28 de abril de 2009
28.04.2009
40 Años
40 Años
Santiago Gil | Escritor

"No creo en las patrias ni en las tradiciones forzadas"

27.04.2009 | 01:00
"No creo en las patrias ni en las tradiciones forzadas"

Encontrarse con un escritor que tenga las cosas tan claras como Santiago Gil (Guía de Gran Canaria, 1967) no es nada fácil en los tiempos que corren. Tuve el honor de compartir desayuno con él en una transversal de la calle Triana de Las Palmas. Ha publicado sobre todo novela: Los años baldíos, Por si amanece y no me encuentras, Un hombre solo y sin sombra y Cómo ganarse la vida con la literatura.

También poesía: Tiempos de Caleila y El color del tiempo. O libros de aforismos y microficciones: Tierra de Nadie y Equipaje de mano. Cuentos como los que se recogen en El parque y, faltaría más, también un libro de memorias de infancia, Música de papagüevos. Licenciado en Ciencias de la Información por la Complutense de Madrid, hoy se debate entre la vida y la muerte dedicado a los gabinetes de comunicación... Por supuesto que mi cruasán se quedó apenas en nada, pero me picó la curiosidad de saber cómo un hombre puede ser tantos hombres sin dejar de llamarse Santiago Gil.

-¿Cuántos yo hay dentro de un escritor?

- Todos los que sean necesarios para escribir. Ya la vida es suficientemente aburrida y previsible como para encima negarle a la literatura los yoes que precise para compensar tanta estulticia y tanto hastío cotidiano. Uno cuando se despierta no sabe con qué yo va a amanecer ese día? Yo amanezco muy temprano cada día, antes del alba, y es justamente a esas horas cuando suelo escribir, cuando todavía andan hermanados el yo prosaico de la vida diaria y el que acaba de despertar de los sueños. Por tanto me muevo en un mundo muy cercano todavía a los sueños y al inconsciente, a esos otros yoes que sí es verdad que no controlamos y que crean historias libremente con lo que metemos en nuestro cerebro. Realmente el yo que escribe, y que de alguna manera también sueña, lo gestamos en lo que vamos haciendo cada día. Uno escribe en todas partes aunque no sepa que está escribiendo. Ningún amor es intrascendente, ni tampoco ninguna pena pasa definitivamente al olvido.

- Vaya, que no es un asunto calculado y por turnos?

- A veces se intercalan todos los yoes, y en la misma mañana puedo estar con los tres o cuatro que llevo encima para escribir uno o dos folios. Cada uno aporta lo suyo y no hay disputas entre ellos. Yo dejo que mis yoes decidan los textos. Lo que sí intento hacer es alimentarlos bien cuando no están trabajando?

-Cuénteme ese secreto. A lo mejor le puede interesar a más de un escritor?

-Dependen mucho de lo que lea, de lo que ame, de lo que viva e incluso de lo que beba. El té, por ejemplo, se vuelve imprescindible para todos ellos. El alcohol casi siempre los desborda y los deja escribiendo tonterías e incongruencias que generalmente no sirven luego para nada. Y además, cuando llega la resaca, la existencial, todos ellos desaparecen y me dejan solo con el yo del que trato de escapar todo el rato: el yo de las angustias, las lamentaciones y las derrotas. Al contrario de lo que la gente piensa, ése es un yo poco productivo. Lo destruye todo. Hace tiempo que aprendí que a los yoes hay que mantenerlos a salvo en la mejor armonía posible. La virtud, decía Darío, está en ser sereno y fuerte. Y ellos y yo, nosotros, tratamos de cumplir, siempre que podemos, con lo que dijo Rubén.

-¿Podría entonces deducirse que es un escritor con disciplina o me equivoco?

-Mi yo del domingo no tiene nada que ver con el del lunes o el del miércoles. Si es domingo no salgo a la selva a trabajar, y por tanto me puedo quedar en casa leyendo un buen libro, hojeando el periódico, tomando un buen vino o siguiendo un partido de fútbol. A veces escribo y a veces no, aunque si no lo hago puedo estar de peor humor? Entre semana sí que levanto al otro yo entre las cinco y las seis de la mañana y lo siento a escribir en el ordenador: lo tengo que dejar escrito antes de marcharme a trabajar a las ocho. Si no lo hago me remueve las neurosis y las obsesiones. Si lo dejo escrito me permite renunciar a la creación, y por tanto a la vida, durante ocho horas o más. Da lo mismo lo que haga para ganarme la vida fuera de la literatura: no me gusta nada, así trabaje como un galeote o me toque las narices. Es lo mismo que me pasaba cuando me metían todo el día en el colegio. Se acababa la libertad y el juego. Ahora pasa lo mismo, pero como ya no sabemos jugar escribimos.

-¿Hasta qué punto, en su caso, el yo biográfico es el motor imprescindible de sus libros, de todos sus yoes?

-Cuando escribes vas siendo todos los yoes que eres, que fuiste y que sueñas con llegar a ser. Siempre estoy a través del inconsciente, en todo lo que escribo, en el personaje malvado que saca lo peor de mí y en el bendito que se comen las moscas? Estoy con Gil de Biedma cuando decía que su tema era él y el tiempo, su paso por su propio tiempo. En la novela eres y no eres. Los personajes van cogiendo cosas tuyas, de la gente que te rodea o de lo que vas leyendo en el periódico o encontrándote por la calle. Uno, cuando escribe o cuando lee, aprende a ponerse en el lugar del otro. Te sirve para entender mejor tus contradicciones y para saber que pudiste ser cualquiera de los seres vivos que se mueven por el planeta.

-¿Conoce de antemano quién le espera al otro lado de sus libros?

-Piensas y no piensas en nadie cuando escribes. Supongo que sabes que habrá gente con obsesiones, miedos y neuras parecidas a las tuyas. Esa cercanía y esa semejanza es la que también nos acerca más a unos escritores que a otros. Lo que no se le puede perder nunca es el respeto al lector. Hay que ofrecer siempre lo mejor que uno sepa hacer.

-Apenas me ha dicho nada sobre ese otro yo suyo periodista? ¿Es un as que se guarda en la manga?

-No, no me lo guardo? Gracias al periodismo he podido trabajar cerca de las palabras, y además me han pagado por ello, lo cual es un milagro en el mundo de las letras, donde todo el mundo te pide textos y libros gratis como si tuvieras que trabajar por amor al arte, o porque le debieras algo a toda la sociedad por el simple hecho de escribir? Ese es, de todos mis yoes, el más nervioso y certero, en el que particularmente me he curtido durante años. Como a García Márquez, a mí también me enseñaron en la redacción de un periódico cuándo había que cortarle el cuello al cisne para no quedar a merced de la excesiva hiperestesia y de los ditirambos innecesarios.

-¿Puede beneficiar en algo al escritor literario haber estudiado periodismo?

-El haber estudiado periodismo influye en un escritor tanto como haber estudiado ingeniero agrónomo o veterinario. No influye en nada.

-Anda, pues yo pensaba que usted como escritor era uno de sus beneficiados?

-Si acaso, en caso de que estudies fuera de las islas, influye el ambiente cultural de esa ciudad, sobre todo, como en mi caso, si lo haces en Madrid. Y además en la facultad de Periodismo de la Complutense, por lo menos a principios de los noventa, se aprendía mucho en la cafetería (había hasta un camarero, Chema, que era un magnífico poeta), el lugar en el que varábamos todos los que renegábamos de lo académico y de las clases infumables. La carrera debería de llamarse Comunicología y no Periodismo. Estudiabas todo el rato teorías de la Escuela de Palo Alto y todas aquellas cosas que no me han servido luego ni para la literatura ni para el periodismo. Lo que sí influye en un escritor es el ejercicio de la profesión periodística, por la disciplina que te proporciona y porque aprendes a ser menos retórico y más comunicativo y directo? A mí el periodismo me dio la disciplina diaria y la precisión del lenguaje.

-Entonces algo es algo, ¿no?

-Vamos a ver? Estoy con Hemingway en que es un oficio imprescindible en la formación de un escritor, pero siempre y cuando lo sepa dejar a tiempo. Tras más de cinco años en una redacción te absorbe la vorágine del trabajo y casi no tienes tiempo ni de leer un libro. Cuando escribes en un medio te enfrentas a diario al lector, a toda clase de lectores, y pierdes ese vértigo que tanto paraliza a veces a los escritores? Ahora trabajo en un gabinete de comunicación y mantengo distintas colaboraciones en prensa escrita, así como un blog, http://blogdesantiagogil.blogspot.com, que me está deparando grandes sorpresas por lo que tiene de instrumento para derribar fronteras.

-Por cierto, hablando de derribar fronteras? Usted que vivió en Londres, Dublín o Madrid, ¿de dónde a dónde cree que hay más distancia: entre Las Palmas y cualquiera de esas ciudades o entre las dos provincias canarias?

-Hay mucha más distancia entre Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria que entre cualquiera de las dos ciudades y Madrid. No nos miramos unos a otros, ni nadie de ninguna de las dos provincias canarias se pone como meta la capital de la otra. Todos queremos salir porque sabemos que en todas estas islas encontraremos más o menos lo mismo. Y eso que nos nutren y nos permiten ser quienes somos, o quienes éramos? Londres es una salida inevitable para los canarios. Yo, por ejemplo, estuve en Londres tres veces antes de pisar Madrid. Dublín era una entelequia que se vino abajo cuando viví en ella. Demasiada religión y por tanto demasiado confesionario para purgar las mezquindades. Londres, en ese aspecto, es mucho más sincera, a pesar de ser mucho más dura y más gris, pero es un gris que paradójicamente te ayuda a ver las cosas más claras? o más brumosas, que es como siempre se ve mejor todo lo que a uno le importa.

-¿Es de los convencidos de que se escribe para comunicar?

-Siempre, sobre todo para comunicarnos con nosotros mismos, tan solos y tan estupefactos en medio de una existencia que no entendemos.

-¿Hasta qué punto gira alrededor del elemento emocional toda su escritura?

-Para mí la palabra es emoción, como lo puede ser un acorde para un músico o una pincelada para un pintor. La diferencia entre un acta notarial y un texto literario radica justamente en la apuesta por la emoción que tiene este último. Si no logras que tu palabra emocione a un lector no sirve de nada lo que has hecho. Si no llegas a quien te lee estarás escribiendo sólo para ti, o andarás haciendo ejercicios con los dedos. Pero ya te digo que no hay que confundir la emoción con la hiperestesia ni con los nenúfares. La emoción también está en el ritmo, en la ironía e incluso en los signos de puntuación que uno utilice?

-E incluso, diría yo, en una dedicatoria de un libro tuyo a su perra Gilda?

-Gilda era mi perra. Murió hace un año. Tenía doce cuando la perdimos. Teniéndola cerca, convivía a diario con la ternura y la lealtad. Su pérdida fue uno de los golpes más fuertes de mi vida? Aprendo mucho en la mirada de los perros y en todo ese atavismo que nos hermana y nos iguala. Por eso cada vez detesto más a los pedantes y a los engreídos que se creen el centro del mundo por haber escrito unos versos, unas novelas o unos cuantos titulares de periódico.

-¿Ser escritor canario conlleva pertenecer a una tradición literaria canaria?

-No creo en las patrias ni en las tradiciones forzadas que te unen a una cultura porque has nacido en determinado lugar del planeta. En eso soy muy universal y radicalmente anarca. Sólo creo en las patrias literarias. Me siento más cerca de Kafka, de Pessoa o de Saul Bellow que de un escritor de La Orotava o de Arucas. Si coartamos la posibilidad de una lectura universal estaremos contribuyendo a crear una generación de analfabetos funcionales y alicortos que acabarán pensando que lo que tienen en casa es lo único que vale? Me considero cercano a Galdós, a Arozarena, a Alonso Quesada o a Luis Feria, pero no porque hayan nacido en Canarias: son universales, y su concepción de la literatura también lo es. Eso es lo único que me importa. Si un libro, como decía Kafka, no me golpea en el estómago en las primeras veinte páginas lo cierro y busco otro. No miro dónde ha nacido el autor, ni tampoco cuándo.

-¿Cómo se consigue resultar tan convincente en alguna novela suya utilizando las propias calles de una ciudad como Las Palmas de Gran Canaria?

-Porque cualquier calle del mundo tiene una novela si uno se asoma a ella con ganas de contar, y nosotros, con tanto mestizaje, tanto puerto y tanto turismo, tenemos calles muy literarias. No hay que renunciar a ninguna ciudad, las hay más literarias que otras? Mi próxima novela Las derrotas cotidianas, se convierte en una historia muy urbana situada también en Las Palmas de Gran Canaria, tirando más a la marginalidad que encierran muchos barrios y al entorno cosmopolita de la zona de la Playa de Las Canteras, pero con ese mosaico de contradicciones que son las grandes ciudades de nuestro tiempo.

-¿Qué conlleva que casi todos sus libros estén publicados por Anroart?

-Está claro que la cercanía de una editorial, y por tanto de los editores, es la que muchas veces hace posible el contacto entre el escritor y los lectores. Nosotros, en ese sentido, lo tenemos más difícil que un escritor argentino, colombiano o mejicano. Allí, las grandes editoriales españolas, han montado sucursales donde publican -por costes y posibilidades de venta- a los autores locales; luego los que destacan dan el salto a la Península, generalmente con un gran premio de la propia editorial debajo del brazo. Canarias, como parte de la misma cultura y el mismo sistema económico de esas editoriales, no se ve beneficiada por esa apuesta, y en el fondo estamos tan lejos, mental y espacialmente como esos países. Ese hecho propicia parte del aislamiento de quienes escriben aquí? El hecho de que aparezcan editoriales privadas radicadas en Canarias, y que publican autores canarios y foráneos, y que al mismo tiempo distribuyen en todo el país, ayudaría a romper esas barreras comerciales y mediáticas. Eso es lo que ha pasado, por lo menos en mi caso, con Anroart. Sus libros están en las librerías de la Península como cualquier otra editorial, y eso hace que llegues a más gente, que te llamen de fuera, y que lo que escribes no se quede sólo dando vueltas entre Fuencaliente y Haría.

-El título de su última novela publicada es sorprendente: Cómo ganarse la vida con la literatura? ¿Ya puede uno ganarse la vida escribiendo en Canarias?

-¿Ganarse la vida con la literatura en Canarias? Ni prostituyendo las palabras sacarías para llegar a fin de mes? Aquí interesa poco la palabra, sobre todo a la clase política.

-¿Esa última frase suya es una boutade del escritor Santiago Gil?

-No es una boutade ni afecta sólo a Canarias. El G-20, por ejemplo, sólo se reúne para hablar de economía, y en los debates sobre el estado de la nacionalidad canaria no aparece la palabra cultura por ninguna parte. La educación pública está de pena, casi no se promueven actividades que incentiven el acercamiento a la cultura y la venta de libros se está viendo afectada gravemente por la crisis. Está claro que no es de lo que comemos, pero esas dejaciones sí tendrán mucho que ver con el desarrollo y la inteligencia futura de quienes habiten estas islas.

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