01 de julio de 2018
01.07.2018
REflexiones

Meninos

30.06.2018 | 22:38
Meninos

La enseñanza, como cualquier juego, es un cruce de frases. Expresiones que van de un lado al otro, que apenas importan, pero que, en ocasiones, llegan al alma. Tantas horas en el aula me traen a la memoria alguna de esas frases, pronunciadas con desdén, casi al desgaire, sin esperar respuesta o, por el contrario, haciéndola imposible. Son palabras que llenan un espacio y colman una vocación. Por ejemplo, una niña que se acerca tímidamente y, con un hilo de voz, da las gracias por "estar mejorando en español", ya que procede de Angola, donde se habla el portugués, y que el profesor reconozca su esfuerzo y el consecuente progreso en el manejo de nuestra lengua para ella supone una bendición. Como así la tuvo que recibir la muchacha que fue obsequiada con esta otra frase, igualmente gratificante: "Tu pelo es un árbol en el cual se van a enredar las ideas más bonitas". Con diez años, y una cabellera llena de caracoles, particular objeto de observación y burla de los compañeros de clase, esas palabras le tuvieron que sonar como el eco de un coro celestial. Pero, de ese número indeterminado de frases, luce una muy curiosa. Para mí, espejo de una generación. Una alumna de primero de Bachillerato, al verse sorprendida con una fragancia entre sus manos, y poco tiempo antes de la ejecución de un examen, rivaliza con el clásico y provoca la reflexión del docente: "Si no me siento guapa, no puedo estudiar, profe". Como en todas las afirmaciones singulares, siempre hay un fondo de verdad, más allá del tópico.

La enseñanza, que no la educación, tiene estas cosas. Es el regalo diario de la experiencia lo que motiva a uno a seguir y encontrar su destino entre la madeja de sensaciones que orbitan en torno al acto de enseñar al que no sabe, aunque, a veces, más de las que uno quiere reconocer, el que aprende es el profesor. En mi larga brega con la profesión, lo que más he disfrutado es el contacto con ellos, mis alumnos, los auténticos protagonistas de una vida y también, por qué no decirlo, los jueces implacables de un ejercicio. Al terminar cada nuevo curso, les pregunto por lo mejor y lo peor de la asignatura y, llegado el caso, hasta del que les dirige la palabra y les califica. Lo acepto con la mayor humildad, sin rechistar ni buscar excusas, que, en esos momentos, serían tan absurdas como innecesarias. Ellos lo saben y lo saborean hasta el regodeo. Sin embargo, este año me han sorprendido con una frase, una que, al escucharla, era como si sobre mi pecho se suspendiera una condecoración. Un tesoro del que jamás me desprenderé porque es intangible, como lo son los premios del alma. Mil vidas viviera que nunca llegaría a sentir lo que en ese día experimenté. Sabedores de que escribo para los lectores, de que defiendo unas ideas, de que intento honrar un oficio, y sin ignorar que soy radicalmente opuesto al empalago y al falso halago, me sueltan: "Siga así, profe. El problema es que les deja en evidencia". No tuve que preguntar por el quién de su frase. Ellos, como yo, lo sabemos. Esta es la íntima victoria de un docente. Por ellos, siempre por ellos, los meninos, como dice mi pequeña angoleña.

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