02 de marzo de 2009
02.03.2009
Cuando las entrañas de la isla se abrieron

Cien años de la erupción del Chinyero

02.03.2009 | 16:23
Imagen actual del Chinyero.

El 18 de noviembre de 1909 la tierra tembló. Se trataba de la eupción del volcán Chinyero, un acontecimiento que despertó temor en losmunicipios limítrofes a lo que ahora es el Parque Nacional del Teide. Este año se cumple el centenario de la última vez que el Teide avisó que sólo está dormido y que su actividad, lejos de extinguirse, está viva. Los numerosos testimonios recogidos en la prensa de la época y las investigaciones científicas recientes hacen de esta efeméride una de las erupciones mejor documentadas de la isla de Tenerife.

Eran las dos y cuarto de la tarde del 18 de noviembre de 1909. Un grupo de peones trabajaba en la finca propiedad de Antonio Cabrera y Alvarado. El terreno, dedicado a la siembra de millo, se encontraba en la zona conocida como Cerro Gordo en la zona de San Juan del Reparo, enclave ubicado en la localidad de Icod de los Vinos. Los trabajadores hicieron un alto para comer, y en ese momento percibieron un estruendo y la tierra se tambaleó sobre sus pies. Al miedo siguieron los gritos y la pavorosa huida. Casi cien años después de la última erupción registrada en el Teide, la tierra volvía a vomitar fuego. A los habitantes de Tenerife les esperaban casi dos semanas de incertidumbre ante e fenómeno natural de la erupción del Chinyero.
Los periódicos se hicieron eco de la noticia y comenzaron a publicar crónicas que despertaron el interés de los rotativos nacionales. Sin embargo, y gracias a la labor investigadora de Carmen Romero Ruiz, conocemos una sucinta relación de lo acontecido el día y las semanas siguientes a la erupción. Romero en su libro Las manifestaciones volcánicas del Archipiélago canario recoge una memoria histórica explicativa del impresionante fenómeno natural que sacudió la Isla. El texto fue redactado por Antonio de Ponte y Cologán, licenciado en Farmacia y catedrático de Ciencias del Instituto de Canarias. Su visión científica y la agilidad de la narración nos ofrecen un documento de notable valor histórico. Según relata Antonio de Ponte, la primera autoridad en tener conocimiento de la noticia fue el alcalde de Garachico, Manuel Valcárcel. El conocimiento de la erupción puso en alerta a toda la población de la localidad, ya que aún se recordaba con espanto los ríos de lava que devastaron en 1706 la que fuera una de las primeras ciudades de Canarias. Fue el concejal del consistorio garachiquense Gaspar de Ponte y Cólogan el primero en llegar al lugar de los hechos. "Al llegar á La Culata, observó que los moradores habían abandonado sus hogares, reuniéndose en un lomo ó alto que la lava del anterior volcán había formado", relata Antonio Ponte.
Según este excepcional cronista, el pánico cundió entre la población de Garachico. "Allí había enfermos que fueron transportados a hombros de su familia, mujeres que sollozaban; niños y ancianos que gemían dolorosamente; sus ganados en revuelta confusión; los muebles de sus pobres viviendas amontonados en diferentes sitios y presidiendo esta escena de desolación, la imagen de la Virgen á quien dirigían súplicas ardientes".

El mar de fuego
El siguiente día de la erupción, el fulgor de las llamaradas continuaba tiñendo el aire. En aquel momento, los curiosos que se acercaron al núcleo del fenómeno pudieron contemplar entre temor y admiración un ingente río de lava. Antonio Ponte indica que el ancho de la corriente era de doscientos metros y su espesor de dos metros. Como buen científico, dictaminó que la velocidad a la que avanzaba, inexorable, la lengua de fuego era de 16 metros por hora. Otro dato curioso que encontramos en su crónica es la sensación de ausencia de peligro. "Había tan poco peligro en aproximarnos á la lava, que podíamos encender los cigarrillos en las mismas piedras que recogíamos con ciertas precauciones y ayudados de la lanza que nos servía de apoyo". En los días consecutivos, el gobernador civil y las autoridades de la Isla comienzan a tomar medidas de precaución y los ánimos se van apaciguando. La erupción se localizaba en un perímetro claramente definido, entre las montañas de las Flores, Riegos, Bleque, Poleos, Cruz y Blima. El temor de que la erupción fuera sólo un tenebroso preámbulo de otra catástrofe mayor que tuviera al Teide como protagonista lleva al propio Antonio Ponte a emprender un viaje de exploración para medir las temperaturas en el cráter del citado volcán, comprobando con alivio que se encontraban dentro de los parámetros normales. Los rotativos tinerfeños se hacen eco de la noticia. El periódico La Opinión recoge el devenir de la erupción el 20 de noviembre de 1909, publicando los telegramas entre las autoridades en los que se indica que la lava se dirige a Tamaimo y a la localidad de Guía de Isora. Los vecinos de esta localidad, junto con los habitantes de Icod de los Vinos y Garachico abandonan sus casas. Los desplazados son principalmente campesinos. La lava pone en evidencia la sociedad tinerfeña de la época. El Colegio de Practicantes de Santa Cruz de Tenerife se pone a disposición de las autoridades para ofrecer ayudas en el caso de producirse víctimas. Afortunadamente no hay desgracias personales. A medida que transcurren los días la tierra se abre hasta en nueve ocasiones, escupiendo lava por nueve cráteres distribuidos en más de un kilómetro. Antonio de Ponte señala que la mayor de las bocas se ubicaba en la zona del Llano del Trigo. Este mismo autor, recogido en su estudio por la investigadora Carmen Romero Ruiz, establece que la lava se encontraba a una temperatura de 2.400 grados centígrados y que la erupción ocupó una superficie de 1.290.000 metros cuadrados. La espectacularidad del fenómeno volcánico despierta la llamada de los curiosos y de los fotógrafos, que acuden a la zona del Chinyero a documentar un incidente natural que quedaría plasmado en numerosas fotografías y postales. A los cuatro días de la erupción, la noticia ocupa las gacetillas de ediciones de tirada nacional y en revistas como La Ilustración Española Americana se relata cómo a pesar de la ausencia de víctimas mortales la erupción "ha empobrecido á muchos labradores quemando huertas y arrasando cepas y platanares, secando fuentes y sepultando tierra vegetal". Las lenguas de fuego apreciables en las cercanías de los núcleos de la erupción dieron paso a otro elemento no menos inquietante. Las explosiones y salida de material ígneo a la atmósfera cubrió el cielo de una densa neblina en forma de ceniza. Según Antonio de Ponte, la altura de la columna de ceniza alcanzó los 200 metros de altura expandiéndose por efecto del viento por toda la comarca del norte de la Isla. Los desplazados por la erupción reciben ayuda desde la capital. Dada la escasa infraestructura viaría de la época, se trasladan víveres para los damnificados por vía marítima. De esta manera, según recoge la prensa de la época, en los primeros días de diciembre varios vapores parte de Santa Cruz de Tenerife hacía la Isla Baja con numerosas provisiones.
Tras nueve días de erupción ininterrumpida, la tierra se agota, da una tregua y las lenguas de lava comienzan a extinguirse. Los gases sulfurosos que acartonaban el aire de las cercanías del núcleo del fenómeno volcánico se disipan paulatinamente.Los vecinos, muchos de los cuales habían huido de localidades como Guía de Isora por vía marítima, regresaron a sus hogares. Muchas huertas quedaron afectadas pero se respiró con alivio al comprobar que la fuerza de la tierra no había sido comparable con la devastadora erupción de 1706. La que cambió el destino de Garachico con una bien posicionada promesa de capitalidad y la que acabó con su esplendor comercial propiciado por el populoso y fructífero puerto. Para la historia quedaron crónicas como la mencionada de Antonio de Ponte y la numerosa documentación hemerográfica, además de las fotografías que dejaron constancia del fenómeno natural. Habría que esperar décadas para que en la isla de La Palma se viviera un acontecimiento parecido. Sería en 1949 con el volcán de San Juan y en 1971 con la erupción del volcán Cumbre vieja o Teneguía. Sin embargo en esta ocasión la violencia del fenómeno creo más expectación turística que pavor entre la población. El próximo 18 de noviembre se cumplirá cien años de la erupción del Chinyero. Una efeméride que para los científicos no debe pasar desapercibida por su trascendencia. Las lenguas de fuego avivaron la parte más solidaria del pueblo de Tenerife y el fervor religioso. A pesar de haber transcurrido dos siglos desde el desastre de Garachico, se concelebraron misas y oraciones. Se prodigaron las rogativas y las solicitudes a la Virgen para que parara la lava. El isleño se volvía a reencontrar con la conciencia de habitar con una bomba de relojería volcánica bajo sus píes.
Tras nueve días de tormenta de fuego, el Chinyero cesó de bramar y las llamas se fueron apagando. Era el turno para las crónicas, no menos encendidas, en los periódicos de todo el Archipiélago y para las mediciones científicas. La inquietud duró poco. Los vecinos regresaron a sus hogares e intentaron de olvidar lo acontecido mirando de reojo la sombra alargada e imponente del Teide.

"No estamos preparados"

El director de la División de Medio Ambiente del Instituto Tecnológico y de Energías Renovables (ITER), Nemesio Pérez, espera que el recuerdo de la erupción del Chinyero despierte la conciencia de la población y las administraciones sobre el riesgo volcánico en las Islas. "Estamos mejor preparados que en 1909 para afrontar una erupción volcánica en Tenerife, pero no lo bastante preparados y nos queda mucho camino que recorrer". Pérez pone como ejemplo de la falta de conciencia en cuanto al riesgo volcánico los retrasos en la puesta en marcha del Instituto Vulcanológico de Canarias. "Tras la erupción del Chinyero, el catedrático Lucas Fernández Navarro afirmaba que la no creación de un centro de estudios de los riesgos volcánicos era un acto de lesa ciencia, y esas palabras siguen siendo válidas cien años despúes". Para el responsable del ITER, la falta de conciencia vulcanológica supone una asignatura pendiente. "Hay mucha dejadez por parte del Estado y de las administraciones de la región. El retraso de la puesta en marcha del Centro Vulcanológico se debe a los reinos de taifas que existen en las administraciones y evidencia una mezcla de ignorancia y desidia". Para Pérez, de producirse una erupción similar a la acaecida en 1909, las consecuencias serían imprevisibles. La razón es sencilla, en 1909 la población en Tenerife no excedía los 180.000 habitantes pero hoy se sitúa en un millón de personas incluyendo a la población flotante fruto del turismo. "El riesgo volcánico en la actualidad es más elevado que en 1909. No se ha realizado una planificación urbanística en función de los riesgos vulcanológicos". Esta falta de sensibilización o conocimiento de las posibles consecuencias de una erupción incide en la planificación urbanística, que no contempla la ubicación de infraestructuras potencialmente peligrosas en caso de un fenómeno vulcanológico como son las gasolineras y la ubicación de nuevos núcleos poblacionales. "El Senado aprobó en 2005 la creación del Instituto Vulcanológico de Canarias, una decisión ratificada por el Parlamento de la comunidad en 2006, sin embargo aún no hay ni ubicación ni proyecto para ponerlo en marcha. "Vivimos de espaldas al riesgo", dijo Pérez.

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