31 de enero de 2011
31.01.2011
Santa Cruz

Una vida tras el objetivo

Gilberto Benítez conserva miles de fotografías que documentan la historia de Santa Cruz

31.01.2011 | 14:55
Gilberto Benítez con una cámara Technika.

Las manos son la parte del cuerpo más difícil de dibujar. Para que no parezca una masa informe hay que poner especial atención y cuidado a la hora de deslizar el pincel por el lienzo. Así lo afirma Gilberto Benítez, a quien estos días le está costando mucho pintar las manos de su mujer. Se trata de un retrato al óleo que quiere regalarle por su aniversario de boda. Este mes cumplen ya 49 años de casados.
Gilberto comenzó a pintar el retrato de Adela hace 30 primaveras. Y no es que sea un pintor lento, sino que por una cosa u otra, siempre asuntos de trabajo, lo tuvo que dejar aparcado. Pero ahora, a punto de cumplir 78 años y con más tiempo que antes, se ha propuesto dar una sorpresa a su esposa: madrileña, preciosos ojos azules.

Hay que aclarar que Benítez no es pintor, es fotógrafo e hijo de fotógrafo. Su estudio, que ahora dirigen dos de sus hijos, es uno de los más antiguos de Santa Cruz y las fotografías que guarda son uno de los mayores tesoros que hay en la ciudad. Datan de principios del siglo pasado y un puñado de ellas bastaría para documentar la historia de la capital y de sus ciudadanos. Su hijo mayor, que las está digitalizando una a una, cree que si sólo se tienen en cuenta las más interesantes, la suma asciende a casi 40.000.

Gilberto Benítez no sólo se dedicó a trabajar en su estudio de fotografía, que desde 1926 se encuentra en la misma calle, Bethencourt Alfonso 32, (antes San José), sino que también colaboró con la prensa tinerfeña de la época, igual que hizo su padre, Adalberto Benítez, una especie de espíritu libre con una vena viajera y artística muy desarrollada.

Al hablar de su progenitor, Gilberto muestra con orgullo un libro donde varias fotografías hechas por Adalberto Benítez se publican al lado de otras realizadas por artistas como Pablo Picasso o Salvador Dalí. Hay una que llama la atención: Una composición en blanco y negro de varias docenas de huevos. ¿Qué tiene de especial para que fuera publicada en un libro como ese? "¡El cartón de los huevos! Entonces, esa fotografía llamó mucho la atención porque los huevos venían en un recipiente que era toda una novedad en España".

La fotografía nunca fue la primera opción de Benítez. En realidad, quería estudiar medicina. Pero cuando su padre tuvo cataratas se vio obligado a llevar el negocio familiar y, desde entonces, nunca lo dejó.

Hay otras muchas cosas que no quería hacer, pero de las que luego sacó provecho. Por ejemplo, nunca deseó irse a la Península a estudiar. Por eso, cuando su padre lo envió a Getafe para que terminara el Bachillerato, se llevó un disgusto. De esa época, tiempos de posguerra, recuerda que la comida era "horrenda" y que pasaba mucho frío. "A lo mejor estábamos cuatro o cinco días sin poder lavarnos porque las tuberías estaban congeladas", cuenta.

Pero, como pasa con casi todo, siempre se encuentra algo positivo en cada etapa de la vida. En su caso, descubrió Madrid. Cada sábado dejaba el instituto y se iba a la capital, a casa de un primo suyo. También allí empezó a frecuentar la casa de unos amigos de sus padres, cuya hija de cinco años se convertiría, años más tarde, en su mujer. Así, sábado tras sábado, se enamoró de esa ciudad. "Madrid es el mejor sitio del mundo", opina.

Antes de dedicarse de lleno a la fotografía, Gilberto trabajó para el Nodo, el informativo que se emitía durante la dictadura en los cines españoles. Aunque comenzó en Madrid, terminó por ser el corresponsal del Nodo en Canarias.

Uno de los peores momentos que pasó como profesional fue durante una visita de Manuel Fraga Iribarne. Con la cámara de 35 milímetros a cuestas, Gilberto tuvo que subirse a un barco de guerra para seguir al político en su visita a las Islas. Era un trabajo importante que sería proyectado, días más tarde, en todas las salas de cine españolas. Y así fue. Pero los espectadores que disfrutaron de esas imágenes sentados cómodamente en sus butacas, nunca se imaginaron lo que le costó grabarlas al cámara. Gilberto se mareó tanto en el barco, que tenía que tumbarse debajo de una mesa, hecho un ovillo, para soportar el viaje. "Yo me mareo mucho. Me mareo en barco, en avión y hasta me mareé hace poco en un cine de Barcelona viendo una película en tres dimensiones", confiesa.

Cuando le propusieron seguir con el Nodo en televisión, se negó. En Santa Cruz tenía suficiente trabajo como fotógrafo. Según sus cálculos, tiene archivadas las fotos de todas las bodas que se celebraron en la ciudad desde hace más de cincuenta años. "Podríamos hacer otra vez todos los álbumes nuevos si nos lo pidieran".

Su cámara también registró momentos dramáticos, como dos de los accidentes aéreos más graves ocurridos en Tenerife. En uno de ellos estuvo tan cerca de las víctimas que el olor a carne quemada le impidió comer durante días.

Ahora, retirado, acaba de inaugurar una exposición de fotografías sobre la historia de la refinería y se devana los sesos para que las manos de su mujer queden perfectas en el lienzo.

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