11 de enero de 2019
11.01.2019
RETIRO LO ESCRITO

El paraíso perdido

11.01.2019 | 00:26
El paraíso perdido

El Fiscal Superior de Canarias, Vicente Garrido, ha informado del aumento de los casos de acoso escolar y de abusos sexuales a menores en las islas. Es una tendencia creciente y sostenida, al menos, a lo largo de la última década. Necesitamos análisis de psicólogos, psicólogos sociales, pedagogos y sociólogos sobre nuestras realidades concretas, pero si cometo el error de remontar mi memoria escolar me sorprendo de mi propia sorpresa. Seguramente a ustedes les ocurre lo mismo. Mis colegios no eran centros abiertos en zonas suburbiales ni marginales. Fueron centros casi siempre públicos y a veces concertados de clase media y clase media baja: vulgares, anodinos, superficialmente tranquilos. Pero bajo el horizonte de las maletas escolares y la disciplina de los horarios se vivía cotidianamente una guerra civil con sus héroes y sus traidores, sus víctimas y sus verdugos, su código de honor y sus castigos punitivos, su jerarquía y sus taxonomías. El Gordo, el Gafotas, el Empollón, el Capitán, el Rober, el Mariquita, los Colegas, los Pibes del Fondo. Era una curiosa realidad paralela en la que los adultos apenas asomaban las narices: la nuestra, que hervía de expectativas, miedos, anhelos, venganzas, risas, mocos y un obligatorio -siempre- afán abusador. Contra el débil, el temeroso, el tartaja, el de los piojos, el distinto. Un mundo áspero: si alguna vez empezabas a aficionarte a la lectura te quedabas solo y eras expulsado para exiliarte entre los empollones, una raza abominable que te producía arcadas y que te correspondía con un simétrico desprecio.

Para muchos niños las clases y las notas eran epifenómenos casi triviales: la realidad lo que se cocía en nuestro propio mundo de partidos de fútbol, intercambios de cromos y boliches, torneos de escupitajos, ritos de iniciación sexual, pequeñas brutalidades, bromas ligeras o repulsivas, burlas fugaces o crueles. Un lenguaje propio que limitaba nuestro mundo y sus valores. Al Gafotas lo atormentamos durante dos o tres cursos, lo que incluyó, por supuesto, aplastarle un par de gafas. Tuve mucha suerte: cuatro o cinco meses después me prescribieron anteojos pero el martirio ya estaba asignado. ¿Y al hermano de Susi? Fue siempre el hermano de Susi, a la que pillaron en el baño de chicos, enseñando al Rober lo que no debía: se le humillaba a diario recordándoselo, simplemente recordándoselo, jamás su nombre, siempre el hermano de Susi, hasta que un día intentó abofetear a Rober y Rober le propinó una paliza tan rotunda, tan artesanalmente conseguida, que se comentó con admiración, incluso, en cursos superiores. Nunca dijo nada a los padres. Solo los chivatos comentaban esas cosas a los padres, los abuelos o los hermanos mayores.

Esa extraña idea de que la infancia es un paraíso perdido. Y la más extraña todavía de que todo el mundo, por su mera capacidad reproductora, puede ser y sin duda será un buen padre o una madre ejemplar. Cualquiera puede verlo, por supuesto. Por ejemplo, en los partidos de fútbol que juegan niños y adolescentes en campos de toda Tenerife y de toda Canarias. Imagínense ustedes este hermoso paraíso perdido con redes sociales y una oferta ilimitada de webs de sexo y violencia. Imagínense profesores desilusionados pero altamente burocratizados sumergidos hasta el cuello en la desidia y el papeleo. Y a un puñado de fiscales y secretarios hundidos hasta el cuello en océanos de denuncias, expedientes, pruebas periciales, investigaciones. Pues aquí estamos. Suerte tienen si el Rober no le ha dado una paliza.

www.alfonsogonzalezjerez.com

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