29 de enero de 2012
29.01.2012
Santa Cruz

Exponentes de lo exquisito

Una veintena de casas unifamiliares, catalogadas y protegidas, componen el Barrio de los Hoteles

29.01.2012 | 01:19
Palacete Martí Dehesa, en la plaza Veinticinco de Julio, obra culmen de Mariano Estanga.

Pensar en un hotel sólo como un establecimiento donde alojarse de manera temporal es obviar uno de los significados de la palabra, además de negar parte de la historia contemporánea de varias ciudades europeas, entre las que se encuentra Santa Cruz de Tenerife. Un hotel es también, según la definición de la Real Academia Española, una "casa más o menos aislada de las colindantes y habitada por una sola familia".
Del vocablo francés hôtel, las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX constituyeron una etapa de cierto esplendor en la construcción arquitectónica de viviendas en la capital tinerfeña, una de cuyas muestras más destacable, que aún hoy pervive, es el denominado Barrio de los Hoteles.
Esos hoteles eran, en su mayoría, casonas unifamiliares, independientes, de dos o tres plantas, con jardín y con una exquisita decoración ornamental. "Eran viviendas con nuevas estancias: gabinetes, vestidores, torreones-miradores, espacios amplios en general y de gran nobleza", explica Alberto Darias Príncipe, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de La Laguna (ULL).
El término hotel en su acepción de vivienda unifamiliar, además, ha estado vigente hasta hace no mucho tiempo. En Madrid, según cuenta Alberto Gómez Font, coordinador general de la Fundación del Español Urgente, se llamaba así a los chalets que la gente tenía a las afueras de la ciudad para ir los fines de semana. "Aparece por primera vez en el diccionario de la RAE en 1899", informa Font, justo la época en que la construcción de estas casas estaba en apogeo.
El entorno en el que se erigieron estos inmuebles en la capital tinerfeña fue el de la plaza Veinticinco de Julio y la avenida del mismo nombre, así como las vías próximas a este punto neurálgico, como Viera y Clavijo, O´Donnell, Numancia, Jesús y María o General Antequera, además de un tramo de la hoy Rambla de Santa Cruz.
Conservación
La inmensa mayoría de estas casas permanece hoy en pie, en mejor o peor estado de conservación. Casi todas son de propiedad privada y desde 1982 están incluidas en un catálogo de protección de patrimonio arquitectónico del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, según informa el arquitecto municipal, Germán Delgado. Con diferentes niveles de protección, que afectan a cualquier tipo de intervención que quiera hacerse en ellas, en su momento se liberó su uso "como incentivo para sus propietarios", explica Delgado. Se trata de unas viviendas que forman parte del patrimonio de la ciudad, cuya imagen externa puede disfrutar cualquier ciudadano, pero cuyo mantenimiento corre exclusivamente a cargo de sus dueños. Y ese es uno de los problemas actuales: que conservar estos hoteles genera un coste bastante elevado, no sólo en el mantenimiento físico de la estructura constructiva, sino en el pago de impuestos municipales, entre ellos el IBI.
"En su momento se planteó que estos hoteles tuvieran algún tipo de beneficio fiscal, pero esta medida no se ha conseguido definir por ahora", comenta Germán Delgado. Este funcionario público considera que los italianos han dado con una fórmula legal que podría trasladarse de alguna forma a la capital tinerfeña. Y lo explica de la siguiente manera: "En Italia existe el concepto, que es un derecho, denominado fruición colectiva, es decir, el disfrute colectivo de una propiedad privada. Si los ciudadanos pueden disfrutar de estas propiedades, es justo que sus propietarios reciban algún tipo de beneficio, bien una rebaja de impuestos o del coste de las licencias de obra por parte del Ayuntamiento, así como ayudas de otro tipo para su mantenimiento".
Estas ayudas permiten a los propietarios de viviendas como éstas mantener un bien inmueble de cierto valor histórico que, a su vez, otorga atractivo a la ciudad. "El Ayuntamiento debería ser espléndido con quienes tienen estas casas", añade el arquitecto municipal.
En el área en que se erige el Barrio de los Hoteles, que curiosamente tiene una extensión más o menos similar a la que ocupa el parque García Sanabria –proyectado por el arquitecto Manuel de Cámara en esa época–, se instaló de manera eminente la alta burguesía de la época. "Fue una especie de coto privado de la clase comercial exportadora, de profesionales liberales, algunos de ellos con un pie en la política municipal", apunta Darias Príncipe, quien añade que el diseño de este barrio siguió las pautas de arquitectos como Manuel de Cámara, Antonio Pintor, Mariano Estanga, Federico Solé o Domingo Pisaca, entre otros.
Corría la década de los 80 del siglo XIX y los propietarios de esas casas "necesitaban hacer gala de su estatus social, de esa nueva clase que había generado, además, un cambio de costumbres", añade el catedrático.
Veinte años atrás, en torno a 1860, Canarias tenía un problema "tremendo": la escasez de viviendas. Junto al elevado precio de los alquileres de la época se une la llegada a las ciudades de las clases trabajadoras, del proletariado, un proceso que se vivió en muchas urbes europeas y que supuso cierto abandono del campo. Y Santa Cruz fue una de ellas. "Hasta la capital tinerfeña llegó gente procedente, incluso, de otras islas, como Lanzarote y Fuerteventura, castigadas por la hambruna", cuenta Darias.
Surge en ese momento la Sociedad de Edificación y Reformas Urbanas (SERU), una entidad privada, que se nutría de las cuotas de sus socios, y basada en el modelo de las sociedad constructoras europeas. Su función, explica el catedrático de la ULL, era edificar viviendas en grupos, de modo que su coste individual fuera más barato.
En marcha la SERU, ésta le pide en 1889 al arquitecto Manuel de Cámara, "político republicano y librepensador", que diseñe un proyecto de ensanche de Santa Cruz, para que ésta pueda expandirse, señala el catedrático. De Cámara se pone manos a la obra y proyecta tres claras zonas definidas en la ciudad: el barrio obrero (Duggi), el barrio de clase media (desde Rambla Pulido hasta Robayna) y el barrio de la alta burguesía, conocido como Barrio de Los Hoteles, circunscrito entre las calles Robayna y José Naveiras de oeste a este y entre Méndez Núñez y la hoy Rambla de Santa Cruz, de sur a norte.
La SERU, cuenta Darias Príncipe, se vuelca con esa nueva clase social más acomodada que vive en el Barrio de Los Hoteles, momento en que Manuel de Cámara diseña las dos primeras casas de esta tipología. Se trata de la que hoy es el edificio Fide, propiedad del Ayuntamiento capitalino, y de otra vivienda particular, ambas en la calle Viera y Clavijo, enfrentadas, haciendo esquina con la calle General Antequera. "Al principio no logran venderse; la gente está des- concertada con este tipo de casas, así que se alquilan y poco a poco sus inquilinos empiezan a descubrir esa nueva forma de vida, de saber estar y de aparentar. Es cuando surge la fiebre de los hoteles", dice.
Divulgación en la prensa local
De Cámara crea las bases de la SERU y se dedica también a realizar una labor divulgativa, mediante una serie de artículos que escribe en el periódico Diario de Tenerife, dirigido por Patricio Estébanez. Ambos son hombres viajados "y tratan de trasladar a la capital tinerfeña ciertas características de las ciudades europeas modernas, lejos de la cochambre y con una clara apuesta por la limpieza, la higiene, el agua potable...", añade. "Pero al estar también metido en política y ser un hombre honrado, Manuel de Cámara considera que no es correcto trabajar para una empresa privada y, además, para el Ayuntamiento", con lo que decide dejar la SERU. Lo sustituye Antonio Pintor, primero, y muy rápidamente Federico Solé, "un catalán, maestro de obras, titulado por la Academia San Fernando de Bellas Artes de Madrid y con una gran experiencia como constructor", describe.
Solé diseña las denominadas "cuatro casas Sheraton", en la avenida Veinticinco de Julio, donde se establecen hoy varios negocios. La característica que diferencia estas cuatro casas del resto es que no son independientes entre sí, sino que comparten fachada de balcón corrido y un remate de cornisa con decoración floral. Solé también construye otras tres o cuatro viviendas en la calle Jesús y María, que quedaron inconclusas tras morir en 1902 de forma repentina.
De nuevo la SERU se queda sin arquitecto. Es entonces cuando aparece el vallisoletano Mariano Estanga, que se convertiría en el mayor arquitecto de este barrio y miembro de la aristocracia tinerfeña, tras su boda con la hija de un aristócrata de La Orotava. La labor de Estanga es prolija y en los años en que estuvo al frente de la SERU, en las dos primeras décadas del siglo XX, proyectó las mejores casas de este barrio, situadas mayoritariamente en el entorno de la plaza Veinticinco de Julio.
Se trata de la Casa Castelo, de 1905, donde hoy sigue en activo la farmacia de mismo nombre; o la Casa del General Bethencourt, de 1910, donde estuvo la Clínica Pompeya. En ambas, Estanga introdujo elementos modernistas, con arcos en el exterior, decoración floral y formas asimétricas. La del General Bethencourt, además, tiene dos fachadas, una de ellas rematada con un chapitel apiramidado con óculos y revestimiento de escamas.
Estanga también puso en pie la Casa Quintero (Viera y Clavijo esquina Jesús y María), con una fachada de influencia mudéjar, con remates lobulados en el torreón. Su obra más destacada, el Palacete de Martí Dehesa, fue sede de la Presidencia del Gobierno de Canarias y hoy alberga una clínica maxilofacial. El Palacete reproduce los parámetros del movimiento artístico de la Secesión Austriaca y se inspira en el arquitecto austrohúngaro Joseph Maria Olbrich. Presenta un pórtico de columnas clásicas de capiteles con decoración vegetal.
La última etapa de estas construcciones ya no estuvo en manos de Estanga. Tras la primera Guerra Mundial (1918), la economía tinerfeña comienza a recuperarse, momento en que llega a Tenerife una nueva hornada de arquitectos, formados en Barcelona. Es el caso de Domingo Pisaca, que diseña la Casa García Dorta, en la Rambla de Santa Cruz . La vivienda tiene una entrada en forma de torreón, con tres plantas con ventanas abalconadas. Muy destacable es su reja modernista, importada en 1925. Resalta también su chapitel neomudéjar con un revestimiento de alicatado que forma parte de la corriente eclecticista del momento. Otros hoteles en esa zona de la Rambla también fueron obra de Pisaca.

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