16 de julio de 2012
16.07.2012
SANTA CRUZ

La última 'profe' de Almáciga

Minerva Santana Peña llevaba ocho años en el Colegio Dolores Álvarez, que ahora cierra sus puertas

16.07.2012 | 04:00
Minerva Santana Peña.

Minerva Santana se ha convertido en la última maestra de Almáciga. Tras ocho años trabajando en el Colegio Dolores Álvarez, el centro ya no abrirá sus puertas el próximo curso debido al escaso número de alumnos. Este año sólo ha habido seis niños: Celia, Sofía, Nuria, Samuel, Athenea y Giovanni. Ellos, al igual que Minerva, pasarán a la historia como las últimas personas que pisaron las aulas del Almáciga. Y, esto, para ella, es una pena. Aunque una pena que ya veía venir de lejos. El Gobierno de Canarias lleva toda una vida intentando cerrar el centro de este pueblo del Parque Rural de Anaga, un lugar al que esta profesora llegó como quien llega a un territorio recién descubierto.

Fue al poco de terminar la carrera de Magisterio, y tras pasar su año de prácticas en el Colegio Nuestra Señora de la Luz (Arico), cuando le comunicaron que su primer destino como profesora iba a ser Almáciga, un sitio del que no conocía nada y ni sabía dónde estaba. De niña la habían llevado sus padres alguna vez, pero ya ni se acordaba de aquello. Así que no tuvo otra que realizar un reconocimiento del terreno antes de que empezara el curso.

Por eso, un día de agosto se plantó en aquel sitio, preguntó dónde estaba el colegio y, una vez registrado todo en su cabeza, lo primero que pensó es en los madrugones que tendría que darse para estar todos los días allí a las ocho en punto. Pero Almáciga iba a formar parte de su nueva vida, así que debía acostumbrarse.

Y llegó el 1 de septiembre. Ese día, el despertador le sonó a las seis de la mañana. Minerva se levantó de la cama, se vistió, se subió al coche y empezó a subir montaña como una campeona y a coger tantas curvas como para hacer varios circuitos de Fórmula Uno.
Sin embargo, una vez en el pueblo, se encontró con la escuela cerrada y nadie en la puerta. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que ahí no tendría compañeros, ni jefes, ni equipo alguno. Se acordó de que aquello era una escuela rural unitaria donde ella sería la directora, la profesora, la conserje, la secretaria, la jefa de estudios, la enfermera y el resto del personal. Todo en uno. Todo en su persona.
Finalmente, alguien del pueblo le abrió el colegio y entró en una de las dos aulas. Se sentó tras su mesa y esperó. Esperó y esperó hasta que pasaron tres horas. Al no aparecer ningún alumno, se puso en pie, cerró la escuela y le dio las llaves a una vecina, además de su número de teléfono por si alguien necesitaba hablar con ella.

Fue a la altura de San Andrés, al recuperar la cobertura del móvil, cuando le entró un mensaje de uno de los coordinadores de las escuelas rurales de Anaga. Le recordaba que al día siguiente había una reunión de todos los profesores del parque rural para organizar el curso.
Tres días después, las clases ya estaban funcionando y ella se estrenó en aquella escuela de Anaga, con tan solo seis alumnos de diferentes edades, pero abocados a compartir aula y maestra al mismo tiempo.

Pasó el tiempo, los años, los cursos, y Minerva acabó por enamorarse del colegio, del pueblo, de sus gentes y, sobre todo, de su profesión. Tan a gusto estaba que incluso llegó a plantearse vivir allí, aunque al final le pudo más la ciudad, con los cines, las tiendas, las terrazas de los bares y los amigos. Al fin y al cabo, esta chicharrera se crió en Vistabella y estaba acostumbrada a tener a mano el ocio, las amistades y la familia cuando lo necesitaba.

No obstante, se le ocurrió una idea para dejar constancia de su vida en Almáciga y compartirla con el mundo: crear un blog. Lo llamó Diario de una maestra en apuros, y en él contaba anécdotas, reflexiones y, en definitiva, su día a día en aquella escuela unitaria en la que tanto aprendió.

De hecho, asegura que los niños también le han dado lecciones que nunca olvidará. Por ejemplo, que con una sonrisa se consigue mucho más que pavoneándose con autoridad. Asimismo, aprendió que los problemas siempre acaban por solucionarse. Y recuerda con especial cariño los días en que llegaba al colegio algo alicaída por cosas personales, y los niños, que se percataban enseguida de que la profesora no estaba al cien por cien, se aplicaban ese día más que nunca para facilitarle las cosas.

Eso sí, para ella la disciplina es importante y así se lo inculca a sus alumnos. "Si un día hay que poner mala cara, se pone mala cara", dice.
El curso que más estudiantes tuvo en estos ocho años que pasó en Almáciga, fue uno en que la cifra llegó a doce, y no durante todo el año, sino cuando el curso ya había empezado. Sobre todo porque hubo familias que regresaron a ese pueblo de Anaga por el encarecimiento de la vida en la urbe. También ese año hubo una familia de la Península que se trasladó allí.

En resumen, en estos ocho años, Minerva ha tenido un total de 20 alumnos diferentes. No más. Y, por supuesto, sabe los nombres de todos, y de todos se acuerda perfectamente. "No había día en que yo no me riera en ese colegio", asegura. Todavía se acuerda de algunas anécdotas que le pintaron una gran sonrisa en la cara. Por ejemplo, aquella vez que una niña no quería que le curara las heridas que se hizo en los pies porque le daba vergüenza que la profesora viera que se había puesto calcetines diferentes ese día.

También hubo momentos duros. En especial el referente a un adolescente con síndrome de Asperger, con el que Minerva intentó una y otra vez conectar. "Había días que me iba llorando por no poder lograrlo", confiesa. Al menos, este estudiante tuvo durante varios cursos un especialista dedicado a él. Aunque, desgraciadamente, con los recortes en educación, este año ya no ha sido posible contar con el experto.
En definitiva, más que amigos, los vecinos de Almáciga se convirtieron en una familia para ella. "Me sentí querida y cuidada", asegura. Pero ahora le esperan otros retos. Su próximo destino es el colegio de Ofra-Vistabella. Desde luego, se enfrentará a aulas mucho más llenas, con unos 20 alumnos a los que dará inglés. Dice que no espera nada, ni bueno ni malo. "Así no me decepciono luego", concluye.

Pero hasta que llegue septiembre, aún debe hacer mil cosas en Almáciga, como un inventario y un informe económico. Serán sus últimas obligaciones como profesora en ese pueblo de Anaga: "Fue un lujo dar clases en Almáciga. Allí experimenté el magisterio en estado puro".

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