23 de marzo de 2009
23.03.2009
El vuelo de ícaro XLVI

capitanes de azúcar de pedro flores

16.03.2009 | 16:15
capitanes de azúcar de pedro flores

Pedro Flores, con esta entrega, cumple la consumación del hombre que, haciendo uso del verbo resuelve el devenir desde la nostalgia, no como un arco desgastado, despojado de la verosímil esencia de su virtud - la distensión de la cuerda que imprimirá potencia para trazar el acertado vuelo del dardo-, sino como una fantasía del vuelo tras el rastro de las aves que anidaron el pecho de nuestra infancia. Las palabras referirán el mito ensoñado del hombre desterrado, un imaginario extraterritorial, instalado por azar o destino, en las lindes errabundas que el humano adulto ha creado, rememorando aquel territorio de mieles y azúcar. La memoria no diseca esas infinitas flores que nuestra psique genera, sino que las envuelve en singular hálito, imprimiéndole una sutil vibración, obligándolas a persuadir la luz para erguirse hacia territorios de lo intemporal, desbrozando sucesos únicos e íntimos; breves pinceladas de nuestro transcurrir, hollando los laberintos del aire para traducirse en hermosas narraciones.
La sombra como resguardo implacable para el extenuado espíritu del creador y la infancia como hechizo transitable al cual el artista jamás renuncia. Imagino al niño poeta vibrando en aquella brisa acalorada que enseñorea los estíos de nuestra tierra, apogeo de la vaharada africana refregando su hostilidad enardecida, irritando como una intrusa los mancillados adobes del barrio, invadiendo todos los rincones donde la barahúnda de las comadres delataba la presencia de la vendedora de pescado, disputándose las caballas, cabrillas y salmonetes procedentes del puerto, en festiva algarabía. "Un topos feliz", devorado por ese diálogo con el tiempo que es el constante quehacer de la poesía. Así es y será en nuestra incontenible espera: recuerdo y licenciatura de la memoria donde viven agazapados, asomando el hocico a hurtadillas doña Asunción; la bruja revientapelotas, don Yayo, Chela; la suicidadita, Susanita y su micifuz, los papagüevos, e incluso ella; "que encarna todo lo que soy y será de mí".
Pedro Flores rememora desde su lirismo prosaico el nacimiento de la noche en su barrio tras el fallecimiento de Asunción "la bruja" -sólo los gatos y sus compañeros de fechorías fueron testigos de tamaño milagro-, o el poder antiteológico de una simple chocolatina, arma y regalía de sor Irene para forjar conciencias propicias a una dulce teleología bíblica o, por qué no, la sinceridad al desvelarnos el misterio subyacente a la inclinación por el uso lingüístico de determinados términos.
La infancia es una patria en la que está presente ese fino oído que constituirá una especial vibración que nos seducirá de por vida, por un impulso o una pedrada o váyase a saber que hados o dados que el destino nos reserva en su bien avenido capricho. La ironía, la conciencia visionaria, la melancolía, la renuncia al pensamiento cautivo son posiciones forjadas en esa etapa de la vida y sedimento específico e inextricable del ser: plural actitud la de nuestro autor que da en buscar paradójicamente su rostro en la ficción del recuerdo confrontado al espejo que es la escritura.
Flores retrata la vida de la tardía posguerra en un barrio que pudiera ubicarse en cualquier punto de nuestra geografía para trascenderla, en una suerte de juego seductor, desmeollando sus secretos: sensualidad jovial ante el sacrificio de aquellos indoblegables convecinos que parodiaban con su valiente espíritu el desgarramiento y la necesidad con festivas partidas de dominó y arrunfladas de baraja en los bares donde los banderines de los equipos de fútbol regional representaban toda una invocación, entrañable y vernácula a la insurrección. La crueldad histórica de aquella gris experiencia nutrirá la febril búsqueda de Pedro Flores. Alimento de una visión suntuosa, que junto a las películas de la matiné, previa obligada masticación del insoluble NO-DO, permitirá a nuestro autor ahuyentar el mero desencanto desde una superación instintiva: Todo el glamour del firmamento por tus zapatos más cansados, nos confesará el autor en el libro de poemas Al remoto país donde sonríes, Ed. Baile del Sol, 2006. Desde unas tentativas estéticas que singularizan una oscura y elogiosa intensidad, Pedro edifica modulaciones de felices instantes que han constituido su ideario y su quehacer literario (a esas edades las carencias son orgullo, lo importante es regodearse de risas, amigos y aventuras en pos de una búsqueda hacia lo absoluto; el amor y la literatura): No la conozco aún, pero he de conocerla. Su infancia está en las antípodas de mi infancia. Ella se inclina sobre un piano y sus dedos de niña articulan la melodía que me parece oír entre pedrada y pedrada, entre sangre y sangre. Yo caminando la espero. Todo lo que hago me conduce a ella. Si tuve que salir de aquella cueva es porque tenía que reunirme con ella, si hallé aquel libro fue porque tenía que escribir su nombre en este libro...
Así concluye Pedro Flores este maravilloso texto que responde a una necesidad no angustiosa sobrevenida más que a un deseo a una constatación: la sublime certeza de un libro abierto al vivir, al compartir y al anhelo por aquellas magnas victorias que exaltaron nuestros tempranos días. Un libro que desde el pasado, proyecta y apunta hacia una exaltación del anhelo como elemento constituyente del devenir. La premonición como sensual declaración de principios. Esto muestra que la labor del poeta es vida y fascinación, ya que, apelando desde el recuerdo al niño solo que todos llevamos dentro, universaliza la esperanza como elemento consustancial a ese misterioso arte de la evasión que es la escritura.


LOS REYES MAGOS
No todos los años venían los Reyes Magos; creo que por eso soy republicano.
De todas formas, mi hermano y yo pronto averiguamos el secreto de la Epifanía; no sé por qué todos los años por aquellas fechas y desde unos días antes del día mágico, nos poníamos a revolver en los roperos y en los cajones, debajo de las camas y hasta en la cocina. Los años que tocaba tener algún regalo siempre lo descubrimos antes y cuando nos quedábamos solos abortábamos la sorpresa jugando con el cochito hasta agotarle las pilas.
El día de Reyes mamá hubiera jurado que cuando compró aquello no le faltaba la rueda.
Una vez papá salió a la calle y después oímos tres fuertes golpes, tres detonaciones de a saber qué. Cuando entró nos dijo que los Reyes Magos se habían suicidado.

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