06 de junio de 2018
06.06.2018
RETIRO LO ESCRITO

Despedida

05.06.2018 | 23:02
Despedida

El discurso de despedida de Mariano Rajoy a sus conmilitones no deja de ser sorprendente. Obviamente no puede encontrarse la esquirla de una explicación sobre los orígenes de la corrupción del Partido Popular según estableció la sentencia de la Audiencia Nacional. Pasó una cosa ahí, en un par de ayuntamientos, hace mucho tiempo, yo qué sé, usted qué me cuenta, oiga, yo estaba a lo mío. Los adioses del expresidente es un texto -facilitado a la prensa con la unción con la que se traslada una reliquia- que condensa maravillosamente la personalidad de Rajoy, y esa personalidad se ha convertido en la esencia metabólica del partido: cinismo camastrón, militante desprecio a la realidad, no correr jamás ni arriesgarse nunca. Se marchará Rajoy, y no habrá marianismo, porque ni siquiera lo hubo sensu stricto con él al frente del Gobierno. El marianismo no es una praxis política, sino una retórica básicamente escapista. Dadaísmo gallego para vaciar las palabras de cualquier significado mientras se va gobernando y ya si eso. Pero se quedará su doctrina sobre la corrupción y la (i)rresponsabilidad política. Y esa doctrina -la auténtica democracia solo brilla cuando el PP está en el poder y si lo pierde es que alguien se lo ha robado- enlaza con el alma guerracivilista del aznarismo pero se proyecta hacia el futuro y compromete cualquier proceso de regeneración interna.

En esa retórica, el marianismo, solo se tiene en cuenta al otro a la hora de la ironía, el sarcasmo o la burla. Al entrar en lo asertivo la complejidad interpretativa alcanza la altura intelectual de un niño de cinco años y, por desgracia, en el seno de la dirección del PP no corretean niños de cinco años ni dirigentes que no estén dispuestos a sufrir una lobotomía ininterrumpida para seguir en el machito. Y así pudieron escuchar a Rajoy afirmar dramáticamente que gracias a una alevosa moción de censura ha llegado al poder un partido que no ha ganado las elecciones. Claro que si hubiera ganado las elecciones, ¿por qué habría de presentar una moción de censura? ¿Y contra quién? ¿Contra el líder de la oposición? Todo su discurso fue así. Más que un montón de mentiras desfallecidas, un acúmulo de estupideces enérgicas de las que él mismo -un político bregado, astuto y perfecto conocedor del sistema parlamentario- es muy consciente.

Creer que un político como Rajoy se iba a tomar la molestia de tutelar el arduo proceso de seleccionar un sucesor supone una ingenuidad. Fue un hombre que dio ruedas de prensa en un televisor de plasma y que siguió en un televisor de plasma, con un pacharán en la mano y desde un restaurante, la moción de censura que lo descabalgó del poder. Rajoy no va a arriesgarse a consumirse en una labor potencialmente peligrosa. Y no dudo que se pondrá inmediatamente a las órdenes de su sucesor. Quiere tranquilidad. Quiere que no le molesten. Quiere que le dejen leer el Marca y ver los partidos de la liga. Como cuando estaba en La Moncloa.

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