12 de junio de 2018
12.06.2018
RETIRO LO ESCRITO

El trampolín

12.06.2018 | 00:39
El trampolín

José Miguel Bravo de Laguna siempre ha sido nacionalista. Su nación es pequeñita y redonda, pero no es Gran Canaria, sino él mismo. Bravo de Laguna representa un caso ligeramente fascinante de supervivencia política. En realidad es una figura propia de la transición política, un ucedista enchalecado con ribetes liberaloides que, después de una breve e intensa carrera política en la Villa y Corte, optó por el PP como espacio ideológico natural. A principios de los años noventa lo que sería el PP era, en Canarias, un páramo inhóspito dividido entre facciones insignificantes y Bravo de Laguna fue encargado por Génova -un encargo tutelado por Francisco Álvarez Cascos- para poner orden y concierto. Lo hizo y se benefició en lo político y electoral del resurgir de la derecha supuestamente céntrica, centrista y centrada que representaba el aznarismo: en 1995 el PP pasó de seis a dieciocho diputados en el Parlamento de Canarias. Aznar también le sirvió para pactar: le cedió a CC el Gobierno casi un año, hasta las elecciones generales que ganó el PP en 1996. Como quería evitar quemarse como vicepresidente de Manuel Hermoso -y no se fiaba de sus propias fuerzas para hacer cumplir el pacto- Bravo de Laguna negoció la Presidencia de la Mesa del Parlamento. Es una de las peculiaridades del sistema político canario: durante cuatro años el presidente de la Cámara fue el presidente del partido que cogobernaba la Comunidad autonómica. Le irritaba mucho que se lo recordaran. Como si no fuera un caballero.

Bravo es tan hábil en defender posiciones ya conquistadas o heredadas como víctima de una astucia que se tropieza una y otra vez con los cristales, como un moscardón zumbado. Cuando alguien demostró que podría conseguir votos por su cuenta -José Manuel Soria- a Bravo de Laguna se le derritió el liderazgo como un cucurucho de helado. Lo demás es más reciente y más conocido. Cómo lo repescó Soria, cómo consiguió presidir el Cabildo de Gran Canaria -ciertamente contando con un tránsfuga, pero quién se acuerda ya de un asunto tan irrelevante- cómo descubrió que el insularismo sirve para todos y para todo como ideología primaria y transversal. Gran Canaria era maltratada. Gran Canaria era despreciada. Gran Canaria debería ser redimida. Los maltratadores, por supuesto, eran los gobiernos de CC, que han contado una y otra vez con el apoyo del Partido Popular. Al final, descabalgado finalmente por Soria, al que en la intimidad define como una combinación entre Pol Pot y Magneto, Bravo se montó su propio partidete pleitista y redentorista y, dividiendo el voto del centroderecha, contribuyó al triunfo de la izquierda en el Cabildo de Gran Canaria.

Pues bien: Unidos por Gran Canaria es ya, oficialmente, el partido con el que CC se presentará en coalición electoral en los comicios locales y autonómicos del próximo año. Me gustaría conocer al responsable de haber conocido a los jerifaltes coalicioneros de semejante operación. Es un genio. Unidos por Gran Canaria es una organización minúscula que no está respaldada por ningún proyecto político. Son Bravo de Laguna, su hijo y una docena de cargos públicos. Los pocos ciudadanos grancanarios que votaban CC no lo harán a favor de un señor de derechas que solo lidera su propia supervivencia política. Los grancanarios que votaban a Bravo no lo harán a favor de una fuerza a la que el propio expresidente acusaba de ser la responsable de un intolerable desequilibrio político y presupuestario que desengraba a la isla. CC y Unidos por Gran Canaria se neutralizan mutuamente para alcanzar un consensuado desastre electoral. ¿Y todo esto para qué? En el mejor de los casos, ¿para obtener dos consejeros en el Cabildo Insular? A veces creo que son como los lemmings. Que ansían precipitarse en el abismo de una puñetera vez y, en eso caso, Bravo de Laguna les sirve como trampolín.

www.alfonsogonzalezjerez.com

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine