06 de mayo de 2012
06.05.2012
tribuna abierta

La civilización del espectáculo

06.05.2012 | 04:00

Hace un tiempo pude escuchar al director de orquesta Gustavo Dudamel interpretando La Consagración de la Primavera de Igor Stravinsky. La versión del joven músico venezolano me sobrecogió, pero no en sentido positivo. La orquesta ofrecía un espectáculo atávico, de una intensidad extrema, brutal. Los golpes de efecto se sucedían, como si asistiéramos a una demostración de fuerza. Entre tanto ruido, resultaba difícil captar los matices o estar atentos a la arquitectura de la pieza. Unos días antes, el propio Dudamel había declarado que concibe el ballet de Stravinski desde el heavy-metal. No sólo así, supongo, pero también así. Entonces pensé que esa interpretación tan fisiológica sólo cabe imaginarla después de la experiencia cultural del rock; no porque el rock sea sólo fisiología –que no lo es– sino por el abuso de los decibelios. A lo largo de la historia, la tradición de la música clásica ha sido, desde luego, otra, muy distinta.
Lo cierto es que esta forma de entender la música ejemplifica en buena medida lo que detesto en el arte: el deseo de asombrar a toda costa, una belleza que se orienta hacia una expresividad excesiva y la ausencia de matices, de suavidad, en última instancia de hondura. Hablo de una concepción artística, por supuesto, pero también de una forma de amar la cultura. En su brillante y reciente ensayo La civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa ha reflexionado con especial lucidez sobre este asunto: ¿hasta qué punto el ciudadano asiste atónito al final de la cultura entendida en su sentido más clásico? ¿Ha desvirtuado el capitalismo de las masas su tradicional preeminencia? Y en ese libre mercado de la banalidad, ¿no se ha llegado a confundir la excelencia con el amarillismo? O dicho de otro modo y sólo a título de ejemplo: ¿son equiparables los clásicos de la literatura juvenil –de Stevenson a Dickens– con lo que leen habitualmente nuestros jóvenes en los institutos? ¿Qué perdemos cuando Shakespeare y Proust, Cervantes y Dostoievski dejan de ser los pilares de una sociedad? Se trata, sin duda, de preguntas pertinentes que admitirían un largo debate. Porque cabe hacer también la lectura opuesta y admitir las infinitas posibilidades que presenta el mundo de hoy. Pensemos en la oferta editorial y discográfica, más amplia que nunca. Pensemos en el papel de los medios de comunicación –de The New York Times a The Economist o Der Spiegel– como referentes de información global. Pensemos en el afán didáctico de los museos, en la asombrosa calidad técnica de las orquestas, en la expansión de la enseñanza superior. Frente a los idólatras de la catástrofe es bueno no perder un sentido del equilibrio.
Sin embargo, intuyo que Vargas Llosa tiene razón al menos en un aspecto: la civilización del espectáculo ha logrado degradar el prestigio de lo mejor. Sencillamente, en esa algarabía del mal gusto, es más difícil que el arte auténtico disfrute de notoriedad. El siglo de Dudamel es también el de pianistas tan exquisitos como Nelson Freire o Grigory Sokolov. El autor francés Pascal Quignard convive con el superventas Michel Houellebecq y un cineasta tan perturbador como Sokurov lo hace con el más previsible y esteticista Julio Medem. Todo se mezcla y todo se vende. Habrá que acostumbrarse a ello.

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