26 de julio de 2010
26.07.2010
Santa Cruz

Un centenar de vendedores del rastro carece de licencia

La alta tasa de paro y la quiebra de muchos pequeños comercios ha multiplicado desde hace dos años la presencia de estos vendedores en el mercado dominical

26.07.2010 | 13:58
Varios transeúntes observan uno de los puestos instalados en el rastro.

Cerca de un centenar de puestos sin licencia venden al público cada domingo en el rastro dominical de Santa Cruz. Son al menos 98 de los más de 700 puestos que conforman el mercadillo. El incremento de la tasa de paro en la ciudad y en los municipios cercanos desde los primeros albores de la crisis económica, la quiebra de muchos pequeños comercios y la escasa cuantía de las pensiones y subsidios estatales ha multiplicado la presencia de los puestos que ofrecen su mercancía sin contar con los pertinentes permisos municipales en las calles aledañas a la rambla Azul.

Según afirma la presidenta de la Asociación del rastro, Carmen Tejera, la virulencia de la actual recesión ha empujado a muchos a lanzarse a la calle para buscar ingresos que les permitan cubrir las necesidades del día a día o abonar las facturas. Tejera señala además que este grupo de vendedores ocasionales presenta características muy diversas. Parados de larga duración, jóvenes estudiantes, pensionistas y empresarios con poca fortuna que, después de echar el cierre a sus tiendas, continúan vendiendo las últimas mercancías de sus negocios, integran un colectivo que cada domingo se instala en busca de ingresos económicos.

"Ninguno de ellos hace aquí negocio. Tan sólo tratan de conseguir algo de dinero para seguir adelante", comenta la presidenta.
Tejera afirma asimismo que, pese a carecer de las licencias necesarias para la venta ambulante, no tiene legitimidad para rechazar su presencia". ¿Cómo voy a decirle que no a un padre de familia en paro que viene a vender sus cosas para llenar la nevera o para pagar los recibos de la luz?", señala para segundos después subrayar que su presencia, a pesar de la falta de permisos, se encuentra "perfectamente regulada y organizada".

De velar por ello se encarga Montse Melián, la delegada de la asociación para este colectivo. Cada domingo controla la ubicación de los puestos y registra por escrito la documentación de sus vendedores. Este "férreo" control le permite, según explica, evitar conflictos entre los propios mercaderes, erradicar la venta de objetos robados y minimizar las posibles molestias a los vecinos de esta céntrica zona.

En su opinión, el rastro ofrece el colchón que muchos ciudadanos necesitan en esta época de estrecheces económicas. "De los 98 personas en esta situación que hay actualmente, únicamente tres tienen trabajo", afirma para posteriormente añadir que durante los meses de septiembre y octubre este colectivo continuará creciendo gracias a la incorporación de varias asociaciones vecinales y organizaciones no gubernamentales.

Melián, por otra parte, considera que las críticas vertidas por Fedeco al rastro durante las últimas semanas carecen de sentido. A su juicio, estos pequeños puestos no ejercen una competencia desleal al comercio tradicional. "Fedeco debería saber que aquí nadie gana dinero.
Sólo hacen lo que pueden para sacar unos pocos euros para continuar con su vida", manifiesta.

En esta misma línea se expresan la inmensa mayoría de miembros de este colectivo. Ruyman Santos, de 29 años y parado desde hace más de dos, admite que sin los 200 ó 300 euros que consigue cada mes de sus ventas en el rastro no podría cubrir sus necesidades más básicas. "¿Qué pretenden que haga?. Si no vendo me muero de hambre". Por su parte, la madrileña Almudena González afirma que su puesto de los domingos es la única oportunidad que tiene para recuperar parte de lo invertido en la bisutería que regentaba.

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