10 de julio de 2018
10.07.2018
La Ciprea

No me revuelvas

09.07.2018 | 23:44
No me revuelvas

Se decía antes cuando algo te asqueaba, te levantaba las tripas o te causaba un malestar parecido a la náusea. Te revolvías cuando te mareabas en el coche, cuando alguien decía algo que te parecía estúpido o desagradable. "No me revuelvas" repetías cuando se dirigían a ti para contarte un chisme que te producía cierto rechazo. "No me revuelvas" volvías a repetir, como si quien te lo contara fuera el autor de los hechos. Es un guiño, una complicidad más. Es esperar que el otro se revuelva contigo. Son pequeñas cosas, lo reconozco; son escenas, comportamientos, posturas, lecciones, frases. Son un cúmulo de actitudes sociales, políticas y culturales, incluso del día a día, que quizá pasan desapercibidas, pero que de repente cobran un valor desmesurado e inquietante según el cómo y el cuándo. Una manera, como otra cualquiera, de enjuiciar el mundo que nos rodea.

Hay casos concretos y cada uno se revuelve por distintos motivos. A mí, por ejemplo, me revuelven los que van con la gorra al revés de noche y de día, da igual que sea para ir al futbol, a la playa o a misa, incluso se sientan a tu mesa con la dichosa gorrita sin el más mínimo gesto de ahora me la quito que vamos a comer. Me revuelve la gente que habla con la boca llena, los que van a un concierto y corean la canción y el estribillo y no te dejan escuchar la voz original, los que cuentan chistes verdes, los que opinan sobre lo divino y lo humano y se saben de memoria la enciclopedia y el vademécum razones suficientes para aclararte cualquier duda incluidas todas tus enfermedades por lo que te recetan medicamentos sin cesar.

Me revuelve el que protesta constantemente por todo. El que limpia los bordes del vaso cuando va a un restaurante como dando por hecho la suciedad del que sirve. El que se lanza sobre los canapés cuando hay barra libre. El que miente sin cesar. El que escupe al suelo. El que jalea cuando dos se están dando una paliza. La que, sistemáticamente, lleva dos paraguas en el bolso porque cree que eres tonta y siempre te mojas. El que interrumpe cuando están explicando algo interesante para dar su propia conferencia sin comprender que a los demás les importa un rábano lo que dice. Etcétera. La lista es infinita, un número indeterminado de cosas variopintas que demuestran más mis fobias que mis razonamientos, más mis miedos que lo empíricamente demostrable, más mis neurastenias que la maldad ajena. Pero ahí están. Son seres inquietantes de nuestro alrededor que necesito vomitar para quedarme tranquila y sin esos ascos que me acompañan al reconocerlos.

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