11 de septiembre de 2018
11.09.2018
La Ciprea

Los videojuegos

11.09.2018 | 00:17
Los videojuegos

Hace muchos años vi una película basada en una canción de Pink Floyd. The Wall, el muro. Había una escena en la que una larga fila de niños caminaba al ritmo de esa canción y caía dentro de una enorme máquina de picar carne. Nunca he conseguido apartar de mi mente esa secuencia que vuelve a mí cada vez que leo o escucho algo que tiene que ver con una educación perversa compuesta por determinadas disciplinas encaminadas a convertirnos en seres humanos mansos y tristes conducidos por maestros especializados en el arte de la manipulación al servicio de gobernantes infames que a su vez están al servicio de grandes empresas que ganan más si todos visten como ellas imponen; comen lo que ellas venden y juegan con lo que ellas producen.

¿Se han fijado alguna vez en esas pequeñas criaturas camino de la escuela cargadas con enormes mochilas adornadas con animales y personajes de series creadas para que piensen y deseen lo mismo? ¿Se han dado cuenta de esas madres primerizas comprando las mismas marcas de alimentos creados expresamente para ellos? Yo sí. Y no las juzgo por ello. Pienso que siempre fue así. Que estas nuevas generaciones no van a librarse de lo que durante años ha sido el poder del mercado. Pero también creo que debemos saberlo, hacérselo ver, enseñarles a luchar contra tanta ignominia. Y, sobre todo, enseñarles a defenderse y no permitir que hagan de sus hijos carne picada. Y carne picada serán si no paran esa rueda del consumo dirigida a convertirlos en autómatas sin pensamientos propios, sin ideas propias, sin criterios propios; obedientes a las consignas que les inculcan a través de las nuevas tecnologías al servicio de las grandes multinacionales. Ellas mandan. Nuestros hijos consumen lo que ellas ordenan, y nosotros les pagamos para que los conviertan en esclavos.

Las últimas noticias sobre la conveniencia o no del uso de móviles en los centros de enseñanza es un grito de alarma. Algunos países han prohibido su empleo a los alumnos. Nosotros, en estos momentos, estamos todavía discutiendo sobre la conveniencia o no de incorporar videojuegos en las aulas. Ya fue un escándalo la entrada de ordenadores en la escuela, la tecnología invasiva, la llegada al ciberespacio de las cátedras. ¿Para qué? ¿Para embolsar millones de euros en las cuentas de determinadas compañías que nos venden la moto de la conveniencia de "jugar" al fútbol delante de una pantalla? Seamos serios. Seamos, moralmente, dignos de ser humanos, inteligentes y libres. Jugar es otra cosa. Jugar al fútbol es correr detrás de un balón hasta desollarnos las rodillas. Jugar, como pensar, debe ser un acto voluntario, independiente y libre, sin coacciones de una pantalla "impuesta" deliberadamente delante de nuestras narices.

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