantes que sobrevivieron al viaje y que fue recibido, en persona, por el rey Carlos I.
La estancia de Magallanes en Tenerife, no obstante, estuvo acompañada de ciertas dosis de acción. Dos contratiempos hicieron que el portugués viera peligrar el éxito de su idea. Según relata Luis Cola, nada más llegar a puerto en Santa Cruz, el suegro del capitán llegó en una pequeña carabela para alertarle de que un motín se estaba fraguando dentro de su propia tripulación.
La conspiración, efectivamente, estaba bajo el mando del capitán Juan de Cartagena, quien se sentía postergado a favor de un capitán extranjero. La diferencia de opiniones era patente entre el capitán y su tripulación desde que salieron de Sevilla. Sin embargo, el portugués supo manejar a sus hombres y consiguió ganarse su respeto durante un tiempo.
Al mismo tiempo, mientras la tripulación se encargaba de subir a los navíos todos los productos que eran necesarios a lo largo del novedoso viaje, una pequeña nave que pescaba cerca de la costa de África llegó al Puerto de Santa Cruz y alertó a Magallanes de que una escuadra portuguesa, seguramente enviada por la corona del país vecino, les seguía la pista para prenderles y, así, abortar la expedición que estaba comenzando para encontrar un paso entre el Océano Atlántico y lo que había más allá de la recién descubierta América.
Este peligro inminente obligó a Magallanes a alargar su estancia en la Isla y trasladarse hasta Montaña Roja, en El Médano (Granadilla de Abona), donde pasó dos días intentado esconderse de los portugueses. Por fin, el 2 de octubre, cuando los alisios comenzaron a soplar, todo estuvo listo para que las cinco galeras, con un total de 265 tripulantes, continuaran su viaje, rumbo a América.
A pesar de las dificultades del viaje, que se alargó más de lo que cualquier miembro de la tripulación podría haber imaginado, con la consiguiente falta de víveres y el motín al que se tuvo que enfrentar Magallanes en una ocasión más, el portugués logró su propósito.
Después de tres años de travesía, la expedición había logrado encontrar un paso que conectara el Océano Atlántico y el Pacífico: el Estrecho de Magallanes.
Sin embargo, el portugués no pudo disfrutar de su éxito a su regreso a España, puesto que murió el 27 de abril de 1521 a manos de indígenas filipinos, en las islas del Pacífico. Juan Sebastián Elcano fue el encargado de sucederle en la capitanía de la expedición, que ya sólo contaba con tres barcos y 114 tripulantes. Fue este vasco el que decidió intentar regresar a España siguiendo hacia el Oeste, sin necesidad de dar media vuelta para iniciar el viaje de vuelta. Se proponía de este modo, sin saberlo, completar la primera circunnavegación en barco de la historia.
Tras casi cuatro años de expedición, la vuelta al mundo llegaba a su fin, y con ella se demostraba prácticamente la redondez de la Tierra, puesto que la tripulación, marchando siempre en la misma dirección, había llegado al punto de partida. Después de una estancia un tanto accidentada en el Puerto de la capital de Tenerife, que sitúa a la Isla como primera escala de este viaje convertido en un hecho histórico, la tripulación de Magallanes había logrado recorrer el globo terráqueo de Este o Oeste por mar.
Capitaneada por un portugués, España lograba posicionarse como uno de los países que más territorios había descubierto hasta el momento, y había podido medir la magnitud del globo con las quillas de sus naves. Santa Cruz estuvo ahí y ahora volverá a estar en los actos del V Centenario para revivir aquella gran aventura.

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