15 de julio de 2012
15.07.2012
SANTA CRUZ

Un vergel a los pies del macizo

Los 800 vecinos de Igueste de San Andrés disfrutan de la montaña y la playa, las fincas y los mangos, pero sobre todo de la tranquilidad

15.07.2012 | 04:00
Un vergel a los pies del macizo

A tan solo 13 kilómetros del casco urbano de Santa Cruz de Tenerife, los vecinos saludan a todo aquel que se encuentran aún sin conocerlo. Así son los 800 habitantes del pueblo pesquero de Igueste de San Andrés, con una superficie de 11,26 kilómetros cuadrados. A pesar de lo pequeño que pueda parecer, en su interior se puede disfrutar de casi todo: playa, monte y, sobre todo, de mucha tranquilidad.
Allí no hay quien no tenga mote y todos se conocen. No importa si es alguien que reside todo el año o que pasa allí sus vacaciones. Algunas llaves cuelgan de las puertas de las casas y los coches se aparcan con las ventanillas abiertas. Este pueblo pesquero del Distrito Anaga, que además se dedica a la agricultura, la ganadería y la apicultura es, sin ninguna duda, un vergel inexplotado por los santacruceros de ciudad. O al menos así lo afirma Samuel Suárez, el vicepresidente de la Asociación de vecinos Haineto Príncipe de Anaga. "En Igueste tenemos de todo y vivimos muy bien. No lo cambio por nada", apunta el joven.

Y es que, para muchas personas, Igueste tiene un encanto especial que hace que el que va siempre quiera repetir. Tal vez sean los paseos por sus callejuelas, las fincas del camino del barranco, los patos que nadan en las charcas o sus sabrosos mangos, aguacates y papayas, famosos en toda la Isla. Pero lo cierto es que este lugar es para algunas chicharreros un remanso de paz y un lugar de obligada parada.
El pueblo está mas allá de San Andrés. Tras un recorrido sinuoso, cuando parece que la carretera llega a su fin, allí se encuentra Igueste de San Andrés enclavado en medio de las montañas. El cementerio es el primero que saluda, incluso antes de llegar. Asomando su cabeza por una de las laderas de las montañas que rodean el lugar, este camposanto, que fue construido tras una epidemia de fiebre sufrida en la zona en 1889, destaca por sus altos cipreses y su majestuosidad.

Si algún visitante llega con hambre, no hay problema. Nada más pisar Igueste el Bar Rincón de Anaga pone sobre la mesa un buen pulpito casero, unos calamares a la romana o una ensaladilla rusa bien completa, entre otros platos. Todo de elaboración casera. Si no es el apetito el que aprieta, entonces qué mejor que un paseo por el pueblo para hacer estómago.

Igueste se caracteriza también porque contiene varios aspectos singulares que lo hacen único en en Canarias como cinco fuentes antiguas repartidas por el pueblo; el mencionado cementerio –el único en Canarias al que todavía se accede a pie–; o una solitaria máquina de refrescos en frente de una de las viviendas. "No siempre está llena", confiesa Yolanda Déniz, secretaria de la Asociación de Vecinos. "De vez en cuando vienen a recargarla. Muchas personas se preguntan el sentido de la máquina, pero viene bien cuando reponen las latas", agregó.
Igual de bien vienen las cinco fuentes distribuidas por el pueblo. En días en que el calor aprieta son un consuelo para muchos transeúntes encontrarlas en mitad de su paseo. "Y el agua está muy buena, es totalmente potable", informan los vecinos. "Nosotros ya estamos habituados a ellas. Pero los visitantes se quedan encantados con que Igueste disponga de ellas", admiten.

En fechas de verano como éstas, cuando uno accede a Igueste, casi a los primeros que se encuentra es a los surferos que cogen olas en las playas del pueblo. "En días buenos de sol puede haber hasta 70 personas practicando surf", cuenta José María Alberto, presidente de la Asociación Haineto Príncipe de Anaga. "Muchos consideran esta zona como una de las mejores para coger olas de izquierda", añade.
Aunque su playa de arena negra, El Llano, permanece cerrada desde hace dos años por peligro de derrumbe, esto no es problema. Igueste cuenta con tres zonas de baño más como el Charquito, la cala de Los Barquitos y el Porís. Si darse un baño es el fin de los visitantes, lo más recomendable es realizar antes un paseo por algunas de las calles, empezando por descender las escaleras hasta dar con el pasaje Doctor Pérez Luz y continuando hasta el Paseo La Playa. El trayecto siempre se hace ameno. Por su cercanía al barranco, uno puede disfrutar de los patos que allí viven, del verdor de las huertas cercanas al mar, o simplemente del paseo entre sus casas terreras de alegres colores y decoradas con flores, plantas y artículos curiosos.

Como buen pueblo de marineros, Igueste tiene en las fachadas de algunas viviendas pequeños altares en los que guardan a la Virgen del Carmen, así como a su patrón, San Pedro Apóstol. Los iguesteros los custodian con sumo cuidado, manteniéndolos limpios y con flores frescas. En sus inmediaciones es frecuente encontrarse con algunos vecinos sentados, paseando o hablando en corrillos.

El camino que lleva al Charquito o a la Playa de Los Barquitos no es muy largo y tras disfrutar del paseo, nada mejor que un buen baño de agua salada y unas horas de descanso disfrutando del sol y la imagen del mar, animado por los surferos que bailan sobre las olas. Si no, el kiosco La Playa espera con algunas tapas de pescado fresco y una cañita bien fría. "El kiosco suele abrir solo entre los meses de mayo y septiembre", explica Samuel Suárez. "Cuando empieza el calorcito venimos al chiringuito", bromea la secretaria de la asociación vecinal del pueblo.

Unos metros más allá de este punto de encuentro de jóvenes y familias espera la Iglesia de San Pedro, pero antes merece la pena detenerse a contemplar el árbol del Mamey, una especie curiosa, ya que tarda 12 años en dar el primer fruto tras su plantación. "Hay un dicho en Igueste en referencia a este árbol que dice que lo planta tu abuelo, lo cultiva tu padre y lo comes tú", explica Suárez.
María Adela Gil descansa sentada en la terraza de su casa. Las vistas son envidiables desde su balcón. "Se vive muy bien aquí", señala. Gil reside en un lugar privilegiado, no solo por sus vistas, sino porque está a escasos metros de la Iglesia de San Pedro Apóstol, que se levanta firme y solemne sobre la Plaza que lleva el mismo nombre y cuyas ventanas colorean los rayos de luz.

El templo, que cumplió hace tres años un siglo, fue construida por los vecinos de Igueste. En aquel momento, los padres de familia tenían asignados los días de trabajo en la iglesia. "Pero si por alguna razón no podía ir a trabajar esa jornada, las familias pagaban a alguna persona desempleada del pueblo para que lo hiciera por ellos", explica Samuel Suárez.

En la actualidad, la Plaza de San Pedro se ha convertido en el punto de reunión de algunos de los mayores del pueblo y en el centro de las fiestas en honor a su patrón. Precisamente en junio dio comienzo el mes y medio de celebraciones, que concluye hoy con una procesión alrededor de la Iglesia, tras el festival infantil y el concierto de la banda de música Amigos del Arte.

El anuncio de las defunciones en la parroquia se continúa haciendo como antaño. Las campanas repican cinco veces si es hombre y siete si es mujer. "Como todos nos conocemos y sabemos quién está enfermo, cuando escuchamos las campanadas solemos deducir quién es el que ha fallecido", revela Yolanda Déniz. "Aunque lo entierren en Santa Cruz, aquí siempre suenan las campanas cuando fallece un iguestero", agrega la joven.

El cementerio es otro punto de interés para los visitantes, ya que además de su acceso a pie, este es uno de los pocos que tiene iluminación. "Los iguesteros vamos al camposanto cuando podemos. Lo único que tenemos que hacer es coger las llaves que tiene Challo por fuera de su casa y después, volver a dejarlas ahí", cuenta Déniz.

A pesar de que Igueste no cuenta con un supermercado, los vecinos disponen de dos ventas de las de antes a las que pueden acudir cuando tienen algún apuro. La primera, Víveres San Pedro, está en la parte baja. Y la segunda, en la parte alta, es conocida como la venta de La Cruz. "En ambas tenemos lo necesario para hacer pequeñas compras", explica Suárez. "Para las compras grandes tenemos que ir a la ciudad, pero hasta ahora esto no ha ocasionado problemas porque lo que a nosotros nos gusta es estar aquí", añade el joven.

En estas ventas se pueden encontrar las frutas, verduras y mieles que se recogen en el pueblo, aunque muchos se preguntan cuál es el secreto de sus mangos o papayas, la respuesta es siempre la misma. "El sol y la cercanía al mar. El sabor es porque este es un buen lugar donde cultivarlos". Y es que a lo largo y ancho del pueblo hay cientos de metros cosechados. Es tanta la cantidad de fruta que los agricultores dependen de vecinos como Jesús, El Churrasqueta, para venderlos fuera. "Además María Candelaria, La Coca, vende quesos de cabra a todos los que se acercan hasta su casa, a la entrada del pueblo", comenta Yolanda Déniz.

Antes de finalizar la visita a Igueste de San Andrés, los vecinos recomiendan recorrer los senderos que salen del pueblo. "Es fundamental visitar el semáforo, un edificio de finales del siglo XIX que sirvió para facilitar las comunicaciones marítimas, o Las Casillas, un caserío de Anaga", apuntó Samuel Suárez, mientras esquiva a los gatos que campan a sus anchas. Al fondo, las banderolas de España y Canarias y las cintas de colores adornan la Plaza. Ni una pita, ni una sirena, ni un grito, ni un conductor desquiciado. En Igueste solo se oye el viento y la calma.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook