05 de febrero de 2018
05.02.2018
RETIRO LO ESCRITO

El Trienio Galdosiano

05.02.2018 | 04:00
El Trienio Galdosiano

Tiene razón Podemos en el Cabildo de Gran Canaria al solicitar que su moción para celebrar el llamado Trienio Galdosiano (aniversario de su nacimiento en 2018 y de su muerte en 2020) se convierta en institucional. No solo es una moción oportuna y bien articulada, sino que incluye la convocatoria de un premio de novela, que no viene nada mal en el panorama de desertización de premios literarios en Canarias y en toda España. Lo único disonante en la magnífica propuesta de Podemos es esa preocupación, un tanto excesiva, de que los fastos galdosianos no se queden en casa, sino que se proyecten en el exterior. Galdós está bastante vivo en todas partes. Ha sobrevivido al tiempo, a la evolución del lenguaje narrativo, a los cambios de gusto del público y hasta a los galdosianos.

Últimamente se puede leer en muchos sitios un fragmento de cierto artículo que escribió Pérez Galdós donde se refiere con sarcasmo feroz a las principales características del turnismo de Cánovas y Sagasta en el que se basó la política de la Restauración. Obviamente algunos se santiguan porque encuentran una identidad automática con el PP y el PSOE bajo la Constitución de 1978 y multiplican tal fragmento por las redes sociales creyendo que cuentan con don Benito para denunciar la política española de hoy. Nadie con unos mínimos conocimientos historiográficos sostendría una equivalencia entre el régimen canovista y el sistema político español actual (y de ambos contextos sociales y culturales) pero da lo mismo. Galdós fue un novelista que encantaba a las clases medias y aquellos sectores de la clase obrera que había aprendido a leer y escribir en los últimos años del siglo XIX y principios del XX. Su popularidad fue similar a la de Dickens -su amado Dickens- en Inglaterra. Ya estaba asentado editorialmente cuando comenzaron los ataques a su persona y su obra de la derecha más descerebrada y, sobre todo, de la Iglesia Católica Romana, siempre atenta a extirpar cualquier señal de inteligencia en el país. Pero eso no le impidió ser diputado liberal en 1886 (un cunero de tomo y lomo que salió elegido por Puerto Rico, que solo había visto en postales) y recibir en 1902 la Gran Cruz de la Orden de Alfonso XII. Es cierto que luego es diputado en la lista de la alianza entre republicanos y socialistas en 1910. Pero Galdós, tan sinceramente lleno de solidaridad y buena voluntad, jamás abrió la boca en el Congreso de los Diputados. Le aterraba hablar en público. Es más que dudoso que haya presentado una sola moción. Sentía una alergia incontrolable ante el ejercicio de la política, pero los reales que devengaba como diputado le sacaban de apuros económicos. Una bancarrota casi permanente provocada por su afición a la prostitución y su generosidad para con parientes, amigos, vecinos y los mil pedigüeños y mendigos que lo asaltaban por la calle.

La actividad política de Galdós no es lo más importante de su figura -más compleja y matizada de claroscuros que lo que las estampitas piadosas sugieren- sino lo que nos cuenta como novelista y, sobre todo, lo que le distingue al hacerlo: su fabulosa capacidad de invocación de una ciudad (Madrid) y de un tiempo de progreso y desolación (el suyo). Su extraordinario oído para el habla popular, su faústica capacidad de observación, su talento para conmover con figuras estremecedoras y, algunos casos, inolvidables, como el desdichado Miau y sus hijas, la criada Benina y el ciego Almudena o ese miserable maravilloso, Francisco Torquemada. Galdós no son sus opiniones, sino sus novelas, la obra desigual, apresurada y necesaria de un demiurgo de ceniza solo entre la multitud, silencioso entre el griterío, inmóvil entre los aspavientos, triste, ciego y desolado después de cumplir con su deber de escritor como no lo hizo ninguno en su siglo y en ciudad.

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