19 de enero de 2011
19.01.2011
Víctimas canarias de ETA (VIII)

Asesinado en la puerta de casa

El guardia civil palmero Santiago González de Paz cayó por los disparos de tres terroristas cuando acababa de abandonar su piso en Santurce para ir a trabajar

19.01.2011 | 02:56
González de Paz juega con su primer hijo en una imagen del álbum familiar.

Eran cerca de las ocho de la mañana del 17 de octubre de 1981 cuando Santiago González de Paz, guardia civil nacido en La Palma, abandonaba el zaguán de su casa para dirigirse al trabajo en el puerto de Santurce, Vizcaya. A su esposa, María del Carmen Rodríguez Matos, le comentaron después algunos compañeros que ese sábado no tenía jornada, que se había confundido. Ella nunca lo pudo confirmar. Tampoco le interesó lo más mínimo. Lo que vivió aquella mañana fue demasiado duro como para reparar en detalles.

María del Carmen recuerda que acababa de despedir a su marido cuando escuchó unos disparos. Se apresuró rápidamente a ver lo que había pasado abajo, en la calle. "Me asomé a la ventana y allí estaba él...". La voz se le quiebra y detiene el relato cuando confiesa que también lo vio su hijo de seis años. El otro, el pequeño, no se enteró de nada porque solo tenía un año. Y allí estaba efectivamente Santiago González, tendido en el suelo, en medio de la estupefacción de quienes como él se dirigían en ese momento a sus centros de trabajo.

Santiago se disponía a subir a su vehículo, estacionado a unos 50 metros de su domicilio, en la calle Pedro Icaza de Santurce. Tres individuos (de 25 a 30 años, según consta en el archivo de víctimas del terrorismo de la Guardia Civil) se acercaron a él y le dispararon. Una bala le atravesó el corazón y otra la cabeza. El agente pudo caminar algunos pasos, pero al instante cayó desplomado, ya sin vida. Sus agresores se dieron a la fuga dando vivas a ETA en un taxi sustraído a punta de pistola a su propietario. Este no pudo ver nada, pero escuchó todo el revuelo y fue testigo de la huida precipitada del lugar: lo habían metido en el maletero del taxi y ahí seguía cuando se produjo el asesinato.

González de Paz tenía 30 años entonces. Nacido en la Isla Bonita, todavía era niño cuando se mudó con su madre a Santa Cruz de Tenerife, mientras el padre, del que ella se desligó sin haberse casado, se quedó en La Palma. Residieron la mayor parte del tiempo en la zona del mercado de Nuestra Señora de África, en la capital santacrucera. La tinerfeña María del Carmen Rodríguez lo conoció en Santa Cruz cuando ambos estaban a punto de alcanzar la mayoría de edad. "Era bueno, yo creo que demasiado bueno. Le gustaba practicar la escalada y el submarinismo", rememora María del Carmen en declaraciones a este diario desde Zamora, donde rehizo su vida después de toda aquella pesadilla.

No sabía que además de Santiago hubo otros ocho canarios a los que se llevó por delante la barbarie etarra. María del Carmen lo dice con un castellano que denota que hace mucho que reside en el norte de la Península, aunque no deja de venir a su tierra isleña una vez al año.
"Allá en Tenerife me llaman goda y aquí, canaria", apunta mientras deja escapar una sonrisa. No se queja de los apoyos recibidos en su momento, aunque admite que en Canarias nunca se hizo nada para homenajearlo salvo aquellos días posteriores al atentado. Estuvo en varios actos de reconocimiento a los caídos por la violencia separatista vasca, aunque prefirió no afiliarse a la Asociación de Víctimas del Terrorismo.

"Nos metieron en un avión militar a mí y a un compañero de Santiago que me acompañó en el viaje. El aparato hizo varias escalas. Fue agotador y muy triste. Llegamos a Tenerife de madrugada. Al día siguiente se celebraron los funerales en el cuartel de la Guardia Civil de Ofra. Estaban todas las autoridades y los mandos del cuerpo, aunque yo de esos momentos conservo recuerdos confusos", matiza González Matos.

María del Carmen lo fue superando con el tiempo, pero nunca dejó de sentir un estremecimiento interior cada vez que escuchaba noticias sobre otra acción armada de ETA, sobre todo cuando a los meses de la muerte de su marido supo por la radio, mientras estaba en una peluquería, que habían detenido a dos de los tres matones que acabaron con Santiago. El hijo mayor fallecería tres años después de aquel atentado al ahogarse en un pozo. El otro, el pequeño, llegó a ingresar en la academia de la Guardia Civil, pero renunció a entrar en el cuerpo. Es la viva imagen de su padre.

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