04 de diciembre de 2018
04.12.2018
La Ciprea

Los pederastas

04.12.2018 | 00:37
Los pederastas

Agazapados en sus cubiles como alimañas esperando la ocasión de arrojarse sobre sus presas. Así son los que violan a los más pequeños, los que buscan satisfacer sus instintos con criaturas que ni saben ni entienden, solo sufren. Sufrir es decir poco y decirlo mal. Sufrir es una palabra diminuta para explicar lo que puede sentir un niño o una niña a los cinco o seis años cuando un adulto hace uso de sus cuerpos para sentir placer o desahogarse sexualmente sin importarle el llanto y el dolor de quien tiene entre sus manos. No es locura transitoria, no se engañen. Es deseo sin control, deseo duro y egoísta que no para hasta conseguir lo que desea. Y así los ves, arrastrándose por las sillas de los bares observando a los niños que pasan por su lado, recrearse en las piernas abiertas de una niña en la plaza o mirando los cuerpecillos de los muchachos detrás de una pelota en un parque donde se han sentado a esperar un descuido de la presa para acercarse a ella y llevársela a una esquina donde les ha prometido un refresco y unas chucherías para luego meterles mano o hacer que se la metan.

Los conozco, sé dónde se sientan y sé que ellos saben que yo lo sé y se perturban al verme y bajan los ojos y yo les digo adiós, siempre retadora, a ver si son capaces de mover un solo dedo sobre los chiquillos que en ese momento cruzan la calle delante de sus narices dilatadas, sus babas malolientes y sus barrigas sudorosas. Los detecto observando de reojo los movimientos inocentes de esa niña que revolotea delante de una mesa y cuando el tipo de mierda enciende su puro y entrecierra los párpados sé que la está mirando, que no la pierde de vista imaginando todas las asquerosas maniobras de su maldito cerebro. Lo sé. Y reconozco esos gestos, el olor hediondo de ese animal en celo, la contracción involuntaria de sus dedos buscando el lugar sonrosado de la niña.

Ellos notan que alguien los observa y sonríen y son capaces de decirle algo aparentemente tierno a esos pequeños mientras guardan sus pezuñas en los bolsillos de la chaqueta y luego vuelven la cabeza para que no sigas leyendo sus pensamientos porque las bestias perciben que tú has detectado lo que son y lo que pretenden. Que tú sabes cómo trafican con las fotos de sus sobrinas, sus nietas, sus hijos menores, los hijos menores de sus amigos, sus propios hijos. Ellos saben que tú sabes quiénes son y a qué se dedican durante horas de vigilia deseando esos cuerpecillos y, si es posible, alcanzarlos y destruirlos para siempre. Todos lo saben. Pero todos callan.

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