13 de marzo de 2019
13.03.2019
Entrevista | Martín Chirino

"Soy ese hombre que camina solo"

"Un artista no sólo debe ser un hombre que hace cosas, sino que tiene la obligación de ser uno mismo", afirmaba el escultor

13.03.2019 | 00:01
Martín Chirino, en febrero de 2018, en su domicilio de Morata de Tajuña.

El 10 de febrero del año pasado, semanas antes de que la galería Marlborough de Madrid inaugurara la muestra Martín Chirino en su Finisterre, la opinión de tenerife publicó la última entrevista del escultor grancanario para este medio. Hoy, apenas 13 meses después y tras el fallecimiento del genial artista, en estas páginas se reproduce aquella conversación que tuvo lugar en su domicilio de Morata de Tajuña (Comunidad de Madrid). Allí, donde hace unas semanas celebró su 94 cumpleaños junto a los suyos, el escultor abrió las puertas de su taller para mostrar una serie de obras dedicadas a la música y sus sombras y para revelar que aún entonces mantenía la curiosidad intacta. Estas son las confesiones de un gigante.

Sobre un promontorio rodeado de cipreses y olivos, en la localidad madrileña de Morata de Tajuña vive y trabaja Martín Chirino. En marzo cumple 93 años pero sigue manteniendo la curiosidad intacta, el gusto por seguir deambulando por la vida, "que es el arte", y detenerse en nuevas formas, en volver sobre lo andado, rectificar las líneas, los trazos. En mitad de esta entrevista se percató que una de sus obras, dedicada a la música y sus sombras, resultaba demasiado voluptuosa, entonces se asomó a la pieza y con esa delicadeza habitual retocó el cuadro, eliminó un tramo, para que la obra siempre por terminar tuviera un acabado más sencillo, menos recargado. Para Chirino, el arte como la vida siempre está incompleto.

En unos días, inaugura una nueva exposición en Madrid, ¿se pone nervioso, o ya está acostumbrado a estos actos?

(Se ríe) No me pongo nervioso en absoluto, esto se vuelve cotidiano. No me produce ninguna impresión, aunque sí significa una gran responsabilidad, con mi historia, con mi vida, con mi tierra canaria, española.

Por cierto se ha venido lejos de ese horizonte que tanto le gustaba mirar desde la playa de Las Canteras.

Este es un lugar maravilloso para crear. Yo vivo muy enclaustrado, y es un trabajo muy pesado que hay que hacerlo con mucha demora, con mucho amor, con mucha preocupación sobre todo a estas alturas. La exigencia es mayor, a medida que pasa el tiempo, cada vez es más grande. No sólo por mi parte, sino también pensando en aquellos que son mis coleccionistas, mis amigos, todo el mundo espera de mí no sé qué, es una gran interrogación.

Usted decía hace poco que ahora, como ya ha encontrado su lugar, su sitio en el mundo, tampoco vive tan preocupado.

Sí, he llegado a mi Finisterre. Soy de esas personas que han tenido suerte, y que consigue por fin saber quién es. Más o menos, nunca se puede ser tan pedante de decir yo sé quién soy. Pero lo he intentado y más o menos me he acercado a mí mismo.

Hablando de esa forma de ser, usted se expresa como un poeta, también en las obras que hace, con esa fragilidad del viento, la arena, la música pero después elige un elemento tan potente, tan bruto como el hierro, ¿por qué?

Esa es la gran interrogante. Cuando digo que me conozco, siempre con ese más o menos, al día siguiente te puede sorprender algo que no esperabas. Creo que lo que hay que hacer es aceptar, asumir lo que eres, que si procede de ti, es parte de tu vida. Esa especie de alienación, el conocimiento de la vida, del mundo está lleno de vértices que se convierten en extrañezas, porque te sorprenden. Yo creo que un artista no sólo debe ser un hombre que hace cosas, sino que tiene la obligación de ser uno mismo. Y lo tienes que cultivar en profundidad, y te das cuenta que los límites del arte son tan amplios, hermosos y desconcertantes como todo aquello que hacen los hombres.

¿Para usted esa fascinación por el hierro comenzó en los muelles, cuando su padre lo llevó a los astilleros?

Allí comenzó mi batalla, la hermosura de los cascos de los barcos varados. Y veías como los desmontaban y los volvían a montar. Podías ver las cuadernas por dentro, eso es un espectáculo para alguien que tiene esa concepción del espacio como la tenía yo. Y entonces lo miraba apasionadamente. Estaba todo el día con eso, no sabía a dónde me iba a llevar, pero era importante para mí.

Acabamos de ver cómo ha vuelto a retocar una pieza, usted ha dicho que le gustan las obras incompletas.

Sí, porque siempre hay un día más, esa es mi esperanza. Yo que he vivido 93 años, y siempre hay un día más. Para vivirlo, porque el arte es la vida.

Volviendo atrás, a aquellos chicos tímidos de Las Palmas de Gran Canaria, que al final deciden dejar la Isla, entonces una tierra sombría por la época, por los años duros, y llegan a Madrid.

Tanto Millares como yo teníamos claro que queríamos ser artistas contemporáneos. En la España de Franco no se podía ser otra cosa, si no te metías en el berenjenal de lo que era la dictadura. No es que nos evadiéramos sino que buscamos nuestro lugar, un lugar en el que podíamos establecer un diálogo que podía llegar a ser coherente, no en aquel momento, por supuesto que no lo era, pero sí pensamos y teníamos fe que sí llegaría el día en el que tendría sentido, y nos lanzamos a la aventura tranquilamente.

Desde Madrid, ¿la realidad que se vivía entonces en Canarias resultaba más pobre, más oscura, más retrasada que lo que encontraron?

Sin embargo Canarias tenía una luz hermosísima. Las Palmas era una ciudad dormida, tranquila, tendida junto al mar, donde nosotros nos refugiábamos. La prisa era de otra manera, eran otros momentos de la historia. Pero en aquella época nos reíamos mucho, vivíamos a golpe de correíllo, lo esperábamos sentados en la marquesina del parque de Santa Catalina. Después hacíamos una pequeña reunión: Manolo Padorno, José María Benítez, Alejandro Reino, que acaba de morir, lo siento y a veces venía Manolo Millares y Elvireta. De alguna manera convivíamos y tratábamos de respetar los sueños de cada uno. Nuestras idiosincrasias eran respetadas las de unos por las de otros.

Qué suerte poder convivir con todos ellos y que extraño, al coincidir tantos artistas en el mismo lugar y en la misma época.

Fue como un cruce de estrellas, una fuga de esas de la noche de San Lorenzo y todos corrimos hacia el mismo lugar. Aunque la verdad es que detrás de cada uno de nosotros existía la soledad más absoluta. Todo el mundo tenía el lamento de la guerra, yo tenía el pánico de lo que sucedía: la pobreza, la precariedad con la que se celebraban todas las cosas. Eso fue creando en mí una sensación de cortedad, de preocupación, que me llevó a una pesada soledad, y en medio de esa desolación, del deseo de alejarme de todo sólo quería leer, leer y leer. Yo tengo una gran formación literaria, siempre me gustó mucho igual que la música, son dos de mis grandes pasiones.

Como muestra de su amor a la música hay que mencionar los diseños que ha hecho junto con su nieta de la cartelería de la nueva Temporada de Ópera de Las Palmas de Gran Canaria.

A mi amigo y camarada, Guillermo García-Alcalde, la música nos ha unido mucho, me decía que los carteles eran bellísimos, y él espera que se haga realidad una colección de esculturas que estoy preparando. Están dedicadas a la música y a su sombra, quiero que también aparezca esa sombra, porque existe y debe estar presente. Y es probable que esa exposición se realice en algún momento en Las Palmas de Gran Canaria y en el Pérez Galdós, que es donde deben estar. Porque el Pérez Galdós es uno de mis grandes mitos, porque allí íbamos mucho.

Cuando habla de la música, que además le ayuda a trabajar, también habla de la sombra que acompaña a la música. ¿Qué quiere decir?

La música siempre ha estado detrás de mí. Me ha producido un cobijo hermoso. Cada vez que me sentía desolado escuchaba música, era una manera de evitar la desolación. De evitar el ritmo cansino que a veces sentíamos en Las Palmas. Me acuerdo que Manolo, que siempre tuvo un carácter fuerte, pero también podía ser muy gracioso decía: vámonos, que ya estoy oyendo zumbar a las moscas. Entonces, era el momento de marcharnos a otro sitio.

Todos querían irse de allí, cruzar ese horizonte.

Me gustaría saber que opinaban de eso nuestros antecesores, los que se reunían en el Café del Pombo, que fueron míticos para mí. Sé que don Benito se marchó, pero está muy oscuro todo lo que dicen de él. Aunque siempre ha quedado lo que contaban los viejos de la época, y decían que se sacudió el polvo de las sandalias cuando se fue porque no quería volver. Hoy en día los galdosianos niegan todo eso, pero la historia contada se repetía, y eso quedó. Yo admiro mucho a Galdós, lo tengo como un santo. Siento por él pura pasión. A veces en Canarias hay que irse para que te reconozcan, te vas del origen al universo pero cuando llegas a ese universo ya llevas dentro ese origen, que es lo que te hace grande. En las islas hay una especie de complejo o de maldición; esa inseguridad del canario de creer que lo importante venía de otro sitio, de fuera. A mí Canarias no me debe nada, a veces me ha dado muchos quebraderos de cabeza, pero es mi tierra y la amo.

¿Y se extraña, como a la familia?

Si no lo tenemos, los añoramos. Yo necesito escuchar el sonido del mar. Ese puente que no podíamos cruzar.

Volviendo al trabajo, a esa liturgia, me resulta llamativo que usted cuando trabaja, cuando golpea el hierro, ¿siente que hace música?

Es música, es el ritmo lo que me importa. Eso lo aprendí en el yunque. Yo necesito ese tipo de ritmo para seguir trabajando y no cansarme. No es un descanso, es una manera de soltar la herramienta y volver a agarrarla. Hay toda una demiurgia que hay que saber y aprender, eso no se explica pero se siente. El alumno que tengo aquí, Daniel, que es un gran herrero, siempre se asombra cuando le digo la música del yunque.

Resulta alentador, poder en frentarse a la obra y darse cuenta que persisten espacios secretos o por lo menos inexplicables, con esas preguntas sin respuesta.

Hay que estar siempre abiertos, porosos a todo lo que sucede. Realmente el arte es la vida y los artistas tenemos que ser claros exponentes del momento histórico en el que estamos viviendo. Hay que seguir en el camino, a mí me gusta observar las nuevas experiencias, todas las teorías que aparecen, a pesar de mi edad, sigo teniendo energía suficiente.

Usted ha dicho que no se siente mayor, y además está demostrando que la curiosidad la mantiene intacta, ¿cómo artista debe tratar de cambiar el mundo?

La verdad es que no me he puesto a pensar en la muerte, que también puede ser muy creativa. Sí creo que es importante cambiar el mundo, esa es la función del artista. Estamos en el engranaje, somos solo parte del cambio. Ya no somos grandes inventores, ni grandes generadores. Lo que no podemos ser es reaccionarios, eso es lo único que aprendí del franquismo. Yo iba rechazando ese camino. Siempre he sido un hombre muy solitario, caminando, caminando solo.

Pero ustedes huían de aquella soledad, o por lo menos trataron de hacerlo.

Pero es otro concepto de la soledad, huíamos del grupo, nos aislábamos porque era una necesidad. Creo realmente que hay que vivir fluidamente con la realidad que te toca vivir, pero sí es verdad que siempre me veía como el hombre que camina solo. Soy un eterno solitario. Pero vamos a seguir trabajando por Canarias, por todos, por la vida.

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