15 de enero de 2010
15.01.2010
Entrevista
BRUNO MESA / ESCRITOR 

"En la literatura canaria sobran genios y faltan lectores"

11.01.2010 | 16:06
"En la literatura canaria sobran genios y faltan lectores"

Editado por Paréntesis en la colección Umbral, Bruno Mesa (Santa Cruz de Tenerife, 1975) debuta en los territorios de la novela con El hombre encuadernado, relato donde recrea el síndrome Balmesano o la enfermedad de la lectura compulsiva. Ficción notable, construida casi como un policíaco al uso pero sin ser un policíaco al uso, y salpicada por la gripe de la tragicomedia, en esta historia de soledades y lecturas Bruno Mesa demuestra que además de ser un excelente poeta y ensayista, lleva camino también de convertirse en un excelente novelista. En su producción literaria destacan, entre otras obras, El laboratorio, Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe a la Joven Creación; el volumen de relatos Ulat y otras ficciones y los ensayos y aforismos reunidos en Argumentos en busca de autor.

-El personaje de su primera novela vive la vida a través de los libros. Casi parece un Quijote moderno aunque Julio Balmesano, el protagonista, al contrario que el ingenioso hidalgo lee por el placer de leer y no para imaginarse sus aventuras€

- No es exacto. Balmesano también lee para vivir la otra vida, la que sólo sucede cuando sucede una página. La diferencia con Alonso Quijano es que Julio Balmesano es un cobarde, no quiere convertirse en Don Quijote. Lee y se protege de la realidad, hasta que su locura le hace creer que está viviendo dentro de una novela. El problema es que esa novela imaginaria, que se parece mucho a la realidad cotidiana de una capital de provincia, no es una aventura, su prosa es demasiado cruda y no hay en ella nada que haga feliz a Balmesano.

- La novela recrea los diferentes estados de la "enfermedad mental del lector compulsivo". ¿Cree realmente que leer puede convertirse en una enfermedad?

- Me temo que el adicto es un mal doctor de sí mismo. Existen algunos tratamientos de desintoxicación muy eficaces, pero temo que no sería capaz de soportar la abstinencia. Esta es una enfermedad vieja y muy conocida, a pesar de la refutación de Huxley, que consideraba que en nuestra época había demasiada basura impresa como para sentir veneración por los libros. Él recomendaba la prohibición, sabiendo que eso sólo conseguiría que los adictos estuviéramos más desesperados y aumentase el mercado negro. No hay que olvidar que Huxley era un humorista disfrazado de erudito, pero sobre todo que era uno de los mayores adictos a la literatura de los que se tiene noticia.

- A lo largo de la historia cita a varios escritores, escritores sobre los que Balmesano saca sus propias conclusiones. ¿Esa opinión la comparte con el protagonista de la novela?

- Digamos que he intentado que Balmesano tuviera sus propias opiniones literarias. En la novela muy pocas veces coinciden mis opiniones con las suyas. Eso se debe a que Balmesano, como lector, no conoce el equilibrio, para él todo son fervores o desprecios. Yo tampoco conozco ese equilibrio, pero disimulo mejor que él.

- ¿Cree que Julio Balmesano sentiría esa misma compulsión por los libros si estos fueron electrónicos?

- Me temo que sí. Su locura es paralela a la que otras personas sienten por los cómics, el cine o la música. El soporte no cambiará la enfermedad, sólo cambiará el aspecto de la droga.

- ¿Qué opina de los libros electrónicos? ¿Supondrán el fin del libro tradicional?

- La verdad es que no siento ningún miedo hacia el libro electrónico. Lo que me ofrece la literatura sucede igual ante un papel o ante una pantalla. La hipotética desaparición del libro tradicional, si algún día ocurre, imagino que será una lenta extinción llena de mitologías bibliófilas y de brumosas leyendas sobre libreros encorvados y semíticos.

- El hombre encuadernado habla sobre libros y literatura. En contra de otras tendencias, como el cine o la música, ¿por qué cree que el lector resulta más un bicho raro que el aficionado a la música o el cinéfilo?

- Creo que no me van a entender, pero la lectura produce deformidades crónicas. Entre esas deformidades psicológicas está la introversión, la misantropía, cierta angustiosa perplejidad, las respuestas lapidarias y las opiniones malvadas. Todo lector, como decía Amos Oz de su maestro Agnón, es un productor de veneno. Yo no sé si los melómanos o los cinéfilos sufren esas deformidades. Temo que sí. Quizá ellos saben pasar desapercibidos, o quizá ser un aficionado a la música o al cine es algo que tiene un vago prestigio social, mientras que los lectores somos una especie de parásitos adheridos a un objeto encuadernado. Sam Savage hizo bien el escoger una rata como protagonista de su libresco Firmin.

- Esta es su primera experiencia con la novela. Nos gustaría saber qué tal ha sido el paso de fronteras tras una carrera caracterizada sobre todo por la poesía.

- En la frontera todo ha sucedido como era previsible: no había frontera. Hace décadas que los géneros se desmoronaron y que los escritores pasamos de un género a otro sin escrúpulos y sin pasaporte, y preferiblemente con alevosía y nocturnidad.

- Como lector reconozco grandes lagunas en la poesía. No me atrevo a entrar en sus territorios. ¿Qué fórmula recomendaría a estos posibles lectores para iniciarse en su universo?

- Le diría que leyera a Pessoa o a cualquiera de sus heterónimos, que le hiciera una visita a Omar Jayyam, que conociera a Auden, que se diera un paseo con Brodsky o con Julio Martínez Mesanza, pero intuyo que quien detesta algo no va a cambiar de opinión recibiendo una sobredosis. Lo diré de otra forma. No sólo la poesía está llena de poesía. Una fotografía de Billy Monk o de Weegee, una partitura de Vivaldi o de Oystein Sevâg, una película de Won Kar-wai o de Angelopoulos, una novela de Virginia Woolf o un ensayo de Stasiuk esconden tanta poesía como el mejor de los poemas.

- Al margen de Balmesano, ¿qué le pide usted a un libro?

- Le pido una limosna. Pero es una limosna compleja, que debe esconder algo de placer y algo de conocimiento, que debe encerrar una mirada a la vez crítica y compasiva hacia el ser humano. Con esa limosna el lector puede abrir una ventana donde antes sólo había un muro.

- No le da miedo, y es una de las conclusiones que saco de su relato, que el lector sólo descubra sentido a la vida a través de los libros€

- Da igual el sistema con que le encontremos sentido a la vida. Lo importante es encontrarlo. Millones de personas viven desesperadas, presas de su incapacidad para darle un sentido a sus vidas, al borde del precipicio de la nada. Los libros son un buen refugio contra la tormenta.

- Proyectos.

- Es muy probable que en 2010 publique un nuevo y extraño poemario, titulado El libro de Fabio Montes, en la nueva colección de Ediciones La Palma que dirigen Paul Viejo y Javier Vela.

- ¿Se atreve a radiografiar el panorama literario canario? Y si es así ¿en qué estado de salud cree que se encuentra?

- No creo que en literatura sean válidos los estados de salud generales e inconcretos. Eso no es literatura, es historia o política. La literatura está hecha de libros, y los diagnósticos deberían ser individuales. Pero yo sé lo que usted me pide. Lo que me pide es que me equivoque. Con mucho gusto yo me equivoco. Mi diagnóstico es que en la literatura canaria faltan lectores y sobran genios.

- Por último, aforismos y microrrelatos€

- Me conviene pensar que son lo mismo. Todo aforismo esconde un microrrelato sombrío vigilando tras la persiana de una idea. Y en cada microrrelato hay un aforismo disfrazado de personaje, un tipo que hace bulto en esa calle donde lo imposible tiene que suceder tarde o temprano.

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