05 de agosto de 2018
05.08.2018
Vuelta al mundo con la opinión de tenerife América (XXXVI)

Bolivia, el tesoro escondido de América

Custodiado por los Andes, la Amazonia y los Llanos de Moxos y El Chaco, es un país por descubrir con una naturaleza rica y fascinante

04.08.2018 | 23:53
Bolivia, el tesoro escondido de América

En el corazón de Sudamérica se encuentra un tesoro escondido, custodiado por la cordillera de los Andes, el Antiplano, la frondosa Amazonia y los Llanos de Moxos y El Chaco, que le dotan de una exquisita riqueza natural y le sirven para ser distinguido como uno de los países con mayor biodiversidad del mundo. Limítrofe con Argentina, Paraguay, Chile, Perú y Brasil, Bolivia lucha por volver a tener apertura al mar que favorezca el progreso económico de este estado plurinacional.

Podría decirse que en ocasiones es el gran olvidado, seguramente, motivado por tener que combatir con la potencia financiera, la capacidad propagandística y las altas inversiones de sus países vecinos, que incluso llegan a confundir a algunos turistas sobre las localizaciones en territorio foráneo de algunas de sus joyas naturales más significativas. Bolivia no suele encabezar la lista de destinos deseados para muchos viajeros, ni suele entrar en las quinielas cuando se traza una ruta combinada por América del Sur, a pesar de tener una plaza en el podio de las regiones más seguras de Latinoamérica. Quise descubrirla y constatar que, sin duda, es un auténtico error no visitar esta región cuando se cruza el charco en busca de historias, cultura, tradición, gastronomía y aventura en esta región andina. En colaboración con el Viceministerio de Turismo de Bolivia pude disfrutar de una ruta exprés por algunas de sus principales ciudades, sus pueblos del interior con mucho encanto y deleitarme con sus espectaculares maravillas naturales que conforman escenarios únicos en el mundo.

La ciudad más alta del mundo

Aunque la capital histórica de Bolivia es Sucre, la ciudad de La Paz -a un promedio de 3.650 metros de altura sobre el nivel del mar- es la urbe más desarrollada de este país sudamericano, siendo el escenario escogido para la sede del Gobierno y otras instituciones gubernamentales, así como las grandes empresas que conforman el motor financiero. Allí comencé mi aventura por Bolivia. Debido a su altura, que la coloca como la metrópoli y capital administrativa más alta del mundo, sus cerca de un millón de habitantes -tercera ciudad más poblada de Bolivia- se mueven a través de una red de teleféricos que permite combatir los grandes desniveles entre diferentes rincones de la ciudad. A diferencia de los locales, la mayoría de turistas no están habituados a estas alturas, por lo que es habitual el consumo de hojas de coca, ya sea a modo de infusión, en caramelos o directamente mordiendo la hoja con un catalizador, lo que favorece que se combata el malestar del mal de altura, que es debido a la falta de oxígeno en estas cotas.

La Feria de la Alasita

En mi paso por La Paz disfruté de una de sus fiestas más relevantes, la Feria de la Alasita. Se trata de una feria artesanal que reúne a más de 5.000 artesanos y miles de asistentes, en la que se vende todo tipo de miniaturas con la finalidad ritual de que sirvan como escenificación de las peticiones que deseamos se hagan realidad. El Ekeko es el objeto principal de la feria. Es una deidad de los indígenas aymara que habituaban esta zona y que hace referencia a la abundancia. En esta feria, que recibió la distinción de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, se suelen comprar réplicas en miniatura de casas, coches, pasaportes, diplomas, carnets o títulos como objetivos a conseguir con el esfuerzo durante el año, así como un gallo o gallina que escenifica la búsqueda de una pareja. Como no, también se compran figuras en busca del regalo de convertirse en padres. Esta feria, rodeada de misticismo, creencias y devoción, combina las tradiciones ascentrales con el catolicismo, siendo habitual ver cómo una misma persona lleva sus miniaturas a diferentes chamanes y, posteriormente, a las puertas de los centros religiosos para ser bendecidas. Una manifestación cultural de incalculable valor.

A pocos metros de la plaza se encuentra el hotel Presidente, un alojamiento con todo lujo de servicios que sirve como referente de la gran capacidad hotelera de Bolivia, como también pude comprobar en el resto del país, y que además alberga Urban Rush, una actividad para los más aventureros en la que puedes descender el edificio colgado de un cable como si de Spiderman se tratase.

El lago Titicaca

Aunque ya lo había visitado en mi visita a Perú, concretamente desde Puno, quise hacer justicia y recordar que el lago Titicaca también pertenece a Bolivia. Concretamente 3.790 kilómetros cuadrados están en territorio boliviano, suponiendo el 44% de su extensión. Además, visitar el lago navegable más alto del mundo, que se erige en el centro del antiplano andino de los Andes centrales, siempre es un regalo para la vista. En esta ocasión, además, tuve la oportunidad de conocer a una familia aymara que mantiene fiel su tradición, de generación en generación, de fabricar las balsas de totora que permitieron al hombre andino navegar en el lago desde épocas remotas y que fueron usadas por el expedicionario noruego Thor Heyerdahl en 1970 para demostrar la posibilidad de que los antiguos pueblos de África podrían haber llegado hasta América.

La expedición de Heyerdahl

Si en 1969 su intento fracasó con las embarcaciones realizadas por especialistas originarios de las orillas del lago africano Chad, las de totora, realizadas por el pueblo aymara de las costas bolivianas del Titicaca siguiendo los pasos -y secretos-de la construcción de estas embarcaciones, sí sirvieron para en su segundo intento alcanzar, tras 57 días y casi 6.000 kilómetros, las costas de Islas Barbados, confirmando esta posibilidad de contactos trasatlánticos. Mi sorpresa y alegría fue comprobar cómo estos artesanos habían visitado Tenerife, en su tarea de reconstruir los ejemplares que disponemos en nuestra Isla y que sufrieron daños cuando la tormenta tropical Delta. Reconocer Güímar, donde tantos veranos pasé, entre las fotos que me enseñaban con una desbordante alegría me teletransportó a casa durante minutos. ¡Qué bonito es viajar y compartir!

En Cochabamba se come ¡Y cómo se come! Podría ser el mejor lema para destacar esta ciudad que posee un puesto ambulante en cada esquina con diferentes recetas y ofertas que deleitar a tu paladar. Su Cristo de la Concordia, con sus 34,20 metros -más alta que la del Cristo Redentor de Río de Janeiro- es el principal testigo de cómo sus habitantes han aprovechado las bonanzas de las tierras fértiles del valle para ponerlas sobre el plato y hacer las delicias de todos los amantes de la buena gastronomía y de aquellos devotos que están de paso porque acuden a visitar a la Virgen de la Urkupiña, en la vecina Quillacollo.

Comer en Cochabamba

Y si en Cochabamba se come, en Sucre se descubre la historia de Bolivia. Pasear por sus calles, visitar sus museos, disfrutar de su arquitectura colonial y escuchar las historias de los paisanos, a los que les han transmitido tras el paso de los años cómo esta ciudad tenía autonomía propia con respecto al imperio inca antes de la llegada de los españoles, siendo el lugar escogido para fundar la Audiencia de Charcas y posteriormente la República de Bolivia. Su historia, su arquitectura y la majestuosidad de sus edificaciones bien merecen que se le haya designado Ciudad Patrimonio Histórico de la Humanidad por la Unesco en 1991. En mi paso hacia el sur, también hice una parada en Potosí, famosa por poseer la mina de plata más alta del mundo desde el siglo XVI hasta mediados del siglo XVII. En la segunda ciudad más alta del mundo -después de El Alto, también en Bolivia- se rinde un homenaje a los mineros que se jugaban la vida durante esa fiebre por la plata, celebrando un carnaval minero, en el que no cesa la diversión y en donde es normal acabar completamente bañado en espuma. Lo comprobé. Y cómo me divertí.

Y gracias a la inestimable colaboración de la empresa Turismo Senda Andina pude llegar hasta Uyuni y descubrir uno de esos lugares que tenía en mi lista de preferencias a visitar: el salar de Uyuni. Por su cercanía con Chile y uno de los focos turísticos chilenos, como es San Pedro de Atacama, es habitual que erróneamente -debido a las fuertes inversiones promocionales de las empresas chilenas en promocionar esta excursión desde su territorio fronterizo- se sitúe este lugar de ensueño en Chile. Pero no, el mayor desierto de sal continuo y alto del mundo extiende sus 10.582 kilómetros cuadrados a 3.650 metros sobre el nivel del mal en territorio boliviano.

La mayor reserva de litio

Visitar la mayor reserva de litio del mundo es una experiencia de las que dejan huella en la vida y es que se pierde el horizonte ante la inmensidad del blanco. Según la época del año, son muchos los juegos que se realizan utilizando las perspectivas; o tras las época de lluvias, con los reflejos que se genera con la fina lámina de agua que cubre el inconmensurable salar. Parece como si el cielo y la tierra se uniesen. Parece que estás en otro planeta. Parece magia, pero es otro regalo de la naturaleza, que es referencia hasta adornando la Tierra en una vista desde el espacio. Es uno de esos imperdibles que cualquier viajero debería visitar al menos una vez en su vida y es normal, que las horas parezcan segundos mientras desgastas el sensor de la cámara a base de inmortalizar momentos. Un almuerzo en ese paraje único fue la guinda a una visita que terminaba mientras echabas la vista atrás o aprovechabas los retrovisores del coche, mientras deseas volver, en otra época del año, en una noche estrellada, en una tarde con un atardecer memorable o, simplemente, volver a repetir en las mismas condiciones.

La visita ya había merecido la pena. Entre su exquisita gastronomía, su gente de eternas sonrisas, su rica historia y su belleza natural, pero un último regalo me ofreció este país andino. Las joyas del antiplano sirvieron para constatar más aún sus contrastes. Del día soleado en el salar pasé a una nevada épica que cubrió de blanco las llanuras, su mítico árbol de piedra y se combinó con el intenso rojo de la Laguna Colorada. Antes de despedirme con sus poderosos géiseres que nos recuerdan, también en Bolivia, la fortaleza de la Madre Tierra. Estoy seguro de que mi relato por este territorio desconocido para muchos les animará a explorar este tesoro andino. No les defraudará. Bolivia, el corazón del sur, te espera.

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