03 de mayo de 2018
03.05.2018
CARTAS DE LOS LECTORES lectores@laopinion.es

Cuidar y cuidarnos

02.05.2018 | 23:26

Un vehículo que circulaba a la velocidad correcta, como indicaba la señal de tráfico, en un paso de peatones atropella a un niño. La conductora para el coche a escasos metros del atropello, se baja con un nerviosismo propio de estos casos y se acerca al niño; junto a él se encuentra un hombre y mujer. El niño se queja de dolor en una pierna, al acercarse a él temblorosa y llena de pánico intenta acariciarle y el hombre se lo impide: "No toque a mi hijo, ha estado a punto de matarle". La pareja, sería la madre, no hace ningún comentario. Solo se dirige al niño: "Cariño, tranquilo, que ya llega la ambulancia, pronto estarás en casa". Lo que podría haber quedado en un infortunado accidente, que por suerte no causó daños mayores, se complicó más adelante. El hombre rehusó que les acompañara al hospital, la mujer daba gracias al cielo porque su hijo estuviera con vida y agradeció el gesto. La conductora tenía presente constantemente el atropello, se culpaba de su falta de reflejos: con más atención, se decía, habría evitado el accidente. La carga de culpabilidad que llevaba por el suceso con el paso de los días iba disminuyendo, pero no del todo, se preguntaba si sería como una enfermedad crónica. No quiso hacer ninguna consulta médica y siguió con su vida normal. A los tres meses, cuando empezaba a encontrar el equilibrio emocional que antes del accidente tenía, recibe una citación del juzgado. Se presenta en el día señalado y le entregan una cita de emplazamiento para la celebración de juicio. En la sala donde se celebra la vista, se encuentra con la demandante (madre del niño). Celebrado el juicio, el juez dicta sentencia, las costas iguales entre las partes y condena a la demandada a pagar los gatos médicos hospitalarios ,así como los gastos del psicoanalista. No cabe recurso. La mujer (conductora) cae en una depresión severa, la dan de baja en el trabajo y acude un día a la semana a la consulta del psicólogo. Como terapia la aconsejan dar lagos paseos, donde haya niños y en uno de los parques reconoce a la madre y a su hijo; se acerca, el niño la recuerda y la abraza. La madre también y la comenta que tanto su marido como ella desde el accidente acuden al psicoanalista, el niño dejó de hacerlo.

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