07 de junio de 2018
07.06.2018
RETIRO LO ESCRITO

La mística de la moción de censura

07.06.2018 | 00:30
La mística de la moción de censura

La mística de la moción de censura se extiende con entusiasmo por las comunidades autónomas. Es asombroso el número de personas que acaba de descubrir que a través de un mecanismo constitucional se puede derribar un Gobierno. En Canarias, desde que CC cometió la torpeza estratégica de optar por gobernar en solitario, la moción de censura se ha convertido en la expresión máxima del postureo democrático-ceremonial. Con lo que está cayendo sobre el Partido Popular, su máximo presidente en Canarias, Asier Antona, advierte que no descarta una moción de censura contra Fernando Clavijo. Lo hace, por supuesto, después de que Podemos anuncie que presentará la suya, olvidando que no cuenta con los suficientes diputados para hacerlo. Si el PNV votó contra Mariano Rajoy pese a bendecir sus presupuestos, ¿por qué el PP de Canarias no puede censurar un Gobierno autonómico cuyas cuentas consensuó hace seis o siete meses?

No habrá moción de censura en Canarias porque para sus impulsores su coste sería mayor que su beneficio. Ni el PP ni Podemos están dispuestos a tolerar un gobierno en solitario del PSC-PSOE. Los conservadores, por lo demás, no comenzarán a diseñar análisis y estrategias -y posteriormente a seleccionar candidatos y urdir listas- en comunidades autónomas y ayuntamientos hasta después del verano, cuando la nueva dirección nacional del PP se haya consolidado y sea plenamente operativa. Montar una moción de confianza entre la derecha posmarianista, los socialdemócratas y los podemitas -con el agregado o no de Nueva Canarias y la muchachada casimirista- para gobernar cinco o seis meses solo contribuiría al descrédito de sus impulsores. Es mucho más rentable, por supuesto, asar al gobierno regional a fuego lento, someterlo a un hostigamiento incansable en el Parlamento y culminar con una negativa unánime a negociar o aprobar los presupuestos generales para 2019, para que Clavijo y los suyos deban presentarse ante las urnas arrastrando unos presupuestos prorrogados y nimbados por una atmósfera de inestabilidad, acorralamiento y cansancio. Se insistirá en excepcionalidades creativas y, por supuesto, en la corrupción política como discurso de desgaste del equipo gubernamental y el partido que lo sustenta.

Por las redes circula viralmente una lista -no conozco exactamente su origen- que supuestamente recoge la relación de políticos tinerfeños "condenados por corrupción". La expresión es ligeramente engañosa: no existe el delito de corrupción política. Precisamente por eso el listado resulta confuso y enredador y no ayuda a dilucidar en absoluto los fenómenos de corrupción política -y las ilegalidades relacionadas con los mismos- que han coagulado en la isla desde 1979, cuando se recuperaron los ayuntamientos y cabildos democráticos, o desde 1983, cuando se celebraron por primera vez elecciones autonómicas en Canarias. En la relación a la que me refiero figuran 30 políticos tinerfeños: 14 socialistas, 12 de CC, 2 del PP y 2 del CCN. Todos relacionados con el gobierno o desgobierno de las corporaciones locales. Los escándalos apuntados responden a una casuística civil y penal amplia, aunque estén mayoritariamente relacionados con la ordenación urbanística y la construcción. En todo caso no son pocos, pero ni están relacionados entre sí organizativa o procedimentalmente ni se han mestastasiado en otras administraciones públicas ni guardan relación -salvo en el caso del Centro Canario de Nacho- con la financiación de las organizaciones políticas. En Canarias, como en España, existen casos de corrupción y corruptelas que no son o suficientemente criticados, aireados o denunciados. Treinta políticos en treinta años no son una multitud, pero son demasiados. No dibuja una corrupción precisamente insignificante, pero tampoco sustancia una institucionalización del mamoneo bajo estilos mafiosos como los organismos internacionales certifican en Grecia, en el Sur de Italia o en la mayoría de Europa del Este.

Fabular (y difundir la fácula) un país víctima de una corrupción universal (pero que, por supuesto, o afecta a mi partido o a mis candidatos) es frivolizar la corrupción, decidirse a no entenderla, simular que se la extermina con discursos asfixiados por la indignación moral. Algo que no compartirá nadie, porque todos tienen sus corruptos favoritos.

www.alfonsogonzalezjerez.com

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook