12 de abril de 2018
12.04.2018
reflexiones

La Caja, 'Historia de un milagro'

12.04.2018 | 02:38
La Caja, 'Historia de un milagro'

Por enfermedad me fue imposible acudir a la presentación del libro La Historia de un milagro, de Juan Marrero Portugués. No obstante, un compañero que sí pudo ir me consiguió uno dedicado. Durante unos pocos días lo leí con avidez y ahora que acabo de terminarlo, un trabajo ineludible, me gustaría comentar lo que opino del mismo.

En la obra se plasma una detallada retrospectiva de los que, para mí, fueron los años más importantes del fenómeno social que, para la historia de la provincia de Las Palmas, supuso el trabajo del autor al frente de La Caja.

Conocí personalmente a don Juan en 1968 cuando, en calidad de delegado de la Escuela de Turismo de La Caja, le pedí cita para hablarle de problemas inherentes a los alumnos que no podía resolver Manuel Luezas del Valle, director de la misma. Su paciencia, trato cercano y cordialidad, así como su inteligencia y pragmatismo para resolver los, como ahora veo, fútiles problemas nuestros, me hicieron comprender al momento que estaba ante una persona, para mí, muy empática, diligente y especial.

Mis palabras no obstante pueden no ser objetivas y me explico: yo era cliente de La Caja desde agosto de 1953, fecha en la que con cinco años me abrieron en Triana una libreta de Ahorro, la número 19.611, junto a una alcancía metálica que tenía un número troquelado, el 1.109, que recoge la libreta (ambas las conservo). Mi padre -qepd- tenía la cuenta corriente 7.259 de Triana y en una ocasión que tuvo problemas de liquidez y mientras su banco principal, el entonces Hispano Americano, le daba la espalda, La Caja y don Juan, como director de la misma, le dieron un préstamo que sacó a nuestra familia del momentáneo atolladero.

Al cabo de los años, en 1972, yo mismo entré a trabajar en La Caja tras un exhaustivo examen de idiomas, pues se necesitaban personas que los hablaran para la oficina del Aeropuerto de Gando y, como he indicado anteriormente, yo había estudiado y trabajaba con turismo.

Mientras leía el libro iba rememorando todos los esfuerzos colectivos, todos los logros y el orgullo de pertenencia a una empresa, para mí atípica, innovadora e inigualable, viniéndome a la memoria las miles de horas extras realizadas y no cobradas, ni pretendidas cobrar. El cariño y respeto que la inmensa mayoría de nosotros sentíamos por don Juan, sin duda, poco menos que hipnotizados por su inquebrantable afán de superación en su faceta bancaria, en la de creación de un inmenso tejido productivo, y especialmente en el benéfico-social de La Caja.

Pienso que ese binomio, bancario por un lado, pero benéfico-social, por el otro, fueron la clave del éxito imparable de nuestra amada entidad, que se ganó a pulso toda la fama y notoriedad con que nos distinguieron sus propietarios (los clientes).

Ahora y tras más de 40 años de su injusto cese en la desaparecida Caja conviene recordar a todos los menores de 50 años que en aquellos años -aunque a ellos, visto lo visto, les pueda parecer una exageración- no tener cuenta en La Caja se consideraba poco menos que un delito social, ya que publicitábamos y éramos "La entidad canaria al servicio del país". Entonces era inmenso el nivel de implantación y arraigo social de una empresa que, a mi modo de ver, contribuyó decisivamente en momentos económicos muy difíciles, al desarrollo de nuestra provincia, poniendo a una región pobre y olvidada de nuestro país a la vanguardia de un eficaz modelo de gestión, dinamismo y desarrollo.

No quiero terminar sin recordar también la inestimable figura de Sebastián Doreste Abreu, el hombre fiel que estaba en la sala de máquinas; también a Germán Luzardo Gutiérrez y a todos los compañeros que desde el sacrificio personal, la nobleza y la honestidad, de forma muy sencilla y ajenos a sucias guerras de poder, colaboramos calladamente en el milagro de cuando nuestra provincia, en su imparable desarrollo, rompió todos los moldes.

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