27 de febrero de 2018
27.02.2018
RETIRO LO ESCRITO

Una paja y no una elegía

27.02.2018 | 01:06
Una paja y no una elegía

Curioso el destino (el destierro) de Juan Hildalgo, porque esos fueron todos sus últimos años en Canarias: un prolongado y agónico destierro en su propia isla, en su propio país. Figurar en museos y enciclopedias y terminar cuidando perros en Canarias, ¿no es una broma demasiado pesada? Es cierto que en la extrema ancianidad -y aun antes- recibió reconocimientos y homenajes pero, ¿cómo iba a vivir un artista de la posvanguardia aquí, si no es pastoreando miserias entre políticos tan estólidos como indiferentes, entre una semiburguesía analfabeta y una desmemoria programada, entre palurdos manifiestos para censurar una exposición y una academia con el nivel de exigencia de una autoescuela? Hasta ayer vivía en un pueblecito grancanario una de las figuras fundamentales de la creación más insurgente -e inteligente- del último medio siglo, pero eso no es nada.

Por supuesto que Hidalgo no buscaba ser popular. Era un radical al que fuera de explorar los límites y relaciones y subversiones de la práctica artística -demoliendo las barreras acomodaticias entre la poesía, la pintura, las instalaciones o la música- solo le interesaba la vida. O un vitalista a ratos desaforado y a veces atrincherado, al que fuera de la vida solo le interesaba hurgar en las heridas del sentido, en la falsa inmediatez de lo sensorial, en la suspensión de la credulidad sobre lo que solemos llamar vida cotidiana para nuestro asombro, dolor, miedo o risa. O todo a la vez. Jamás se traicionó. Probablemente porque nunca quiso, pero también porque nunca supo hacerlo. En Canarias, para ser un artista popular, si cometes en error de no dedicarte al folklore o a las acuarelas, tienes que ser un personaje admisible, curioso, parloteador. Por ejemplo, César Manrique, asimilable por su compromiso ecologista. O Pepe Dámaso, entregadamente encantador, que a nadie molesta, porque es un artista. Hidalgo es un material más duro que roer. Su obra -mejor: su actividad, su discurso artístico- se empeñaba (y se empeña) en escapar a cualquier reduccionismo. No es domesticable con una edulcorada retórica publicitaria. No viene a salvar ni intenta salvarse. Esa obra -pinturas, objetos, ritmos, ensayos, versos, etcéteras- a veces es triste o burlona, pero en ocasiones agresiva, libre y triunfalmente agresiva, e intuyo, por ejemplo, que muy pocos periódicos publicarían hoy sus etcéteras. En Hidalgo lo homosexual, lo homoerótico, no es un ademán atrevido, tolerable para connotar una individualidad estrafalaria, pero inofensiva, sino un campo de batalla de gozos y sombras, un eje de reflexión y autorreflexión inagotable, un áspero y deleitoso camino abierto, no una respuesta articulada para cerrar una identidad.

Con Juan Hidalgo desaparece el último hijo conceptual -ya lejano, deslegitimado y muy putativo- de las vanguardias históricas y de sus virtudes y sus vicios, entre los cuales quizás no sea el menor haber convertido en inviable cualquier proyecto artístico tradicionalmente vanguardista. La representación artística de la muerte del arte llega hasta a un límite ya intraspasable. Ante todo nada de lamentos por el arte. Ya lo advirtió Hidalgo en su momento: amigo,/cuando muera/hazme una paja simbólica/pero nunca una elegía. Lo he intentado.

www.alfonsogonzalezjerez.com

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook