13 de marzo de 2019
13.03.2019

Adiós al poeta del arte

13.03.2019 | 01:08
Adiós al poeta del arte

Su vida fue una espiral imperfecta que ya ha encontrado la tranquilidad. Martín Chirino, uno de los escultores más relevantes del panorama internacional, se ha ido en silencio de forma discreta como él era. El herrero de fragua y martillo siempre necesitó respirar aire puro, limpio, no viciado. Lo buscaba como si fuera su luz. En este empeño escapaba del acontecer de un mundo convulso para defender su libertad, sin ambages y sin contaminarse. Lejos del influjo familiar, que marcó su destino (su padre fue jefe de astilleros en Blandy Brothers), el alma inquieta del maestro necesitaba beber del remanso. Para acariciar este objetivo se trasladó, hace ya cuatro décadas a un pequeño pueblo al sur de Madrid, Morata de Tajuña, que convirtió en su mejor refugio, al margen de su rincón en la playa de Las Canteras, donde la espuma del mar le servió, en más de una ocasión, de fuente fresca de inspiración. Sus espirales macizas como remolinos de agua sin fin son la mejor muestra..

En su huida del mundo exterior, aborrecía el histrionismo. "Histrión era un personaje detestable, que se destruye a sí mismo y siempre parece anclado en su yo más profundo. Es ridículo y lastimoso. Yo sólo me preocupo por estar oculto en mi mundo, sin interferencias y sin dejar que los agentes externos perturben mi quehacer", confesaba en su casa en Morata de Tajuña, donde una hilera de perfectos cipreses siempre daban una fría bienvenida al visitante. Desayunaba con el amanecer y cuándo las fuerzas le acompañaban se dirigía al estudio habilitado a escasos metros de su domicilio. Su mesa de trabajo preside aún una especie de garaje, con un lateral abierto por donde el vómito de luz suele provocar a una fragua, que ahora dormitara para siempre y queda huérfana, al igual que todos los que querían y admiraban al maestro. El ritual era invariable. El escultor se enfundaba el mismo gorro y unos guantes ajados, y comenzaba a a caminar hasta que su espíritu liberado seducía a la inspiración. En este habitat, donde primaba el orden y la limpieza, un reloj (único instrumento de plástico en este entorno metálico) ejercía de testigo de excepción en una factoría mágica, donde se congelaba el tiempo. Chirino defiendía a ultranza las señas de identidad, que son las únicas que hoy en día, pueden de verdad, marcar diferencias. Vivir con honestidad y sinceridad sin perder la perspectiva de lo que eres y adónde vas eran sus máximas.

La voz de este poeta del arte, pausada y grave, se entremezclaba con el tañido del martillo, que rompía la quietud en una lucha tormentosa y obsesionada por tocar la perfección. A través de las obras trató de plasmar esas señas personales, que son la forma de entender su mundo, lo que le hacía moverse en un contexto, que a veces no era el adecuado, pero al que que enfrentaba sin dudar. Para Chirino, la inspiración era un misterio que no tiene una imagen prevista. Una fracción incompleta que siempre debía caminar hacia lo sublime. Sin embargo, el halago no encontraba acomodo en este creador que defendía ante todo el trabajo y el esfuerzo honesto. Lo de vivir en el caldo de cultivo de la gloria era un error que se paga.

En cuanto a su mejor trabajo, el genio guardaba silencio al preguntarle y se sinceraba al reconocer que su obra perfecta, su legado más importante era su hija. Sin duda, su creación. Marta, siempre cerca de su padre, del artista, de su discurso, jugó y aprendió en los talleres y heredó esa obsesión de amar lo bello. La muerte, que es una invitación ineludible de la vida, estaba presente en las palabras de este escultor, que aseguraba en la intimidad más celosa que ya había pasado muchos ecuadores y que llegaba al final del camino. Lamentaba, sin ser plañidero, que su moldura corporal había encogido algo a lo largo de casi un siglo de existencia. Pero sólo su carcasa. Como todos los poetas del arte, Martín seguirá muy vivo junto a sus imperfectas espirales que perdurarán en el tiempo.

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