10 de enero de 2019
10.01.2019
Prueba

Volkswagen Golf R, experiencia adictiva

Excitante, radical, único, cualquiera de estos calificativos vale para definir al Golf de serie más potente de la historia

10.01.2019 | 14:43
Volkswagen Golf R

De todo menos aburrido

  • Como adelantábamos, Volkswagen pone las herramientas para convertir su compacto más popular en un auténtico pura sangre empezando por el motor dos litros de 310 CV y 400 Nm de par máximo. La tracción total permanente 4Motion, el cambio de doble embrague de siete velocidades y el sistema de escape Akrapovic son el acompañamiento perfecto. De añadir algo a esta lista sería el botón selector de modo deportivo, un vicio.
  • Antes y enfrentado al tráfico convencional destaca por su capacidad para mantenerse aletargado, como expectante. La dirección es suave y las transiciones entre marchas son correctas lo que sitúa el indicador de consumo en unos niveles aceptables. Eso sí, hay que cuidar en todo momento la presión que se ejerce sobre el acelerador, todo un mérito, y es que cualquier pequeño exceso podría despertar a la bestia.
  • Lo ideal es alejarse discretamente del mundanal ruido, buscar un lugar apartado y sin cruzar los límites que dicta la cordura, poner sobre el tapete algo de la raza que atesora.
  • La transformación es brutal prueba evidente de que juega en otra liga. La ruta se presta y los detalles empiezan a cobrar sentido. La dirección es más directa, la relación de cambio se acorta e incluso la precisión con la que aborda cada curva de la carretera es toda una declaración de intenciones.
  • Y aún no habíamos puesto el modo deportivo. Es entonces cuando el bramido del exterior despierta de verdad los sentidos. Esto merece un pequeño acelerón. Apuras primera, segunda, tercera y sueltas (con el cambio en manual). El petardeo proveniente del escape se torna en la sinfonía perfecta. Está claro que un circuito es su hábitat ideal. De vuelta al cuartel general seleccionas el modo normal pero ya nada es lo mismo.

No todo los días tenemos la oportunidad de acomodarnos a los mandos de un vehículo con las características de nuestro protagonista de hoy, el Volkswagen Golf R. El universo de los compactos deportivos es de los pocos que se mantiene ajeno a los vaivenes comerciales siendo Canarias –dentro de todo el territorio español- uno de los paraísos donde estos planteamientos encuentran un público más afín.

La oferta, por tanto, se mantiene. De hecho se incrementa con la llegada de nuevas propuestas como el Hyundai i30 N. Una extensión, como suele ser habitual, de la actividad desarrollada en competición por el propio fabricante. El requisito ineludible, encontrar acomodo entre el resto de sus congéneres gracias a un cierto grado de consenso entre su aptitud deportiva y su faceta más 'práctica'. Como éste, existen otros conocidos ejemplos como el Renault Mégane RS, Seat León Cupra, Peugeot 308 GTI, Ford Focus RS, Honda Civic Type R, por nombrar sólo algunos de los más populares dentro de las marcas generalistas.

Indudablemente estamos ante el modelo precursor de esta corriente y eso es, en muchos aspectos, una ventaja. El primogénito fue el GTI de 1976, sin embargo y alentada por la escalada de potencia y rendimiento dinámico de algunos de sus competidores, Volkswagen abrió una vía específica cuyo precursor fue el G60 al que le sucedieron modelos como el Golf IV R32. Una saga que desemboca en lo que hoy conocemos como variante "R", denominación adoptada con la llegada de la sexta generación en 2010.

No solo serlo, también parecerlo


Frente al popular GTI de la edición actual, la séptima, la ejecución del 'Golf R' vuelve a marcar distancia no sólo por la mayor potencia del motor 2.0 TSI -310 CV frente a los 245 CV del GTI- y la tracción 4Motion sino por una configuración de chasis más próxima a un vehículo de carreras. Aún así, el 'R' tampoco se libra de un obligado grado de concierto con el resto del común. A nuestro parecer excesivo a nivel estético y es que si no fuera por algunas referencias muy concretas es posible que para muchos neófitos su presencia podría pasar inadvertida, algo que la marca debería revisar.

Nos referimos a detalles como el parachoques delantero específico en el que se incluye una amplia parrilla inferior de refrigeración y unas tomas aire laterales enmarcadas en negro, las exclusivas llantas modelo "Pretoria" en gris metalizado de 19 pulgadas, las pinzas de freno de diseño "R" así como el alerón posterior y el sugerente desarrollo de la sección trasera, con un doble conjunto de escapes deportivos en titanio situados a ambos lados del difusor y firmados por Akrapovic.

Hay más elementos pero estos pertenecen al ámbito puramente decorativo como las carcasas de los retrovisores en cromo o los emblemas alusivos a la variante convenientemente situados sobre la parrilla, las aletas delanteras y el portón posterior. El tono de la carrocería –azul eléctrico metalizado- es un símbolo en sí mismo de su identidad rematada por los faros delanteros y traseros en tecnología LED de serie.

También es cierto que en este tipo de planteamientos el fondo prima sobre la forma y junto a su imponente postura sobre el asfalto sólo hay que adentrarse en el habitáculo para verse súbitamente atrapado por su atmósfera 'racing'. Aún así la marca no hace concesiones. El interior sigue siendo amplio, y lo acabados a la altura de lo que se puede esperar del compacto más popular de toda la historia. Los asientos, con refuerzos laterales, son bastante confortables y el volante, con levas, tiene un tacto y un agarre excepcional.

La representación de su estatus deportivo se evidencia igualmente a través de la pantalla principal y el cuadro de instrumentos digital. En el primero se puede visualizar, de un solo vistazo, información sobre las fuerzas G, la presión del turbo y el desempeño de la potencia mientras en el segundo, con cinco perfiles distintos (incluida una específica alusiva a su rendimiento), añade algunas rutinas ligadas al uso en circuito como un cronómetro para medir el tiempo por vuelta e información sobre el giro más rápida.

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