12 de marzo de 2019
12.03.2019
La Ciprea

La iglesia que ríe

11.03.2019 | 23:12
La iglesia que ríe

No creo que Rubén tenga más de cuarenta años. Tampoco importa. Es un cura. Pero no es un cura cualquiera. Es alegre, divertido, humano. Un niño grande que canta canciones de niño invocando a un Dios tan alegre como él. Un Dios sin coronas de espinas, sin sangre, sin cruces a cuestas. Un Dios que reparte panes y peces y risas por doquier. Las beatas crujen en sus asientos. Ya sabemos que las beatas solo creen en un Dios justiciero que se pasa la eternidad castigando a cualquiera que se atreva a desafiarlo. Pero ahora es distinto, ellas no entienden de risas ni de canciones y miran a un lado y a otro de la ermita buscando a alguien que esté de acuerdo con ellas; que este cura está loco, que este cura interrumpe los evangelios para sonreír, hacer un chiste o cantar coplas. ¡Dios Santo! Eso no es un cura, es un demonio enviado a esta tierra para distraernos de los sacrificios y los tormentos a que me debo. Santo, Santo, Santo.

Los golpes de pecho no ahuyentan la alegría de una iglesia llena de flores y luces y niños que corren y saltan por los reclinatorios. Y las campanas las toca una mujer de pelo blanco que solo cree en los ángeles. Y las jaculatorias las repiten muchachos de pantalón vaquero que van con el cura de excursión a las juergas y a los conciertos de rap y de milongas. Y ellas, las otras, las desvergonzadas, lo acompañan al mar a coger lapas y a nadar en lo profundo de un océano que el creador les ha puesto ahí para refrescar sus pechos malheridos y sus desengaños. Y el cura alegre se ríe y les cuenta a los apóstoles que el cree en todo lo posible y ama a la iglesia, pero ama, sobre todo, a los que acuden a él pidiéndole alegría y un poco de esperanza en este mundo tan raro y tan lleno de tristezas.

Que ya está todo muy oscuro y él debe ayudarlos a sobrevivir un día más y a no querer morirse, y a no querer vivir sin la fe perdida. Sin el único hijo. Sin ella. Ay, padre, tiene que ayudarme. Y el cura se ríe y, atropelladamente como parece hacerlo y decirlo todo, le echa unas risas y un cuento estrafalario, una mentira inocente, un chiste antiguo, y luego da unas volteretas a ritmo de una canción de esas que golpean los coches al pasar y te dejan la nuca hirviendo. Y el cura le abraza y le regala unas gominolas de colores de las que guarda en un cajón y reparte a los niños del catecismo como si fueran hostias de comunión diaria.

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