11 de julio de 2018
11.07.2018
OBSERVATORIO

Hombres que matan mujeres

11.07.2018 | 01:17
Hombres que matan mujeres

Bertrand Cantat, exlíder del grupo Noir Désir y condenado por haber asesinado a golpes a su pareja, la actriz francesa Marie Tintignant, ha tenido que suspender los últimos conciertos de su primera gira en solitario. La gira, que fue anunciada con todo lujo de detalles en la portada de la revista musical Les Inrocks, generó una suerte de debate, aún no concluido, a favor o en contra de la reinserción del cantante, después de que haya cumplido sólo cuatro de los ocho años de cárcel a los que se le condenó. A mi entender, los términos de la polémica no son del todo acertados y por eso he querido tomarme un tiempo para escribir sobre ello. Precisamente Cantat, en una de las canciones del álbum Amor fati, grabado en 2017 y base de sus últimas actuaciones, increpa a ese público que le critica su vuelta a escena y todavía tiene el descaro de preguntarles qué saben ellos de su vida y de su pena. Y es que, a pesar de la omertà que existe en su entorno, se sabe y mucho.

Por si alguien no lo recuerda, el asesinato de Marie Trintignant conmovió a toda Francia. Marie murió en julio de 2003 a consecuencia de la brutal paliza que le propinó el cantante. Ocurrió en Vilnius (Lituania), durante el rodaje de la película Colette a las órdenes de su madre, la directora de cine Nadine Trintignant. Nadine notaba a su hija inquieta y atormentada pero no podía imaginar que estuviera pasando por una situación de malos tratos. Y no podía imaginarlo por el ambiente liberal y de élite cultural en el que la familia Trintignant había educado a su hija. Pero Marie no habló jamás, no dijo nunca que la golpeaban y la humillaban porque, como todas las mujeres maltratadas, sentía vergüenza y miedo por las represalias que pudiera sufrir. Su asesino la mató a puñetazos con una violencia comparable a la fuerza de una moto lanzada a doscientos kilómetros por hora contra un muro.

Una vez conocido, el suceso contribuyó a deshacer tópicos, pues hizo evidente que las mujeres que sufren violencia de género no pertenecen necesariamente a una clase social desprotegida, ni que sus asesinos lo sean por estar en riesgo de exclusión social. Los maltratadores son hombres que han recibido una educación en la que mujer es considerada un objeto, a menudo han sido ellos mismos maltratados o han presenciado los golpes y humillaciones que sus padres infligían a su madre y hermanas. Son hombres que creen que la identidad masculina se relaciona con el sometimiento de la mujer y la violencia les hace sentirse más hombres. Sin embargo, no hay perfil definido de agresor. Hay hombres que no parece que sean maltratadores, ya que viven camuflados social y económicamente por el silencio de sus víctimas. Sucede así porque, sin haber parangón alguno, el prestigio social suele asociarse al prestigio humano. En definitiva, los agresores pueden ser de cualquier edad y nacionalidad, de cualquier credo religioso e ideas políticas, de cualquier profesión y nivel cultural.

Volviendo al debate que ha dividido la opinión pública en Francia y que plantea el derecho o no de volver a cantar de Bertrand Cantat, después de que se haya convertido en todo un símbolo de la violencia machista, considero que el desacierto ha estado en el tratamiento mediático que ha recibido. Para comprenderlo hay que tener en cuenta que solo desde hace muy poco el periodismo ha considerado noticia la violencia contra las mujeres. Antes no se hablaba de la "violencia de género", no sólo porque faltara el concepto sino porque se admitía como normal la situación establecida de dominio del hombre sobre la mujer. Desde esa perspectiva, la lesiones, los golpes y las amenazas eran consideradas desgracias que les ocurrían a aquellas mujeres rebeldes que no querían adaptarse a ese desequilibrio de poder institucionalizado. Por ello las actuaciones sociales que se planteaban eran de tipo de reeducación de la mujer para que volviera por el buen camino, igual que se hacía con un delincuente o con un drogadicto. Antaño, la conducta desviada, socialmente hablando, no la tenía el agresor sino la mujer que, como oveja descarriada se había separado del sendero y debía volver al redil.

Pero esta situación ha cambiado legalmente y lo que antes era considerado normal, ahora es perseguido jurídicamente porque las agresiones sexistas se entienden como conductas delictivas, que es lo que realmente son. Acorde a esto, los medios de comunicación que tienen el compromiso de informar, han de seguir un código deontológico para tratar las noticias relativas a la violencia contra las mujeres. De tal modo que el tratamiento periodístico de la violencia de género exige una serie de recomendaciones para presentar estas noticias en prensa, en los programas informativos y de entretenimiento ya sean realities o talk shows. La iniciativa partió de la Red Europea de Mujeres Periodistas, que en el año 2000, a través del programa europeo Daphne, presentó una guía de buenas prácticas para periodistas. Esta guía fue consensuada por la misma profesión periodística y algunos de los principios básicos que propone, entre otros, son distinguir claramente entre víctima y agresor identificando la figura del agresor y respetando la dignidad y no culpabilidad de la víctima, y no frivolizar ni banalizar la violencia contra las mujeres (física, psicológica, sexual y estructural).

Ambos principios no se han tenido en cuenta en el caso de Cantat y Trintignat. En primer lugar, porque en la entrevista que le hizo la revista Inrocks, que además le dedicó la portada, se presenta al cantante como si él fuera la víctima en vez del agresor. En segundo lugar, porque se banaliza la violencia que Marie Trintignat recibió como si la hubiera merecido por haber tenido una vida poco convencional. Solo así se comprende que una parte de la opinión pública contribuya a revictimizarla, llegando incluso a calificarla de "puta sale". Los mismos seguidores del cantante no entienden el revuelo generado por las protestas feministas que han criticado esa falta de respeto y aplaudido la cancelación de varios de sus conciertos en los festivales de verano. Por si esto fuera poco, en la actualidad pende sobre el cantante la sospecha de cierto nivel de participación en el supuesto suicidio de su exmujer Kisztina Rady, ocurrido en 2010, motivo por el que la fiscalía de Burdeos ha reabierto el expediente y se dispone a revisarlo.

Por todo ello, considero que la sociedad no puede aceptar como referente e ídolo de masas a alguien que tiene las manos manchadas de sangre. Erróneamente, durante mucho tiempo, la violencia contra las mujeres se situó en la esfera privada y se desligó de cualquier posible responsabilidad social. Ahora, cuando la violencia de género es un problema de Estado y de salud pública, ya no cabe ningún tipo de complicidad con los hombres que matan a mujeres. En plena época de #MeToo, una sociedad crítica ha de alzar la voz ante cualquier descomposición de los valores humanos puesto que, como se señala en el punto 2 del decálogo deontológico citado antes, los medios de comunicación han de tratar la violencia de género como una violación de los derechos humanos y un atentado contra la dignidad y la libertad de las personas.

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