26 de noviembre de 2011
26.11.2011
zigurat

Alimañas sociales

26.11.2011 | 02:17

Se podría convenir que el ser humano es algo más que una entidad biológica, de manera que debe estar definido por sus ideas y conducta; un ser social suficientemente crítico. Pero no siempre sucede así, cuestión a debatir por filósofos, psicólogos, psiquiatras, sociólogos y criminólogos. Si accedemos al Diccionario de la Lengua Española de la R.A.E., el término alimaña queda así definido en su tercera acepción: "Persona mala, despreciable, de bajos sentimientos". Dicha definición posee suficiente aplicabilidad respecto a pretendidos seres humanos que en modo alguno lo son plenamente, reduciéndose a mal imitar ciertas pautas sociales y cumplir con determinadas funciones: respirar, dormir, comer, beber, digerir, eyacular, miccionar y defecar, pongamos por caso. La cuestión estriba en el cerebro, que ha pasado de 500 a 1.400 gramos de peso, pero convendría matizar que determinadas personas creen que es el peso del cráneo y la masa encefálica, una suma arbitraria, por cuanto hay quienes su cerebro, por carencia del entendimiento y el raciocinio, es considerablemente inferior, quedando demostrado en el cretinismo social, por incultura y extrema pobreza conductual, casi simiesca, valga el ejemplo, o en heredar taras genéticas, una de las cuales supo investigar y catalogar el doctor alemán August von Wasserman (Bamberg, 1866 – Berlín, 1925), existiendo infinidad de casos, lo cual es socialmente más que evidente, así como la siempre indeseada endogamia y sus graves repercusiones físicomentales. Valdría entonces establecer y fijar el correspondiente cuadro taxonómico, dividiendo jerárquicamente a las alimañas sociales.
Así, históricamente, los casos de tiranos como Hitler, Mussolini, Salazar, Franco, Pot, Ceaucescu y muchos otros déspotas más, no coinciden ni por el peso inferior del cerebro, la cretinez social y el desajuste –previamente comprendido– conductual, aunque malévolamente desarrollado a posteriori. Han sido sujetos que han pasado a la Historia, igual que no pasarán a ella los enanos mentales por mucho que se esfuercen e incluso por destacar elemental e intrascendentemente, ganduleando, parasitando, convirtiendo la primariedad de sus razones en perversas obsesiones, o sea, vegetando. Cabe aquí, paradigmáticamente, destacar las incesantes muestras ejercidas por las malas personas, que es algo del todo aclaratorio por conocido. Hace bastantes años un destacado actor de teatro y cine, nacido en Canarias, me comentaba que lo primero que hacía al entrar en una casa era comprobar si en el seno de la misma había libros. La persona conscientemente inculta, lo cual es una paradoja o una contradicción, la alimaña empeñada en cultivar su propia ignorancia –no en los casos que por motivos socioeconómicos injustamente no acceden a la cultura, ya sea ésta mínimamente– resulta lamentable. El grado de coincidencia con lo excelentemente bien definido en la tercera acepción por el Diccionario de la Lengua Española es irrefutable, notoriamente patente.

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