12 de enero de 2019
12.01.2019
RETIRO LO ESCRITO

Un almuerzo con el Gallego

12.01.2019 | 00:42
Un almuerzo con el Gallego

Usted habla de pluralismo como un ingrediente necesario de la democracia. Pero en el fondo lo que me dice es que solo puede haber una democracia. ¿No es un planteamiento muy pluralista, no le parece?

El anciano sonreía amablemente: un esqueleto limpio, pulcro y resistente dentro de una guayabera de un blanco luminoso. Era un cuerpo tan acostumbrado al mundo que parecía poder desconectarse a voluntad del mismo y regresar en cinco años o cinco segundos. Un hombre tan acostumbrado a mandar que podía prescindir de la emisión de cualquier orden. Iban y venían guardaespaldas mulatos, amas con cofia y ojos tristes, camareros uniformados como vicealmirantes arruinados, un par de secretarios susurrantes, pero el anciano no prestaba atención a todos los que se dedicaban a satisfacerlo. El poder era una suave corriente de aire que movía las voluntades en una escenografía perfecta a su alrededor. Bebió un par de sorbos de jugo de papaya.

-Yo creo que no conoce nuestro sistema electoral. Nosotros elegimos nuestro parlamento cada cinco años. Pero para ser elegido candidato (hay dos vías para conseguirlo) no es necesario ser militante del Partido. Es más, a veces no son elegidos candidatos que militan en el Partido. A veces, fíjese usted, gana la candidatura una persona que no es militante del Partido frente a una que sí lo es. No, fuera de Cuba no se conoce de verdad nuestro sistema político. Pero si yo estoy dispuesto a reconocerle que el sistema de su país se basa en principios democráticos, ¿por qué no está usted dispuesto a reconocer que nuestro sistema, aunque con otros mecanismos, se basa también en principios democráticos?

Para el anciano el debate sobre la democracia era una cuestión de educación. Con un poco de educación, caballerosidad y buena voluntad por ambas partes desaparecía cualquier diferencia significativa. Mientras picoteaba algo del almuerzo -un almuerzo espléndido que no le interesó en ningún momento- le recordé la máxima de Fidel en un debate con los estudiantes universitarios de La Habana: "Dentro de la Revolución, todo, fuera de la Revolución, nada". Volvió a sonreír o quizás sonrió más intensamente.

-Para valorar esa frase hay que saber todo lo que ha cabido dentro de la Revolución. Entonces te das cuenta que es un recipiente muy grande donde cabe mucho. Pero mire, hoy hasta hay cubanos que lo ignoran. El tiempo no pasa en balde. Yo sí recuerdo lo que era Cuba antes de la Revolución, pero no tengo mérito. Soy muy viejo.

Habló con meditada tristeza de Manuel Fraga. Mira que perder las elecciones en Galicia. Y por culpa de los votos de los emigrantes, que es lo que más le dolió a presidente de la Xunta. Ah, la democracia a veces era injusta, sin duda. Le dije, mirando una cortina, que Fraga había sido ministro de Franco. Por supuesto, no perdió la sonrisa. En la Revolución cabían todas las respuestas.

-A un hombre no se le juzga por sus primeros veinte años ni por sus últimos veinte años, sino por toda su vida. Don Manuel Fraga ha sido un amigo de mi país.

Hacía mucho calor. A la salida, al lado de una gigantesca ceiba, un moreno gigantesco acariciaba la pistola bajo la chaqueta. Sonrió por enésima vez el anciano. Propuso caminar una cuadra antes de subir al pequeño cacharro que le servía de coche oficial. Terminó el breve paseo y dijo:

-Podíamos regresar a pie desde aquí, desde Miramar, hasta su hotel, sin problemas. No se deje impresionar por la pistola del compañero. No es que no podamos ir andando por razones de seguridad, es que tengo demasiados años para llegar sin problemas.

José Ramón Fernández se apretó contra la ventanilla para dejarme sitio en el carro. En el viaje de regreso pensé que a ese relato mitológico que se llamaba Revolución cubana le pasaba lo mismo que al Gallego Fernández: nadie le amenaza en la calle, pero es ya demasiado vieja para llegar a ningún lado.

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