31 de julio de 2010
31.07.2010
inventario de perplejidades

Palabras, gestos, silencio

31.07.2010 | 01:39

A los que vivimos los momentos finales de la dictadura franquista, los análisis sobre la evolución de política de Cuba nos suenan a música conocida. Sobre todo en los métodos de interpretación de los rituales y los protocolos de la clase dirigente, única forma de adivinar lo que ocurre dentro de un poder impenetrable que se conduce de una forma carismática y personalista. Por supuesto que no trato de establecer ningún tipo de paralelismo de fondo entre una realidad y la otra. El régimen franquista era una dictadura militar de derechas, apoyada por el capitalismo nacional e internacional y la Iglesia católica. Y el régimen castrista es una dictadura militar de izquierdas (su máximo jefe se hace llamar "comandante supremo" sin ser un soldado profesional), de partido único, que no permite el libre comercio, y está sometida a un bloqueo económico férreo por su poderoso vecino norteamericano. No obstante, su relación con la Iglesia católica es respetuosa y hay que resaltar que el Papa Juan Pablo II visitó La Habana y la jerarquía local colabora en la liberación de los presos políticos y en dar una salida pacífica al régimen. Eso es lo sustancial. Pero en otros aspectos procesales, las coincidencias son notables. El otro día, por ejemplo, durante la conmemoración del 57 aniversario del asalto al Cuartel de Moncada, el presidente Raúl Castro no pronunció el discurso que se esperaba y esa circunstancia desató todo tipo de especulaciones. Desde el triunfo de la revolución, el discurso del aniversario de Moncada es la ocasión escogida para pronunciar el discurso más importante del año, justamente ese en el que se señalan las próximas metas políticas. Para sorpresa general, el encargado de hacerlo fue el vicepresidente primero, Machado Ventura, de 79 años, que largó un discurso calificado de "inmovilista". Algunos observadores apuntan la idea de que la recuperación física de Fidel Castro, ausente del poder oficial desde hace cuatro años, tiene mucho que ver con ese frenazo al proceso de reformas pendientes y auguran que el régimen tiende a encerrarse en sí mismo renunciando a la apertura política. Es, más o menos, lo que ocurría en España en la etapa final del franquismo. A falta de datos fiables, la atención se centraba en los discursos, en los gestos, en las ausencias, y en las presencias. Además, por supuesto, del estado físico del dictador, cuya vida se estaba agotando a ojos vista. Recuerdo que, en una ocasión, tuve que titular un discurso de Torcuato Fernández Miranda, aquel político de verbo tan complicado. Don Torcuato compareció ataviado con camisa blanca en vez de la protocolaria camisa azul de origen falangista, y a ese simple detalle se le dio una significación tremenda. La letra del discurso era una acumulación de retórica conceptuosa difícil de desentrañar, en el que destacaba a mi juicio un mensaje que podía ser la cuadratura política del círculo: "Hay que nacionalizar el Estado". Aquello podía significar, sibilinamente, que había que rescatar al Estado español de una apropiación por poderes extranjeros, o simplemente nada, puro artificio. Me apunté a esa solución y acompañé el titular de primera página con una gran foto del prócer con la camisa blanca. Era una apuesta arriesgada tratándose de un periódico del Movimiento, pero lo hice. Recibí una mención elogiosa por ello, en el análisis que hacía la dirección técnica desde Madrid. Mi experiencia de las transiciones políticas es que todo se pacta bajo cuerda y el resto son maniobras de entretenimiento para el público.

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