04 de marzo de 2012
04.03.2012

Martín Chirino: "Quiero morir con el martillo dándole al yunque"

"Cumplir 87 años me impresiona", asegura el escultor

04.03.2012 | 18:25
El escultor Martin Chirino, en el jardín de su residencia-taller en Morata de Tajuña.

El maestro cumplió el pasado jueves 87 años. Su pulso sigue firme en ese afán de esculpir y moldear el viento. Hierro y fuego continúan alimentando el hambre artística y la pasión por la vida que caracteriza a Martín Chirino (Las Palmas de Gran Canaria, 1925) con el mismo ímpetu y fascinación que cuando hace ya más de medio siglo dejara atrás la Isla, los amigos de generación, "hombres que hablaban de Canarias y el universo", la playa de Las Canteras y el horizonte físico e imaginario que le ayudaría a encontrar su reafirmación como artista.
En la residencia y taller Valyunque, en Morata de Tajuña, a unos 30 kilómetros de Madrid, el escultor no descansa. La vida en esta finca nada tiene que ver con la de un intelectual que revisa con el sosiego de los años pasados el surco de su huella en el arte moderno. "Siempre tengo un leitmotiv muy claro en mi vida, que es a Dios rogando y con el mazo dando, y sin pasión no hay vida, esa pasión no se puede controlar y es lo que me hace vivir". A las 10:30 horas del miércoles, Martín Chirino llevaba rato en pie organizando el día como suele ser costumbre.
La víspera de su 87 cumpleaños no altera en absoluto su agenda. "Sobre las 9:30 horas estoy pegado al teléfono porque son muchas las llamadas que tengo que atender", explica con una voz serena el artista, Premio Nacional de Artes Plásticas, Medalla de Oro a las Bellas Artes y Premio Canarias de Artes Plásticas. A su lado, Jesús Castaño, uno de sus ayudantes, quien le acompaña hasta el mediodía en despachar y organizar.
"Mirando por la ventana de mi cocina veo mi paraíso, veo a Rafael Monagas (uno de sus colaboradores directos) y a Pedro, el jardinero, el paisaje es una belleza increíble, de cipreses y de pinos, como vivir en La Toscana. Ya estoy cumpliendo los 87 años", bromea Martín Chirino en medio de una conversación sobre las preocupaciones del día a día.
Al maestro le gusta madrugar como un efecto que genera el espacio que le rodea. "Es algo a lo que invita vivir en el campo, uno parece que se adapta a la naturaleza, y evidentemente se va más temprano a la cama". Dice el escultor que sobre la medianoche se va a dormir no sin antes dedicar unas cuantas horas a lo que a él mismo le gusta denominar como "el trabajo intelectual". La razón es obvia: "Las tardes aquí son largas y hermosas", sentencia.
El tiempo corre despacio en la villa, siempre a voluntad de los huéspedes. Explica Chirino que "por la tarde, contesto la correspondencia, y luego mi amigo Alfredo Delgado, que es mi publicista y fotógrafo, trabaja en su propia agencia y me manda todo lo que tiene que ver con Martín Chirino en las redes sociales, lo vemos, algunos contestamos y otros nos callamos, lo de siempre. Eso queda para última hora".
El trabajo "mecánico y físico" queda para el taller, donde desde primera hora Rafael Monagas "ya está trabajando y preparando las piezas a diseñar, dibujar y forjar, porque yo sigo haciendo los bocetos". La forja no se hace en Valyunque. La obra de este canario universal se impregna del signo viajero que ha sido una constante en su devenir artístico, en un tránsito hasta otro taller en Rumanía, que goza de la confianza de Chirino. "Hay un estupendo taller de forja de un amigo que aprendió el oficio conmigo y una vez terminadas las piezas regresan a mi estudio para continuar trabajando con la ayuda del resto de compañeros", explica el artista.
La referencia al tránsito de ida y vuelta de la obra saca a relucir el hecho viajero como un carácter indisoluble entre el artista y la persona. "La trashumancia ha sido una constante en mi vida. El poeta Manolo Padorno lo llamaba nómada, y yo lo llamé el caminante. En el camino tienes que estar siempre alerta para ver todo lo que tienes alrededor, y una cosa fundamental que en el siglo XX fue muy característico, el éxito, algo que ha preocupado mucho a este siglo hasta llegar a los iconos. El éxito no es tan importante como la honestidad en el quehacer, y poder disfrutar de ciertos logros", relata el escultor.
Rara vez, Martín Chirino se sienta a la mesa antes de que sean las cuatro de la tarde. Incluso, según relata, hay días en los que vuelve a rondar por el taller por la tarde. Y lo hace sin acusar fatiga alguna. "Sigo trabajando, y sigo siendo el alma del equipo, pero la dureza del trabajo la voy descargando en amigos que son alumnos míos, gente que ha trabajado a mi lado durante mucho tiempo y ahora por el exceso de demanda, tenemos que centrarnos en dos o tres piezas a la vez".
El verbo renunciar se esconde en su vocabulario, ni mentarlo. Y no duda en coger las herramientas que décadas atrás manejaba con insultante ligereza y precisión. "Con frecuencia les digo a los compañeros en el taller que quiero morir con las botas puestas, porque desde que se descuidan estoy con el martillo dándole al yunque. Es un problema de sensibilidad a la hora de hacer la obra, y a lo mejor el otro lo puede hacer muy bien, pero a mí me parece que le falta algo", afirma.
El trabajo físico en el taller es incluso excesivo, y por ello, Martín Chirino ha procurado tener a su alrededor "gente que genere un continuo". El maestro se explica: "Muchas veces me encuentro forjando, y en un momento me dirijo a la pizarra, e incluso alguien pregunta ¿y eso por qué?, y da pie a que hablemos un rato. Es un taller de corte clásico en donde disertamos y vamos buscando explicaciones, e incluso ellos aportan ideas, que es parte importante del proceso creativo".
Su figura no siempre preside el taller. Asegura el escultor canario que "hay momentos muy mecánicos en los que me puedo despreocupar, y funcionamos como una especie de academia inventada donde hablamos de arte, de creación, a ellos les interesa oírme hablar, compartir experiencias, y se pasan los días así".
Trabajo no falta en la residencia y taller Valyunque. Enumera Marin Chirino "encargos grandes" con un par de piezas que se encuentran en proceso, y "muchas piezas pequeñas, que llamo pret-a-porter. Siempre hay una preocupación de alguien que quiere tener obra mía, y el momento es crítico y muy extraño, pero digo y repito que los artistas siempre hemos estado en crisis".
No hubo el jueves grandes fastos en Valyunque por el 87º aniversario de Martín Chirino. El protagonista reconocía un día antes: "No soy de grandes celebraciones, seguiremos igual y supongo que por la tarde noche nos reuniremos a cenar con mis hijas, nietos, y estos amigos". Al escultor canario no le da vértigo alguno cumplir 87 años. Sin embargo, la cifra se presta a una reflexión acerca del paso del tiempo. "Este tipo de cosas me impresionan, y no me gusta hacerlo aunque cumplir 87 años es toda una realidad, es una mecánica del tiempo en la que estoy inmerso. Tenemos una serie de tics adquiridos, muy agradables algunos de ellos, y no rechazo el hecho de cumplir años, ni una celebración, es una evidencia, hay que celebrar la vida y sentirse bien con ella, que está muy bien, pero siempre teniendo bajo control todo lo que sucede, y entender que todo lo que sucede es lo mejor que puede pasar, y siempre sabiendo lo que está pasando".
La condición de isleño ha marcado notablemente la personalidad artística de un escultor como Martín Chirino. Esa circunstancia geográfica que lo emparentó, en palabras del poeta Juan Manuel Bonet con la "formidable vanguardia canaria de la posguerra civil", ha permanecido a su lado en la exploración de la identidad, en la búsqueda de la raíz, en el camino a su total afirmación como artista.
Asegura el escultor: "Mi obra tiene un aspecto intelectual y de pensamiento, de desarrollo mental importante, y siempre Canarias está muy presente. Tengo claro que se va de lo particular a lo universal, y entonces siempre mi lugar de origen es muy importante, no he podido prescindir de él. Realmente, busco mis orígenes, mis fuentes, y soy de las personas que creen en lo identitario claramente, y esto me va reafirmando, me da fuerzas y me da la diferencia que necesito como artista para que cuando expongo estos discursos en medio de mi obra tengan una referencia".
Lejos de cualquier polémica histórica y/o artística acerca de su relación con el Archipiélago y viceversa, Martín Chirino deja claro que cada vez que nombra a Canarias surge la pregunta "¿qué le debe usted a Canarias? Y digo que no me debe nada, ni yo tampoco debo nada a las Islas, yo soy canario, esa es la diferencia, y ese ser es muy importante en cualquier actividad que hagamos, máxime si está impulsada desde la emoción".
Fue la búsqueda de esa identidad la que llevó a Chirino hasta París, Inglaterra, Madrid, Nueva York... Primero para descubrir en la obra de Julio González las formas de una nueva escultura, de moldear el metal, y sentar los cimientos de su lenguaje, y luego ir asentando un concepto artístico en desarrollo constante, reinterpretando la tradición hacia otros caminos que a juicio de los especialistas en su obra llevaría hasta la Espiral, el símbolo que representa la ansiedad del artista. Es, en sus palabras, un elemento que se implantó en su imaginario como "alegoría del viento" y que permanece "como muestra de una coherencia de una trayectoria marcada de principio a fin por las raíces de mis orígenes".
Esta aseveración del escultor canario, extraída del discurso que ofreció en 2009 al ser nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, es reflejo de su obsesión en la búsqueda de las formas imposibles del hierro. Y aunque Chirino comenzara a "forjar hierro en un país pobre, de escasez y de chatarreros", los años han atemperado el ímpetu transgresor sin perder su característica lucidez intelectual.
Pocas ganas de lucha le quedan al artista que asegura que encontró su propio vocabulario plástico a partir de encontrar y descubrir a otros creadores, que a su manera le forzaron a cuestionar el papel que debía desempeñar en el arte contemporáneo. Tampoco le quedan muros por derribar a este activista del grupo El Paso, y artista metido en la gestión cultural como director del madrileño Círculo de Bellas Artes, y conductor inicial y aglutinador de voluntades del proyecto tricontinental del Centro Atlántico de Arte Moderno.
El mundo mitifica", dice Martín Chirino, "y vivimos en una sociedad de barreras y respetos a través de esa mitología que desarrolla la sociedad. Y desentrañar esos mitos es importante. Te das cuenta de que tú puedes formar parte de esa historia y construirla de la misma manera de la que la han construido otros".

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