18 de julio de 2010
18.07.2010
inventario de perplejidades

Crisis de representatividad

18.07.2010 | 04:00

Llevamos cinco debates sobre el estado de la nación entre Rodríguez Zapatero y Rajoy, el uno como presidente del Gobierno y el otro como jefe de la oposición, y todos se han desarrollado bajo el mismo guión y resultaron formalmente muy parecidos.

El discurso del primero de ellos estuvo siempre animado por un voluntarismo optimista. Si las cosas iban bien era previsible que fuesen a mejor. Y si iban mal –como ahora–, hemos de confiar en que mejoren en un futuro próximo. Las razones de fondo en que se basaban esos pronósticos nunca fueron bien explicadas, pero habíamos de tener fe en que se cumplirían inexorablemente por el solo hecho de que el señor Zapatero nos lo prometía con esa sonrisa que le llega casi hasta las orejas (muy parecida a la del hombre que anunciaba Netol, aquel producto que abrillantaba los metales).

En cambio, el discurso del señor Rajoy estuvo siempre animado de ese catastrofismo retórico, y un tanto castelariano, que tanto le gusta recitar a la derecha española cuando no detenta el poder que le ha sido atribuido por la gracia de Dios. Según viene diciéndonos el jefe de la oposición desde hace seis años, el actual presidente es un personaje frívolo, mentiroso e incompetente, que ha llegado a la jefatura del Gobierno con malas artes, y es urgente que nos libremos de él para que no lleve el país a la ruina. Durante los primeros cuatro años del mandato de Zapatero la crítica del principal partido de la oposición estuvo centrada en la idea de que el circunstancial inquilino de la Moncloa quería destruir España entregando Navarra y el País Vasco a ETA, para pagarle no sé qué favores ocultos en la trama que llevó a los atentados del 11-M en Madrid. Esa táctica de desgaste no resultó (ahora hay en Euskadi un gobierno del PSOE apoyado por el PP) y el señor Zapatero volvió a ganar sorprendentemente las elecciones, prometiendo incluso que caminábamos hacia el pleno empleo.

En estas estábamos cuando estalló la crisis financiera internacional y la economía española, basada desde hace muchos años (prácticamente desde el desarrollismo franquista) en la especulación inmobiliaria, el turismo y los servicios, comenzó a hacer aguas, con el lamentable balance de más de cuatro millones de parados. Por supuesto, toda la culpa, según nos dicen un día tras otro, la tiene el señor Zapatero y hay que pedirle que se vaya (como a González) para que las cosas encuentren remedio.

Por lo que hemos oído en el debate sobre el estado de la nación, la situación es muy curiosa. Tenemos un presidente socialista que se desdijo del programa que lo llevó al poder y hace la política de derechas que le imponen el Fondo Monetario Internacional, Bruselas, Obama y los mercados. Y tenemos un jefe de la oposición que se queja de que el presidente del Gobierno haga, por fin, la política de derechas que él venía propugnando, aunque se calla si, dado el caso, él no iría mucho más allá en los recortes del llamado Estado del bienestar.

Visto lo visto, habrá que preguntarse si estos debates sobre el estado de la nación tienen algún sentido. Si las decisiones importantes se toman fuera de nuestras fronteras, ¿a qué viene ponernos a discutir entre nosotros? Y, sobre todo, ¿qué más nos da que gobiernen unos u otros, si al final todos hacen lo mismo, o muy parecido? La crisis financiera ha destapado la existencia de una crisis de representatividad.

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