00:00 Me encantan los puertos. Lo mismo que otros mantienen encuentros místicos con la belleza en lo alto de una montaña, contemplando los picos abruptos en los que tendrán la oportunidad de matarse a la bajada, yo los mantengo con la nostalgia rodeada de grúas y espigones. Aspirando el olor acre que da la mezcla de petróleo y salitre. Mirando la grasa negra que mancha el mar. Y, sobre todo, escuchando la sirena de un barco que se marcha.