13 de marzo de 2018
13.03.2018
La Ciprea

La muerte de los ángeles

13.03.2018 | 11:25
La muerte de los ángeles

Hay una clase de seres humanos capaces de cometer cualquier tipo de acción con tal de salirse con su exclusiva voluntad. Entre esas tareas caben los actos más atroces. No hay exterminio, holocausto, tormento y carnicería en la que no esté la mano del hombre detrás. Y detrás de esos hombres, un cerebro montado en el horror de una infancia parecida a la que ellos quieren imponer; infancias con adultos capaces de quemar sus cuerpos, azotarlos hasta la muerte, despellejarlos vivos o, sencillamente, dejarlos morir de hambre y de sed atados a los hierros de una cama. Todo eso lo han vivido muchos de los que reproducen luego esos mismos tormentos sobre los cuerpos inocentes de sus propios hijos o de los hijos ajenos. Es gente que no perdona y castiga por ello a los que le rodean.

Hay otra clase de torturadores y asesinos de ángeles; enfermos de cuerpo y de alma que pretenden componer el mundo a la medida de sus mentes enfermizas. Aquellos que abusan y pervierten a niños y a niñas; que roban a los pequeños para abastecer el hambre sexual de viejos matarifes de condición elevada que pasean con sus esposas del brazo por las calles de cualquier ciudad, señores de alto copete que se muestran en público recubiertos de dignidad y condecoraciones de diferentes reconocimientos; altos cargos de nuestra sociedad que presiden tribunales, juicios, gobiernos y administraciones y que están involucrados en muchos de estos escenarios donde se trafica con los cuerpos de los ángeles (en los robos de ángeles para la pornografía infantil, en los secuestros para tráfico de órganos, en los lupanares de cualquier provincia, en las redes sociales) y, si no lo hacen, lo consienten con su silencio y sus miradas hacia otro lado.

Y están los que violan y se sacuden sus miserias sexuales sobre cuerpos de ángeles extraídos de la calle, de los colegios, de la propia familia. Y los hay que los matan para sacárselos de encima, para que no estorben, para que dejen de llorar, de correr, de hacer ruido; para que no intervengan en los asuntos de los adultos, para que no interrumpan sus conversaciones y sus batallitas. Y están los ángeles perdidos por el abandono o por la dejadez de una madre, o los que piden limosna sentaditos en el mismo portal en invierno y en verano para engrosar el caudal miserable de un padre alcohólico o de una pandilla de mafiosos que viven a costa de esas criaturas que nos asaltan por las plazas de todos los países del mundo pidiendo una limosna. Y, en fin, está la propia muerte, enferma de todos los males y siempre a la espera, acechando sus cuerpos y sus alas.

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