07 de marzo de 2019
07.03.2019

Miércoles de ceniza | Duelo desde los fondos marinos

El luto se adueña de las calles chicharreras en otra despedida multitudinaria a la Sardina

07.03.2019 | 00:59
Miércoles de ceniza | Duelo desde los fondos marinos

Los gritos de desesperación, las lágrimas y los sollozos tomaron ayer las calles de Santa Cruz de Tenerife para despedir a la difunta Sardina del Carnaval de las Profundidades Marinas. Este año, el tema escogido para las fiestas de carnestolendas fue sin duda para ella como haber estado en casa y por eso nadó como pez en el agua pensando que su vida podía prolongarse más allá del Miércoles de Ceniza. Pero ni por esas. Como cada año, volvió a sucumbir tras las primeras noches del Carnaval. Y siempre le pasa lo mismo, que no puede acabar de vacilar en los días que aún quedan de Carnaval, osea el fin de semana de Piñata.

Miles de carnavaleros acudieron a la procesión, quema y entierro, que como cada Miércoles de Ceniza, anuncia la recta final de la fiesta. Sin embargo, eran muchos los que se resistían a concluir las carnestolendas y lloraban desconsolados durante todo el recorrido que partió anoche poco después de las 22:00 horas desde la calle Juan Pablo II de la capital tinerfeña.

La comitiva inició el desfile con la Sardina a la cabeza flanqueada por la Afilarmónica Ni Fú-Ni Fá. Acompañándola, decenas de viudas y viudos que no podían reprimir las lágrimas al tener que despedir a la Sardina. Junto a ellas curas, cardenales y monjas tampoco quisieron perderse uno de los entierros más multitudinarios del año. El desfile continuó hacia la plaza Weyler, pasando la calle Méndez Núñez, la calle Pilar, Villalba Hervás y La Marina hasta llegar a la plaza de España, donde como es tradición se le prendió fuego teniendo lugar la quema de la Sardina en la Avenida Marítima.

La previsión era que la comitiva fúnebre partiera a las diez de la noche y este año casi lo consiguen, pero tampoco pudo ser, como cada año que muere y vuelve a morir, ya sea sardina o chicharro. Es tanto el sufrimiento que despliega la corte de plañideras, y tan difícil el momento de la despedida, que las primeras llamadas de advertencia que hacen los agentes de la Policía Local para que dé comienzo el recorrido suelen ser desatendidas.

El Carnaval entra en su recta final y muchos son los que lloran el momento de la despedida. "Ay, mi sardina querida, con lo bien que se te veía en la noche del lunes de Carnaval" o "¿Por qué nos has abandonado con el vacilón tan grande que teníamos", eran algunos de los desgarradores comentarios que hacían las viudas -del Chicharro- o los viudos -de la Sardina-, porque en Santa Cruz nunca se sabe si lo que se entierra es una Sardina o un Chicharro, digan lo que digan los organizadores del acto, porque al final entre los sollozos se llora por una o por otro.

El entierro de la Sardina -que es otro elemento de discusión carnavalero porque nunca se entierra, sino que se incinera, congregó a cientos de personas que no quieren perderse el desfile más divertido, desordenado y loco del Carnaval. Los participantes, lejos de desfilar con el ritmo y el orden que requiere otro tipo de comitivas, se paran cada pocos metros para vacilar con los curiosos y noveleros que se dan cita en las calles.

Las paradas tienen su aquel porque lo habitual es que tengan como protagonista a alguna que otra viuda que pierde el aliento, el tino, y le da una lipotimia ante tanto dolor acumulado, lo que provoca las continuas caídas en la calle por los desmayos.

Y miren si dejó viudas y huérfanos el Chicharro. Enganchados a sus pechos, algunas no tenían opción más que darles de mamar en plena vía. Su retoño nacía por la mañana del mismo día en el que encontraba la muerte. Otras viudas aún llevaban en el vientre el fruto del pecado cometido durante las carnestolendas.

Pepe Benavente y El Morocho animaron a tanta desconsolada como había frente al edificio de Capitanía Militar, pero ni siquiera sus voces pudieron dar algo de sosiego anoche al dolor de tantas personas.

La Sardina de este año, diseñada por Javier Caraballero, descansaba en su carroza sobre un pulpo rojo brillante. En su cabeza, una especie de yelmo romano y sobre los ojos, unas pestañas dignas de una estrella de Hollywood.

Al lado de ella, como otros años, la Sardina iba escoltada por miembros de la Fufa y un tropel de personajes. El señor de la palmatoria y Harpo Marx fueron de los más puntuales en llegar a la cita. Al rato, las Celias llegaban vestidas de luto. Junto a la cabecera de la comitiva, los grupos de viudas intentaban compaginar los gritos de angustia con los sorbos a vasos llenos de bebida -todo sea para poder soportar un dolor tan grande-.

Fue una comitiva digna de recordar en el que los únicos elementos que faltaron fueron el decoro, el silencio y el recato. Y más de uno seguro que perdió la poca voz que aún le quedaba.

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