21 de agosto de 2010
21.08.2010
SANTA CRUZ / Anaga

El apagón final del Semáforo de Igueste

Los vecinos de este pueblo lamentan el deterioro del edificio histórico, un faro del siglo XIX

21.08.2010 | 03:06
Edificio del Semáforo. El inmueble se encuentra hoy por hoy en un estado de absoluto abandono del que nadie parece responsabilizarse. Han desaparecido puertas, ventanas y la suciedad campa a sus anchas. Este es el panorama que se encuentra cada día los grupos de excursionistas que por aquí pasan.

El Semáforo marino de Igueste parece haberse apagado de forma irremediable. Este edificio de finales de siglo XIX se sitúa sobre un escarpado risco del barrio de Anaga. En su momento sirvió para facilitar las comunicaciones marítimas entre los barcos y el puerto de Santa Cruz, utilizando un sistema de banderas.

En el año 1971 las instalaciones cayeron en desuso y a partir de entonces la decadencia y abandono ha sido total. En la actualidad el edificio aparece totalmente destrozado y lleno de pintadas con fechas y nombres. Los últimos temporales han acabado por destrozar los mástiles desde los que se lanzaban las señales. Lo que no ha podido destrozar el tiempo son las vistas absolutamente espectaculares que se ven desde este punto y que abarcan desde Santa Cruz hasta la playa de Antequera.

El presidente de la Asociación de Vecinos Ahineto Príncipe de Anaga, José María Alberto Melián, considera que lo mínimo que se debería exigir es que este edificio sea tratado como el bien histórico que es. Piden desde este colectivo que se lleve a cabo su adecentamiento e incluso no creen descabellado que se le pueda otorgar algún tipo de uso, cultural o relacionado con el turismo rural.

Especialmente durante el verano es normal que grupos importantes de excursionistas utilicen estos senderos para llegar al semáforo. Por ello, no es disparatado pedir que se convierta en una especie de hotel. El semáforo ha caído en la decadencia más absoluta hace ya tres décadas y apenas es utilizado hoy en día como pintoresca parada de los excursionistas que siguen de camino hacia Antequera. Muy lejos quedan ya los tiempos en los que los caminantes se quedaban aquí por la noche. En la actualidad hasta el antiguo pozo aparece lleno de basuras.

Mástil
Otro símbolo de la clara decadencia de este lugar es el destrozo que ha sufrido el mástil donde se situaba un pararrayos formado en su momento por un palo de 16 metros de alto y la cruceta de doce donde se colocaban las banderas de señales. Ninguno de los dos pudo aguantar la fuerza de los últimos temporales.

En algunas ocasiones la situación de este edificio ha sido denunciada en el Tagoror de Anaga pero sin mayores repercusiones. La asociación de vecinos hizo también en su momento indagaciones para conocer la titularidad del inmueble. Lo cierto es que nadie contestó. Lo único cierto es que el inmueble pertenece al Estado y por si fuera poco se enmarca dentro del dominio público marítimo terrestre, con lo que su uso está doblemente condicionado. Los vecinos de Igueste lo único que piden es que se le otorgue a este trozo de su memoria colectiva el trato que se merece. El Semáforo vino a sustituir a la anterior Atalaya y se situó a más de mil metros de la última y a unos 220 metros sobre el nivel del mar, más concretamente en La Tablada de la Mesa. La instalación pasó por dos etapas, la primera desde 1886 a 1890 con la compañía privada inglesa Bruce, Hamilton and C, representante de Lloyd de Londres y con amplios intereses económicos en el puerto de Santa Cruz, que instaló un semáforo particular con un costo de 10.506 reales. Las precarias instalaciones fueron transportadas en caballos. El primitivo Semáforo entró en servicio el 20 de noviembre de 1886.

La segunda etapa, según el libro Igueste Un rincón de Anaga, editado por el Ayuntamiento en el año 1994, surge a partir de la fecha en la que el Estado se encarga de esta actividad. Concretamente el 4 de diciembre de 1895, el nuevo Semáforo comenzó a funcionar. La construcción se levanta sobre unos terrenos cedidos por vecinos del pueblo. Tiene la típica imagen de las obras civiles de aquellos tiempos. Tal vez no guarde demasiado interés arquitectónico, lo que no quiere decir que deba estar condenada a la actual destrucción.
El interior del edificio está dividido en tres viviendas, cada una para distintos grupos de oficiales. El observatorio o salón-despacho contaba con los aparatos para el servicio meteorológico, a través del sistema morse de 18 pilas que funcionó hasta la década de los años cincuenta, momento en el que comenzó a funcionar el teléfono.

En el exterior del edificio se conservan dos aljibes, hoy totalmente destrozadas. Estos pozos se nutrían de agua de las lluvias por lo que era necesario echarles cal para que pudieran ser consumidas. También había un horno para hacer pan. El Semáforo, en el momento de mayor uso, contaba con vigilancia controlada por personal especializado de la Comandancia de marina.

De hecho, al principio el responsable de estas labores debía tener grado de capitán de barco, pero más tarde se acabaron relajando las normas. Bastaba con haber realizado un curso de dos años de especialización en sistema de morse y código de banderas, electricidad y meteorología. El trabajo consistía en informar y dirigir la navegación nacional e internacional de las embarcaciones que de forma ininterrumpida surcaban estas aguas por medio de banderas y gallardetes. Los vigilantes tenían que enviar informes meteorológicos y del estado de la mar en clave o por teléfono a San Fernando de Maspalomas, en el sur de Gran Canaria. En los años cuarenta, las labores se extendieron también a la vigilancia del contrabando de las llamadas lanchas rápidas procedentes de África. El servicio era semanal y trabajaban tres funcionarios con jornadas de siete días, excepto en verano que eran de un mes. Algunos de ellos pasaron luego a vivir con sus familias a Igueste. El suministro se realizaba por teléfono y lo subían las mandaderas que eran vecinas de Igueste. Hubo algunos vigilantes del pueblo, pero la mayoría eran peninsulares

El edificio experimentó varias reformas a lo largo de su vida útil, para realizar estas obras los materiales fueron cargados por camellos. El primero de noviembre, coincidiendo con el día de los Santos Inocentes, era una costumbre que los niños subieran para que conocieran las instalaciones. Pero también los mayores ascendían esta escarpada cuesta durante casi una hora de vez en cuando para que los marineros les enseñaran a escribir y leer.

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