11 de abril de 2018
11.04.2018
RETIRO LO ESCRITO

La crisis como régimen

11.04.2018 | 00:17
La crisis como régimen

Pedro Quevedo exigiéndole al pibe Rufián que no haga el vaina. Es absurdo. Rufián no sabe ni quiere ensayar otra cosa. Hace de guardia chusquero en el fielato de la nueva política: faltón, tuitero, farandulero y pendenciero. Una perfomance con patas. Tardá es un cruce de Demóstenes y Éamon de Valera si se le compara con su joven aunque suficientemente impresentable compañero. Pero de la misma manera que bajo los tuits de Su Santidad Francisco hay un papa, un papa como todos los papas que pretende provocar indulgencia plenaria mostrándose plenamente indulgente, bajo los tuits de Rufián no hay otra cosa que el resentido que encontró en una supuesta posición de izquierda una covacha de superioridad moral donde lamerse las heridas y, si es posible, vivir del cuento. De su cuento: cobrar por la pureza de sus convicciones. Quevedo está pidiendo algo contra natura. Pero esa discusión ayer, en el seno de la comisión de investigación sobre la financiación del PP que preside el diputado de Nueva Canarias, es susceptible de ser interpretada como un símbolo del país. Mientras Quevedo y Rufián discutían acremente la bruja del Oeste de Puerta del Hierro sonreía. Sus respuestas fueron una impecable lección de cinismo quitinizado. Cristina Cifuentes es una alumna aventajada, una mentirosa de metacrilato, pero Esperanza Aguirre sigue siendo la maestra esculpida en mármol.

No se termina de asumir que este país vive una crisis política e institucional de gravedad creciente. Desde hace tres años vivimos instalados en una crisis triple como si se tratara de un nuevo régimen. La mitad de los catalanes quiere que su comunidad inicie un proceso de independencia y se constituya en una nueva república y está dispuesto a entender, disculpar o respaldar las ilegalidades que se comentan para conseguirlo, incluyendo ciscarse en la Constitución, en el Estatuto de Autonomía o en el reglamento del Parlament de Cataluña. Este estado de insurrección latente deviene responsabilidad principal, por supuesto, de las élites políticas catalanas, pero la ineptitud del Gobierno del PP ha resultado clamorosa, si no catastrófica. No se hubiera llegado a esta situación sin la infinita y calculada pachorra de Mariano Rajoy, cuya único proyecto nacional consiste en que él siga siendo presidente del Gobierno. Ni diálogo responsable en su momento ni firmeza política cuando tocaba. Vendían electoralmente anticatalanismo mientras los convergentes se embarcaban en el independentismo abierto y activo como única vía de supervivencia política, es decir, como única fórmula para continuar sujetando el control de los presupuestos públicos. Ahora en Cataluña se cortan vías, se queman contenedores, se pintan fachadas con amenazas a los disidentes. No se les trata como gamberros, sino como terroristas, como si ahora fuera realmente imprescindible montar una fábrica de mártires. Por una esquina aparece la cabecita de Alberto Garzón: los chicos y chicas de los Comités de Defensa de la República son valedores del espíritu democrático de todo un pueblo. Esa es exactamente la izquierda estúpida, doctrinaria y al mismo tiempo oportunista que padece este país.

La crisis territorial se entrecruza con una corrupción que amenaza con convertirse en estructural para acelerar una crisis de legitimación del sistema político y actúa sobre las tensiones provocadas por el desgaste de un pacto social que se considera finiquitado entre el capital y el trabajo y un Estado de Bienestar cada vez más frágil e ineficiente. No se trata de cambiar un gobierno simplemente. Es más grave, más amplio, complejo y perentorio: consensuar un modelo de organización política en el Estado y poner freno a la desarticulación de las políticas sociales (educación, sanidad, investigación y desarrollo) en un escenario político y económico global que cambia vertiginosamente. Todo lo demás son cuentos, postureos y broncas rufianescas.

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