17 de agosto de 2013
17.08.2013
´la valquiria´ en el festival wagneriano 2013 

De la 'isba' rusa al crudo soviético

El aplauso hacia la producción choca con los abucheos contra ´El oro del Rin´

17.08.2013 | 02:00
Johan Botha vigila el sueño de Anja Kampe.

De la gasolinera tejana de El oro del Rin, prólogo de la tetralogía El anillo del nibelungo, pasa la dramaturgia de Frank Castorf a las granjas rurales de Rusia en la primera jornada, La Valquiria. Así prosigue su requisitoria contra la economía del petróleo, admirablemente visualizada en los decorados de Aleksandar Denic. El público internacional de Bayreuth –mayores muy encopetados y jóvenes con atuendos casual– llegado del mundo entero, se vuelca en aclamaciones a esta gran producción, sin acordarse de abuchear al injustamente tratado escenógrafo marxista de Berlín. La isba de Baku, donde arrancó la carrera petrolera rusa impulsada por Stalin, muta en el acto segundo a una torreta de perforación, llena de barriles, bidones, depósitos y alambiques, y es en el tercero una instalación industrial en toda regla, con el martillo perforador traído al primer plano. El Pravda, con una imagen de Lenin en arenga, aparece en el momento más noble y emocionante de la obra, cuando los gemelos welsungos consuman su amor al estallar la primavera en la sordidez de la granja. El periódico soviético volverá después a escena en momentos agresivamente críticos, junto a graffitti propagandísticos, una estrella y una bandera rojas, otra anarquista y proyecciones alusivas a la explotación y los estragos de la guerra por la posesión, o a las enormes heridas inferidas al planeta por la ambición del oro negro.
¿Tiene algo que ver todo esto con la visionaria epopeya de Wagner? Sorprendentemente, sí: el doble relato extrae su coherencia de la crítica global, no sectaria, de la desdicha ocasionada al hombre y a su medio natural por la economía del crudo y su mercado. La desgarrada estética Tarantino del prólogo encuentra en la de Eisenstein y el realismo socialista una parte del imaginario de la primera jornada, donde las valquirias del tercer acto no llevan atuendos guerreros sino indumentarias étnicas o regionales elegidas entre las muchas del viejo imperio soviético. Lo probable es que en las dos jornadas restantes aparezcan otros paisajes físicos e ideológicos de lo que es hoy la geopolítica del petróleo. Las magníficas estructuras levantadas sobre la plataforma giratoria del teatro (hasta seis alturas alcanza la torre de extracción rusa en La Valquieria) propician un juego espacial que es en sí mismo toda una dialéctica.
El unánime aplauso a la producción contrasta con los abucheos contra El oro del Rin, como si se abriera paso la lógica de una actualización que no hace sino ratificar la gloria de Wagner y la eterna novedad de su obra maestra. La contribución de Kirill Petrenko, frenéticamente ovacionado, es fundamental. Su dirección es inagotablemente diversa, como corresponde a una partitura tan rica en la intención expresiva de los recursos sinfónicos, las texturas armónicas, el color instrumental y la locuacidad de los timbres. En determinados pasajes, la megaorquesta tiene el sonido sutil de un conjunto de cámara que induce atmósfera y cuida delicadamente las voces. Al final, con la inefable música del fuego mágico, mientras arde una cuba con fuego real y Brunilda se niega a cerrar los ojos en el sueño al que la condena su padre, el dios Wotan, tenemos la impresión de haber descubierto horizontes aún inéditos de una partitura tan frecuentada y amada.
En el elenco sobresalen a nivel supremo la Sieglinde excepcional de Anja Kampe, conmovedora en la belleza y el poder vocal, como en el patetismo de su línea expresiva; el nobilísimo Wotan de Wolfgang Koch, cuya entrega y riqueza de acentos (impresionante la exasperación del famoso monólogo del segundo acto) completan un panel interpretativo que llega al borde de la voz quebrada en los finales; el gran volumen y la contundencia del Hunding de Franz-Joseph Selig; y el vocalmente espléndido, pero un tanto soso Siegmund de John Botha. Desigual, aunque espectacular, la Brunilda de Catherine Foster, y muy profesional la Fricka de Claudia Mahnke. Ellos y ocho magníficas valquirias, integran un recital de muy difícil olvido.

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