25 de julio de 2010
25.07.2010
nunca sin un lápiz

Tierra sin Saramago

25.07.2010 | 02:18

Estuve en Lisboa en las ceremonias civiles que precedieron a la incineración de José Saramago, el Nobel del compromiso.
Fue un hombre bueno, un escritor magnífico, un personaje comprometido con todas las causas que consideró legítimo defender. Un tipo bravo; subió montañas, cruzó madrugadas en busca de personas dolientes o perseguidas, y todo el rato dio de sí, con una generosidad que nadie podrá pagarle nunca, todo lo que tuvo como intelectual y como persona.

Nuestra tierra, y Lanzarote sobre todo, supo de esa generosidad suya, por la que jamás pidió nada a cambio. Construyó, con su mujer, Pilar del Río, una biblioteca espléndida, que ahora es centro de estudios, el lugar, además, donde, antes de ser llevado a Lisboa, reposó su cadáver cuando ya no pudo más su salud que en un tiempo parecía la salud invencible de un hombre cuya voluntad no venció sino el tiempo.

Colaboró como un jabato con todas las iniciativas que tuvo la Fundación César Manrique para conservar y prolongar el espíritu de aquel autodidacta que hizo de su amor por la isla y por las islas una lanza quijotesca a favor de un futuro no contaminado por la mezquindad.
Al tiempo, fue abriendo en Portugal, en Lisboa, las vías a las que llegaría la gran Fundación José Saramago que sus paisanos están a punto de inaugurar. Como escritor, animado por un espíritu camusiano y unamuniano, mezclado todo ello con la sabiduría tranquila de su amado Pessoa, le dio a los lectores de todo el mundo libros que ahora sirven para ahondar en el alma contemporánea con el bisturí exigente e insobornable de un clásico.

Aquel mismo día del velatorio civil en el Ayuntamiento de Lisboa comenzaron las invectivas contra el hombre que yacía allí, en la soledad infinita de los muertos. El periódico del Vaticano publicó una vergonzosa diatriba contra "el marxista" que ya no se podía defender, basada, además, en las fábulas religiosas que escribió el autor de "El Evangelio según Jesucristo", una invención que jamás perdonó la Iglesia, esa que dice perdonar tanto. Fue un aldabonazo al que se sumaron reaccionarios sin cuento, también en nuestra tierra canaria, y en el resto de España; irrespetuosos con su legado majestuoso, arremetieron contra él correveidiles impresentables que jamás en vida tuvieron el coraje de soplarle en el rostro la baba infinita del odio y de la malquerencia.

Ahora, una sentencia judicial que ha sido recurrida, y que alude al conflicto de sus impuestos (¿tenía que pagarlos en España, tenía que pagarlos en Portugal, donde por cierto los pagó hasta el último centavo?), ha servido para que escribas o locuaces de este amplio espectro de la maldad arremetan contra Saramago, de nuevo Quijote sin defensa propia, armado ya en las nubes de la inconsciencia infinita de los muertos.

Lo alancean, lo insultan; están escribiendo sin preguntar de veras qué pasó, qué lío administrativo hay detrás de semejante sentencia recurrida. Lo que quieren es tacharlo, tachar lo que hizo en vida, lo que escribió; pero sobre todo lo quieren tachar con saña, con los golpes aquellos que temía César Vallejo, al hombre que fue, como Unamuno, como Camus, contra esto y aquello, y lo dijo siempre con la altísima libertad de su escritura, desde la altura moral de su independencia moral.

Me ha dado pena ver estos días estas lanzadas, escucharlas y leerlas; supongo que pasará el temporal, y él decía que los temporales de la maledicencia duraban lo que las ventoleras del verano. Pero mientras escampa, cómo van dejando el suelo lleno de barro y de fango. Y de odio. Lo miserable es siempre consecuencia de lo cobarde. Él lo sabía.

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