30 de enero de 2018
30.01.2018
La Ciprea

Dictaduras en danza

30.01.2018 | 12:06
Dictaduras en danza

Suelen danzar con melodías varias. Los hay que lo hacen al ritmo de una bachaca. Maduro, por ejemplo, lo hace. Aunque los hay más y mejores en eso del baile. Y lo más curioso es que parecen divertirse con sus camisas de flores apuntando con las manos a lugares cercanos que pueden ser cabezas, torsos, vientres o, certeramente, en la misma frente de sus compañeros de salón. Y se ríen, hacen gestos divertidos con las cejas y el cuello. Bailan. Y los espectadores también se ríen o se contorsionan o lloran al compás de la música mientras ellos siguen sin parar moviendo los pies y las caderas, moviendo documentos, panfletos de distintas tonalidades, carteras y mesas de gobierno y haciendo moverse a los ciudadanos que, felices o tristes según sea la condición impuesta para seguirlos, los imitan con brazos y piernas a ritmo trepidante. Las letras son lo de menos. Ellos, a bailar que es lo que toca. Y nosotros, a reír, que es domingo y tenemos algo blandos los cerebros.

También los he visto bailar agarraditos a su santa esposa con movimientos lentos de vals californiano que es lo que se lleva esta temporada en los jardines y fiestas del entresuelo allí donde otros giran igualmente apretaditos a la última muchacha elegida en el comercio de todo a cien. Trump y Melania lo hacen así, muy serios y distantes, sin dejarse arrebatar por los ardores del mambo. Desde la distancia permitida a los demás mortales, parecen más ligeros, más a lo Gene Kelly cantando bajo la lluvia, más comedidos, diría yo, porque el ritmo no es a su juicio tan ramplón y cuartelero como el que danzan los del sur que tiran más a la cosa populista y hacen movimientos demagógicos para ganarse el voto de los pobres que siempre bailan lo mismo y se contorsionan de forma impúdica y contra todo principio de la decencia.

Y, en fin, este fin de semana los he visto danzar más al norte, allí donde el frío o las bombas desnivelan la altura de los salones. Ha salido a la pista el señor Putin, que no es cualquier cosa (por cierto bailaba solo), a marcarse una polka con zapatazo incluido, las venas del cuello hinchadas hasta las orejas y un gorro de piel de zorro auténtico que se balanceaba de un lado a otro de su omnipotente cabeza a cada golpe dado en el mísero suelo mientras observaba de soslayo al resto de los bailarines por si alguno de ellos lo miraba mal o hacía gestos feminoides y así, de un taconazo, hacerlos salir de la pista y dejarlos desnudos, en ridículo, y muertos. Por si acaso.

Aquí seguimos con la sardana. Un misterio de baile.

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