14 de junio de 2018
14.06.2018
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La sentimentalización de la política

13.06.2018 | 23:15
La sentimentalización de la política

Me impresionó la reacción defensiva cuando hace unos días los apologistas habituales salieron en tromba a defender a Pablo Iglesias por haber llorado al hablar de Billy El Niño, un sádico policía franquista, en el Congreso de los Diputados. El líder de Podemos exigía que le fuera retirada una condecoración a ese torturador nauseabundo (no creo que ninguna persona decente esté en desacuerdo) y al final derramó un breve riachuelo de lagrimitas. Cuando a algunos les dio por reírse la santa compaña comenzó a repartir palos en las redes sociales. Llorar no era un defecto, sino un mérito, y solo un marichulo despreciable puede ironizar sobre un hombre que llora. Cabe deducir que llorar dos o tres veces al día no solo es fisiológicamente beneficioso, sino una prueba insuperable de sensibilidad moral.

Estará uno anegado por el marichulismo, pero sigo suscribiendo que los hombres no deben llorar. Y las mujeres tampoco. A todos la vida nos deparará momentos singularmente amargos o dolorosos en los que llorar será inevitable. Lloriquear es otra cosa. Lloriquear es encontrar en lo sentimental una excusa para la pantomima o una vía de seducción compasiva. Lloriquearm esa coartada, supone un exhibicionismo mimoso que trivializa el dolor y siempre tiene algo de capricho: las lágrimas saltan al referirse a un torturador franquista, pero no en un discurso sobre los desahuciados, los inmigrantes que se ahogan intentando llegar a Europa o el recorte presupuestario en investigación y desarrollo. Los políticos deberían evitar las lágrimas como los ciudadanos deben evitar las multas. Pero es una demanda de civismo racional y compartido perfectamente inútil.

La compañera de Iglesias en Canarias, Noemí Santana, se pasó un día de trabajo con las kellys, recogiendo habitaciones de hotel y haciendo camas. Es algo similar al lloriqueo discursivo, pero más estudiado y planificado, con una cámara siguiendo los pasos de Santana por todo el hotel, santificando la espectacularización de la política, proyectando la sentimentalización del discurso político como principal recurso retórico y enganche electoral. Lo importante no son los hechos, sino los sentimientos. Lo importante no es compartir un diagnóstico y apoyar soluciones viables, sino ficcionalizar una experiencia, en este caso, la agotadora experiencia de una camarera de piso sometida a sobreexplotación laboral. Hace muchos años los políticos besaban niños en los mítines electorales. Ya no es así. El político (populista) ya no solo habla por ti: siente por tí y siente toda tu vida si hace falta. Y se emociona. Se emociona mucho. Ayer Màxim Huertas estaba muy emocionado al dimitir como ministro de Cultura después de siete días en el cargo. Dimitió -eso dijo- por un ejercicio de transparencia en un encuentro con los periodistas en el que no permitió una sola pregunta. Dimitió para que eludir a la cruel jauría que intenta acabar con el proyecto de Pedro Sánchez que, por cierto, el presidente del Gobierno todavía no ha detallado ni dentro ni fuera de las Cortes. Los cronistas han escrito que Huertas parecía triste y cansado. Seguramente lo sentía. Lo sentía mucho. Hoy lo importante, más que la lucidez, la capacidad o el valor, es sentirlo mucho todo.

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