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Un rincón donde lanzarse al mar desde el balcón

En el núcleo de El Caletón (La Matanza), los edificios se arremolinan en la costa y los vecinos agradecen la tranquilidad

28.08.2016 | 12:19
Un rincón donde lanzarse al mar desde el balcón
Un rincón donde lanzarse al mar desde el balcón

Aparece tras una larga carretera en zig zag hacia la costa. Allí, en el núcleo costero de El Caletón, en La Matanza, la ropa se seca al sol en casas que se asientan sobre las propias coladas de lava como si crecieran desde su interior. La vista impresiona. Los abruptos acantilados y el agua cristalina se mezclan en el infinito. A lo lejos se ve el esqueleto de una gran edificación que nunca llegó a construirse y los vecinos con sombreros de paja y bañador caminan por las laberínticas callejuelas que comunican su barrio con los charcos y las calas. En esta costa la vida se detiene aunque de vez en cuando ocurra algún sobresalto al observar como los residentes más osados se lanzan desde las terrazas de sus casas al mar.

Una vida sana

"La vida aquí es tranquila y muy sana", asegura Justo Hernández, que acaba de regresar de darse un chapuzón en uno de los charcos de la zona. "Llevo veraneando aquí más de 30 años y no lo cambio por nada del mundo", añade de inmediato. Su amigo, con la toalla de playa al hombro, apunta que "nos pegamos el día bañándonos, comiendo y descansando. ¿Qué más se puede pedir?". Los dos lugareños explican que en El Caletón hay opciones para todos los gustos. "Tenemos diferentes sitios donde remojarnos, aunque nosotros preferimos La Caleta, porque el agua está limpísima", puntualizan. A su lado se cruza otro vecino. "A mí me gusta más el muellito", comenta. Y es que dicen que existe hasta un pique sano entre los que eligen uno y otro sitio. "Es una pequeña rivalidad", aclara Hernández.

A la derecha de la zona de aparcamiento, el camino conduce hasta La Caleta de El Caletón. La senda transcurre por los patios de las propias casas que mantienen sus puertas abiertas sin temor. Los más pequeños juegan en la calle mientras que los mayores aprovechan para limpiar o preparar la comida. Al fondo el mar bate con fuerza. "Aquí viene la reina de El Caletón", se le escucha decir a un vecino a una niña que corre hacia la zona de baño. La pequeña coloca su toalla en las rocas y se dispone a bajar por las escaleras que dan hacia el Atlántico. "Esto está hoy del diez", asegura Miguel Carrillo saliendo de la cocina.

En uno de los bares

Carrillo regenta uno de los dos bares que hay en El Caletón. A la entrada, un cartel escrito a mano anuncia su menú: pulpos, pescado fresco, tapas... "También tengo lapitas que pescan aquí mismo", añade. El vecino explica que su tasca está abierta los tres meses de verano. "Normalmente abro a mediodía y aquí estoy el resto de la jornada para lo que la gente quiera", destaca mientras se dispone a limpiar una de las mesas con dos cañas y una tapa de aceitunas terminada. "Nos conocemos todos. Por la tarde solemos echarnos una partida al envite y lo pasamos muy bien". Su bar está localizado al final del sendero con unas vistas inmejorables hacia una formación llamada La Caleta de Los Palos. "¿A qué se parece a unos palos?", pregunta Carillo señalando a las caprichosas rocas volcánicas.

Una vez se deshace el camino recorrido y se llega al punto de partida, se puede elegir entre visitar el Charco Negro o continuar a la izquierda hacia el muelle de El Caletón. En esa difícil encrucijada se encuentran Anabel Martín y su grupo de amigos que hoy han salido de casa dispuestos a pasar el día de charco en charco. "Vamos a seguido una ruta por distintas piscinas naturales de la Isla", puntualiza la santracucera. La excursión comenzó en Jover, en Tejina, y ahora se disponen a hacer la segunda parada. "Luego seguiremos hasta Los Silos, a los charcos de La Araña y Los Chocos", detalla otra de las aventureras. En total, son más de 15. "Nos hemos juntado un buen grupo", sostiene Martín antes de continuar la marcha. "Me voy porque si no me dejan atrás", añade a modo de despedida.

Si se coge a la derecha, el paseo se va adentrando en el núcleo costero. En cualquier hueco entre casa y casa la vista da hacía al océano y allí, siempre hay alguien dándose un baño. Tras unos metros de caminata, se llega hasta el muellito donde Ofelia Rodríguez se remoja con un cubo de alguno de sus nietos bien lleno de agua. "Hoy el mar está tan bajo que uno no se puede bañar cómodamente", apunta. La vecina, que veranea en El Caletón, destaca que el resto del verano "no ha estado muy bien". "Hemos tenido nubes pero ahora está divino para ponerse morena", añade entre risas.

Rodríguez y su amiga recuerdan que antes El Caletón "estaba todo lleno de arena". "Me acuerdo que incluso se podía caminar por ella", relatan las residentes. Sin embargo, este año, la arena apenas se ha dejado ver. "Llevamos varios años así, dicen que desde que se reforzó ese muro de contención, ya el mar no puede botar arena en la calita", explica Rodríguez. Su amiga asiente. "Es verdad, la arena está toda bajo el fondo", señala. Ambas aseguran que El Caletón no es peligroso pero aún así "hay que tener cuidado". "A mi me han enseñado que el mar siempre es traicionero. Al mar no le vires la espalda", opina Rodríguez.

Las amigas no dejan de quitarle el ojo a dos pequeños que corretean por la rocas. "Son nuestros nietos", aclaran. La jornada para estas vecinas comienza bien temprano. "Sobre las siete de la mañana", puntualiza Rodríguez. A esa hora salen a caminar por el barrio para luego tomarse un buen desayuno. "Ya después bajamos a la playita para el primer baño del día", destacan. Tras el remojón toca hacer la comida. "Lo más importante es preparar el potaje para los nietos, pero también hacemos sopa, papas con carne, pescado... Comida casera en definitiva", sostienen.

Kayak y más

Detrás de ellas un joven se mantiene en pie en una tabla mientras avanza con un remo poco a poco hacia alta mar. "Es un chico que se dedica a hacer actividades acuáticas con kayaks y también organiza pateos por la zona", comenta Rodríguez. Pero no es el único que convierte la tranquilidad de El Caletón en una aventura. "Los jóvenes se lanzan desde alguna de las casas hasta el mar. Por ahí, por la zona de los winches (amarraderos de barcos)", añade mientras señala los dos puntos. De momento, no hay ningún osado. "Suele ser por la tarde. Además hoy el mar está muy bajo y no hay espacio", destacan ambas.

En la baranda que facilita el acceso al mar, Nico, más conocido como Ico, charla animadamente con otro vecino. En la mano lleva unas gafas y un tubo de buceo. "Aquí mismo, en la orilla, se pueden ver viejas y sargos", asegura el residente quien añade que "los chiquillos se entretienen pescándolos". Ico, sin embargo, lamenta que la playita no esté tan limpia con el fondo del mar. "Es una pena que no esté cuidado. Parece que los políticos se olvidan del norte de la Isla", critica. Unos y otros siguen hablando de los entresijos de esta costa norteña y también de sus reclamos. "Nos gustaría que se nos prestara más atención. Mientras tanto, nosotros seguimos disfrutando de lo que hay", concluye Rodríguez.

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