17 de abril de 2018
17.04.2018
RETIRO LO ESCRITO

Política, meritocracia y títulos

17.04.2018 | 00:17
Política, meritocracia y títulos

La meritocracia nunca fue una conquista cultural en este país. Ni en España ni en Canarias. Solo simulaba serlo durante el periodo -cada vez más lejano- en el que funcionaba el ascensor social y se ampliaban las clases medias a través de la educación y -un rasgo diferencial con otros países- el funcionariado. Una carrera universitaria y una oposición: ese era el pasaporte para una instalación pacífica y descansada en la clase media durante el resto de la vida. Había que estudiar: un esfuerzo intelectual y volitivo para el alumno y un esfuerzo económico -a menudo duro y sacrificado- para los padres. La meritocracia era una cosa de pobres, de pobres que querían dejar de serlo, por supuesto. Pero estéticamente quedaba bien y sus colores combinaban con un suave democratismo bien temperado. No obstante, la virtud meritocrática sigue teniendo un alto valor simbólico. Ayuda a maquillar el obsceno poder del dinero, la influencia familiar y el amiguismo compinche.

El caso de Cristina Cifuentes y su master -más que presuntamente falsificado- en la Universidad Juan Carlos I ha llevado a la sana curiosidad de olisquear en el currículo de otros dirigentes políticos y han saltado una veintena de casos más o menos sospechosos. En Canarias el presidente del PP y diputado regional, Asier Antona, adornaba su ficha con un posgrado que no terminó. Creo sinceramente que Antona no encaja en el perfil de turbio desaprensivo que caracteriza otros casos. El dirigente conservador es hijo de un guardia civil y se licenció en Ciencias Políticas como un alumno más y gastando codos. Pero su sorpresa ante ese curso de estudios avanzados, arrugando la nariz como ante una mosca en la sopa, es poco verosímil. Quizás efectivamente se le coló en la primera vez que confeccionó su currículo, pero tal vez lo dejó ahí porque, al fin y a la postre, solo le faltaba aprobar algunas asignaturas, y resultaba muy pinturero, por más que jamás se le haya escuchado a Antona m edia frase que evidencie la más ligera, casual, esquinada reflexión politológica.

La obsesión por los títulos revela probablemente la escasa confianza de los responsables políticos poscontemporáneos -profesionalizados pero nunca satisfechos- en sus propias aptitudes y condiciones. Cifuentes no podía soportar una licenciatura pelada y una plaza de funcionaria técnica en la Universidad. Su ascenso político -como ocurre con la inmensa mayoría de sus compañeros- no ha dependido de su cualificación académica, sino de un hábil oportunismo que convierte una coyuntura en un trampolín, de saber articular una red de amistades y bombos mutuos en el seno de su organización política, de irrestrictas lealtades personales y de la gestión adecuada de deudas y favores, memorias compartidas y olvidos higienizantes. Muchos políticos toleran mal su mediocridad intelectual y laboral: les persigue como una maldita sombra interior allá donde vayan. Los títulos académicos representan una cirugía correctora a su medianía insignificante, a esa vulgaridad que les denuncia como una caspa sobre su cháchara estereotipada, su convicción robótica. Por supuesto que es grotesco: uno, dos o tres doctorados no garantizan un político inteligente, eficaz ni honesto. Manuel Azaña fue un licenciado en Derecho con manguitos, Indalecio Prieto no cursó ni el bachillerato, Felipe González apenas ejerció un lustro y medio como abogado laboralista. "No creo que sepa quien es Carl Schmitt ni Proust", me dijo una vez un imbécil muy progre sobre un presidente del Gobierno de Canarias. "¿Sabes quién escribió sobre Schmitt y leyó a Proust en francés? Manuel Fraga Iribarne", le respondí. Sí, Manuel Fraga, que recibió en 1961, en su despacho de ministro de Información y Turismo, un manifiesto firmado por más de un centenar de escritores, intelectuales y profesores universitarios "contra la tortura y por las libertades democráticas". Lo firmaban desde Vicente Aleixandre a José Bergamín, pasando por Faustino Cordón o Fernando Fernán Gómez. Fraga se puso furioso y tiró un pisapales contra la pared:

-¿Intelectuales? Intelectual yo, cojones, que me dejé los codos aprobando oposiciones.

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