26 de enero de 2018
26.01.2018
tribuna alta

¿De quién es el fallo?

26.01.2018 | 02:35
¿De quién es el fallo?

Fui jurado de murgas adultas en dos ocasiones. La primera, en 2014, cuando se produjo un apaño por parte de dos integrantes del tribunal de voces -asombroso pero cierto- para perjudicar deliberadamente a algunas murgas que habían sido muy bien puntuadas en la fase. Y la segunda vez, el año pasado. De ambas experiencias (las dos muy intensas) salí con la misma sensación de que algo falla. Y así me lo han recordado en las últimas horas algunos murgueros con los que compartí esta reflexión. Les dije -y lo mantengo- que justamente el principal problema del concurso estriba en la composición del jurado calificador.

No es de recibo (ni es grato) que aceptes ir y te encuentres a tu lado a personas que confiesan no haber visto murgas jamás. Incluso algunos a los que no les gusta nada este género.

Las murgas protestan con frecuencia cuando en la lista del jurado aparecen personajes conocidos porque enseguida les buscan el parentesco o la relación con cualquier grupo rival. Pero no se dan cuenta de que mucho peor -y más grave- es incrustar en el jurado a personas que no han visto una murga en su toda vida.

Creo que no hago daño a nadie si les cuento que una vez un miembro del jurado me preguntó si la Ni Pico era de Güímar. Otro, que si todas las actuaciones iban a durar 30 minutos. Otro más, que si el pasacalles también se puntuaba. La culpa no es de ellos. No. A ellos les llaman porque les consideran aptos para juzgar y les remuneran por los servicios prestados.

La culpa tampoco es de Fiestas. Es fácil estos días creer en teorías de la conspiración y hasta fabricarlas, pero puedo asegurarles (con conocimiento de causa) que no hay una sola injerencia por parte de la organización. Es más, el comportamiento es exquisito por parte de la concejal Gladis de León -ella, va, saluda, te desea suerte y se va- así como por parte del gerente José Ángel Afonso y del jefe de prensa, Raúl Díaz.

Les cuento, por si no lo sabían, que no hay una deliberación. Una vez acabadas las fases y la final, vas adonde está esperándote el informático, puntúas y ya está. No hay más. Minutos después, la secretaria lee el resultado final y todos firman el acta para que luego el veredicto se declare por unanimidad (lo cual es otra rareza del certamen).

El sistema no funciona. Salen fallos tan extraños como el del pasado miércoles porque hay un alto número de miembros del jurado que no han visto murgas o porque no les gustan. Esa es la clave. Y sí, creo firmemente que la culpa es de las murgas. Saben que esto ocurre y durante años no han hecho nada por remediarlo. Es más, han dejado perpetuarse este modelo anómalo, donde se incluyen actores, dobladores, humoristas y hasta cantantes de ópera, en vez de conformar un jurado realmente murguero.

A lo largo del tiempo han preferido los grupos enzarzarse en otras disputas (que si final a siete o final a ocho, que si 26 micros o 30), cuando una y mil veces la organización les ha sugerido e instado a que cambien las bases y decidan ellos mismos la composición del tribunal. Han mirado hacia otro lado hasta que la bomba les estalló en sus propias manos. Nadie entiende el indescifrable fallo -nunca mejor dicho- de este miércoles. Porque es aberrante.

A partir de ahora, en manos de los propios murgueros está la posibilidad de cambiar. No porque se haya quedado fuera Bambones, murga grande, sino porque es sencillamente un absurdo una final tan 'random' como la que viviremos este viernes. Siéntese, hablen, discutan y cambien las bases. Lo contrario será dejar morir el concurso.

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