16 de abril de 2012
16.04.2012
Santa Cruz

La verdad de las palabras

El lingüista Ramón Trujillo Carreño ha dedicado su vida a la semántica

16.04.2012 | 13:35

Un día, a Ramón Trujillo Carreño se le enganchó la vida a la semántica y así anda desde entonces, adherido al significado de las palabras. Con más de 120 publicaciones sobre esta disciplina, 21 distinciones académicas, infinidad de congresos a sus espaldas y decenas de puestos desempeñados en la enseñanza universitaria, Ramón Trujillo entra hoy en los 81 años, justo dos pasos por detrás de la Segunda República española y con el convencimiento de que cada palabra es una verdad única.

Su aprecio por el engranaje de la lengua española, su afán por desmigar la lingüística, por comprender y difundir los secretos del lenguaje, tuvo en él un lento pero firme germinar, cuya semilla se hizo hueco en su interior cuando de niño devoraba apasionadamente los libros que coleccionaba su padre.

A su progenitor le gustaba tanto leer que con el tiempo creó una considerable biblioteca, bien encajada en la casa que la familia tenía al final del Camino Largo de La Laguna. Justo allí, en esa habitación dedicada a las palabras, Ramón Trujillo Carreño pasaba horas enteras metido entre páginas, absorto en sus lecturas. A veces, ni siquiera iba al colegio, una falta que, en ocasiones, su padre prefería dejar pasar haciendo la vista gorda.

Aunque entonces no lo sabía, su destino se iba forjando con buen metal entre esas cuatro paredes de estanterías. Pero la época era la época, y lo que tocaba entonces para un chico como él era estudiar Derecho. Así que se metió de lleno en la carrera, que estudió más bien a disgusto y con mucha fuerza de voluntad para no defraudar. Hasta llegó a trabajar de pasante en el despacho de un abogado.

Sin embargo, la vocación es de gestos tozudos y la suya tendía a moverse hacia las letras con la misma naturalidad con la que abrazó el republicanismo desde que tuvo conciencia de ser. "Yo soy republicano de nacimiento y de corazón", afirma.

Y es que él vino al mundo dos días después de la proclamación de la Segunda República, y además creció en una familia que también abrazaba esas convicciones de izquierdas. "Si hay muchos libros en una casa, es muy posible que también haya republicanos en ella en mayor o menor medida", asegura.

Así, su infancia fue cuajando al calor de la literatura, el librepensamiento, los razonamientos de la izquierda y la larga estela de intelectualidad que desprendía su padre, catedrático de Química.

Su historial académico antes de llegar a la universidad se modeló en el Colegio Alemán de la capital tinerfeña y, cuando este centro cerró al caer Alemania en la Segunda Guerra Mundial, en el Instituto de Santa Cruz.

Ramón Trujillo asegura que no era un buen estudiante y que nunca tragó la autoridad por decreto. Digería mejor los preceptos razonados. Afirma que sacaba malas notas por negarse a estudiar asignaturas mal planteadas y peor razonadas, y que de vez en cuando era contestatario con ciertos profesores.

En su juventud formó parte de un grupo de amigos que tenía la costumbre de reunirse en la cafetería de la Plaza del Príncipe de la capital para hablar de lo humano y lo divino, de la existencia de Dios y del Diablo y, en general, de todo lo que se terciara.

En ese corro se filosofaba a lo grande, entre cigarros y cafeína, y allí se determinó el futuro de muchos de ellos, que ya entonces pensaban que lo mejor era salir del país para prosperar.

Trujillo Carreño recuerda que eran tiempos en los que España estaba sumida en una crisis económica y cultural desesperante para chicos como ellos, de ideas izquierdistas y sabedores de su potencial. Al final, cada uno cumplió con su destino.

Aunque él acabó Derecho y se puso a trabajar, al morir su padre decidió dejarlo todo y seguir su vocación. Así que hizo maletas, se despidió de su madre y se marchó a Venezuela, donde encontró empleo como profesor en un instituto. Allí impartió clases de Lengua y de todo lo que hacía falta. Trabajó cinco años en los tres turnos que había, de mañana, de tarde y de noche. Su idea era ahorrar todo el dinero que pudiera para volver a Tenerife y hacer realidad algunos proyectos.

Uno de ellos fue fundar en Santa Cruz, junto a Antonio Castro, el colegio Montesori, un colegio de ideas progresistas que reunió a un importante elenco de mentes intelectuales. Los huecos que le dejaba esta escuela los llenaba en la Universidad de La Laguna, donde cursaba la carrera de Filosofía y Letras, una disciplina de cinco años que él terminó en dos y con nota.

Por fin había logrado estudiar lo que realmente quería. Más tarde, sus innumerables publicaciones sobre el lenguaje – incluido el silbo gomero– y sus muchas investigaciones le llevaron a ser condecorado con distinciones como la Medalla de Oro de Canarias. También es profesor emérito de la Universidad de La Laguna, miembro correspondiente de la Real Academia Española y miembro de la Academia Canaria de la Lengua.
Como profesor invitado ha estado impartiendo clases en institutos y universidades de Colombia, Cuba, México, Alemania, California y Perú. En realidad, conoce bien América y asegura que justo allí está el futuro de la lengua española.

Por ejemplo, para él, el español que se escribe y se habla en México es "enormemente rico y productivo" y el de Colombia "arcaizante". Por ejemplo, recuerda la primera vez que entró al instituto Caro y Cuervo, de Bogotá, y el portero le saludó: "¿Cómo está vuestra merced?"
Ramón Trujillo habla con pasión de escritores como César Vallejo, Pablo Neruda o Juan Rulfo, de cuya novela Pedro Páramo es un gran fan: "Es la realidad ordenada de otra forma, como un cuadro de Picasso".

De los diccionarios españoles opina que están incompletos, que sólo se limitan a poner los usos de las palabras, y ni siquiera caben todos, por infinitos. En su opinión, a los diccionarios les falta lo que él define como lo más interesante de las palabras: su significado. "Lo más verdadero son las palabras. Cada palabra es una verdad y sólo una". Por eso, deja bien claro que en la lengua no hay sinónimos que valgan, sólo aproximaciones.

Este semantista que ha publicado dieciséis tesinas y once tesis, entre ellas Estudio sociolingüístico de los relativos en el español de Santa Cruz de Tenerife y Estudio de la toponimia menor de La Palma, afronta sus 81 años sin parar de trabajar. Cada día acude a su despacho de la Universidad de La Laguna y se concentra en sus investigaciones y estudios como si se tratara de una ceremonia mil millones de veces oficiada.
Al igual que no hay significado sin significante, a Ramón Trujillo Carreño tampoco se le puede evocar sin escribir su nombre y apellidos en mayúscula, como su extensa obra.

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